El Padre Pro y el martirio como don de sí

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El beato Miguel Agustín Pro preparó su “hora” desde siempre. Deseaba el martirio porque sabía que era la forma más perfecta de mostrarle a Dios cuánto lo amaba. No le bastaba con hacerlo cada día mediante su donación a sus hermanos de comunidad, dándoles vida; ni en la donación que hacía a las almas a él confiadas cada vez que salía a escondidas a darles los sacramentos, poniendo en riesgo su vida. Ya eso era una donación grandísima a Dios a través del prójimo. Sin embargo, Él quería que sea total.

1. El martirio es el acto más perfecto de caridad

Dice Santo Tomás (IIª-IIae, q. 124 a. 3 co.): “el martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia. (…) entre todos los bienes de la vida presente el hombre ama sobre todo su propia vida, y por el contrario experimenta el mayor odio hacia la muerte, (…) Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan (15,13): Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos.”

Esto fue lo que los mártires tienen en el corazón, el fuego del amor que los impulsa a darse totalmente a Dios. ¿Y nosotros? Tal vez nos sucede lo que dice Santa Teresa. Decimos que se lo damos todo a Dios, pero en realidad le damos “lo que sobra”, “la renta”, “los frutos” y nos quedamos con la raíz, con “nuestra” propiedad:

“Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que… no acabamos de disponernos… Parécenos que lo damos todo, y es que ofrecemos a Dios la renta o los frutos y quedámonos con la raíz y posesión” (Vida 11, 1.2.) “Así que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este tesoro” (Vida 11, 3)

2.Dios no fuerza nuestra voluntad

Sin embargo, esto lo acepta Dios, cual mendigo de amor. ¡Qué tal raza! ¡Qué sinvergüenzas! ¡Qué poco amantes! Y es que Él nos ama tanto, que en esa misma medida respeta nuestra voluntad, ya que la libertad es de los dones más preciