Beato Miguel Agustín Pro (3/9): Anhelo de martirio

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De «Vida del Padre Miguel Agustín Pro». P. Alfredo Sáenz S.J. 

Pero no sólo aspiraba Pro al trabajo apostólico, que veía coartado, ofreciendo en una época tan bravía el testimonio incruento que ansiaba sino también, de ser posible, al martirio cruento consiguiente. Si bien dicha aspiración ya se había manifestado durante sus estudios en el extranjero, ahora se avivaba ante el espectáculo de la persecución y el formidable testimonio de tantos héroes de la fe. Al dirigirse a una de las numerosas aventuras peligrosas que tuvo que afrontar en el curso de su apostolado, diría: «¡A ver si por fin alguna vez me es concedida la gracia del martirio!». Por lo demás, no dejaba de movilizar las oraciones de sus amigos para que Dios le otorgase dicha gracia. «Yo lo vi con frecuencia -declara una de sus penitentes- llevar en bicicleta la santa comunión, siempre en medio de graves peligros. Un día que me contaba cómo se había escapado de tras policía, mi hermana le dijo: ¡Padre, esto acabará en el martirio! A lo que el padre respondió: ¡Hum! No se ha hecho la miel para la boca de Miguel. Después, tomando un tono serio: ¡Quiera el cielo que yo sea mártir! ¡Pidan mucho a Dios por mí!». Otra de sus dirigidas señaló que el deseo de martirio era en él algo así como una obsesión. En cierta ocasión, acompañando a un sacerdote amigo a una estación de tren, al despedirse sólo atinó a decirle: «Pida usted para mí la gracia del martirio». El padre Méndez Medina, por su parte, atestigua: «Siempre lo vi dispuesto a los mayores sacrificios, y estoy persuadido de que el heroísmo era en él casi connatural. Recuerdo que me decía que deseaba el mal físico y moral. Yo le pregunté: ¿Qué entiende usted por martirio moral? A lo que me respondió: Morir deshonrado, como Cristo».

En su excelente biografía del personaje que nos ocupa, el padre Rafael Ramírez Torres S. J., destaca un matiz enriquecedor, y es que nuestro padre consideraba su soñado martirio como el remate de su sacerdocio, a semejanza de Cristo, que había coronado su sacerdocio con la muerte en el Gólgota. El anhelo de morir por Cristo y por las almas, y de morir como el Señor, deshonrado y calumniado, ya lo había concebido dieciséis años atrás, al hacer sus ejercicios de mes, cuando aún era estudiante en la Compañía. Ahora dicho deseo se había acrecentado, tanto más cuanto que el giro que iba tomando la persecución daba pie para pensar no sólo en la posibilidad sino también en la probabilidad de alcanzar dicho coronamiento. Así se lo dijo expresamente al Socio del Provincial, en carta del27 de abril. Bien conocía, por cierto, la debilidad de la naturaleza humana, pero dicha constatación en nada aminoraba sus ansias sobrenaturales de la corona suprema.

El mismo padre Ramírez Torres nos traza el proceso de tan noble aspiración. En la primera carta que escribió, no bien llegado a México, señalaba, hablando de los cristeros que ya se habían levantado en defensa de la fe: «La revolución de los católicos es un hecho. Las represalias sobre todo en México [quiere decir en la capital] serán terribles. Los primeros serán los que han metido las manos en la cuestión religiosa…Y yo… he metido hasta el codo. ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros o… de los últimos, pero ser del número! Y reitera una vez más a modo de muletilla: «Pero no se hizo la miel para la boca de Miguel». Poco después, en una carta de junio de 1927, así le escribía al padre Provincial: «¡Ojalá fuera digno de padecer persecución por el nombre de Jesús, mucho más que yo soy de aquellos que merecieron el glorioso dictado de caballería ligera! Pero, como en el Padrenuestro, ¡que no se haga mi voluntad!». Eso de «caballería ligera» había sido el calificativo que uno de los Papas empleó para enaltecer el espíritu militante de la naciente Compañía de Jesús. Poco antes, en febrero de 1927, le había escrito al mismo Provincial: «¡Qué dicha si me tocara ser de los que van a colgar en los Pegasos del Zócalo! Entonces sí daría el examen final». Los «Pegasos» a que alude eran unos caballos alados que ornaban la plaza principal de la ciudad de México, llamada «el Zócalo».

Cuando sus superiores dispusieron que por un tiempo se llamara a silencio, o, como é1 mismo dice, le dieron la «orden de encierro», así le arguye al Provincial: «Me han dicho que temen por mi vida. ¿Mi vida? Pero ¿qué es ella? ¿No sería ganarla, si la diera por mis hermanos? ¡Cierto que no hay que darla tontamente! Pero, ¿para cuándo son los hijos de Loyola, si al primer fogonazo vuelven grupas?». Cierto día, ya casi en vísperas de su martirio, le preguntó un conocido: «¿Qué haría usted si el gobierno lo apresara para matarlo?». El padre le contestó con total espontaneidad, como si ya de antes hubiese ensayado la respuesta: «Pediría permiso para arrodillarme, tiempo para hacer un acto de contrición, y morir con los brazos en cruz gritando: ¡Viva Cristo Rey!».

Con el pasar de los meses las ansias del martirio se fueron acrecentando en proporción geométrica. A unas religiosas a quienes dirigía espiritualmente les rogaba: «Pedid a Dios que me envíen a Chihuahua, donde la persecución es más violenta’. Cuando se metía en alguna aventura particularmente peligrosa decía: «¡A ver si por fin alguna vez se me concede la gracia del martirio!». Tal era «su gracia», como la llamaba, su anhelo principal. Según el padre Ramírez, todos los que lo veían actuar pastoralmente tenían el presentimiento de que tarde o temprano el martirio sería la coronación de su vida sacerdotal.

Dos meses antes de que Pro fuese fusilado, el padre Germán Miranda, cura de la parroquia de San Juan de Dios, en Toluca, le pidió al Provincial de la Compañía que le enviara a un sacerdote para que lo ayudase en su obra pastoral. «El25 de octubre de 1927 -nos cuenta dicho párroco- se me presentó un joven sacerdote que me dijo llamarse Miguel Agustín Pro…para ayudarme en lo que pudiera de ministerio. En la primera conversación que tuvimos, y por cierto que mutuamente simpatizamos, hablando de la persecución de esos días el padre Pro me dijo: «Sé que Ud. es un buen soldado de Cristo, lleno de valoro. A lo que le contesté: Y dispuesto a morir por la salvación de las almas. Entonces el padre Pro, en forma sencilla, natural y sin afectación, levantó los ojos al cielo y dijo: «¡Qué gloria sería para nuestro Padre Dios derramar nuestra sangre, y qué dicha para nosotros!». Cuando, ulteriormente, la gente de Toluca se enteró de su muerte heroica, así lo comentaron: “Este padrecito se ha salido con la suya, nos hizo tanta presión para que le pidiéramos a Dios que le concediera la gracia del martirio».

Quería, sí, ser mártir pero no en busca de ningún tipo de auto exaltación: «Estoy pronto a dar mi vida por las almas -decía-, pero no quiero nada por mí. Lo que únicamente ansío es llevarlas a Dios. ¡Si tuviera alguna cosa para mi, sería un vil ladrón, un infame, no sería un sacerdote!». Su anhelo era morir por Dios y por su Patria. Sangre, y sangre sacerdotal, escribe Adro Xavier, había de salvar la nación anegada en sangre inocente. Esa sangre, unida a la de Cristo -que era sangre de Rey- acabaría por salvar a México. Poco tiempo atrás, en pleno entusiasmo por la instauración de la solemnidad de Cristo Rey, exclamó: «El grandioso poder de nuestros enemigos, que cuentan con dinero, armas y mentiras, va muy pronto a ser como la estatua que vio Daniel derrumbarse con la piedrecita que cayó del cielo. ¡El Goliat mexicano perderá muy pronto la cabeza con el cayado que mueve el inerme pueblo mexicano!».

No deja de ser interesante saber que varias veces el padre Pro relacionó su anhelo de martirio con el deseo de que Calles, el gran perseguidor, acabara por convertirse. «Rueguen al Señor que me acepte a mí como víctima por Calles, por los sacerdotes, por mi Patria», dijo pocos días – antes de su muerte. La conversión de Calles llegó a ser en él una suerte de santa obsesión. Le interesaba el alma del tirano, y también las de los demás perseguidores. Pedía oraciones por ellos en las casas religiosas, sobre todo a las personas que se dirigían espiritualmente con él. Con mucha frecuencia ofrecía por ellos las fatigas de su apostolado; los consideraba en extremo peligro espiritual. Es cierto que a veces bromeaba cuando hablaba de Calles, como cuando dijo: «Lo ordinario es que mi bolsa es que esté tan enjuta como la parte espiritual del alma de Calles», pero la salvación eterna del déspota era algo que no dejaba de preocuparle. A una señora que le decía cuándo el demonio los libraría de Calles, él le respondió: «No, Lola, ¡no diga eso! Ud. Va a rezar cada día un Padrenuestro por Calles. Cuanto a mí, yo reservo de vez en cuando la intención de una Misa y la aplico por Calles, del mismo modo que lo hago hace tiempo por mi madre».

El padre Ramírez nos cuenta que en septiembre de 1927, es decir, casi en vísperas de su martirio, el padre ofreció formalmente su vida por la salvación eterna de Calles. Un año antes, o sea, a los comienzos de la embestida final de aquel perseguidor, monseñor Ruiz y Flores le había pedido a la Madre Abadesa de las religiosas capuchinas que se ofreciera como víctima propiciatoria por Calles, a fin de que Dios cambiara los sentimientos de su corazón y diera libertad a la Iglesia. Al principio la Madre se resistió, pero al fin acabó por consentir. Justamente ese día el padre Pro celebró misa en la capilla de aquella comunidad, y así, tanto él como la superiora, hicieron ambos ofrecimiento de sus vidas por la conversión de Calles y su salvación eterna. Perfectamente consciente de la seriedad de su sacrificio, la Madre hizo adornar con flores la capilla y quiso que la misa se celebrase con la solemnidad de las grandes festividades. El padre Pro, por su parte, “suplicó a toda la comunidad que le ofrecieran a él como víctima por Calles, por la causa católica y por los sacerdotes”. Al terminar la Misa dijo a una de las religiosas: “No sé si sería pura imaginación o si realmente ha pasado, pero siento que Nuestro Señor aceptó de plano el ofrecimiento”. Asegura el padre Ramírez que la generosidad de aquella Madre así como la del padre Pro no fueron excepcionales, ya que familias enteras e incluso cristeros ofrecerían en aquellos días sus sufrimientos y sus vidas por la conversión y salvación eterna de sus perseguidores.

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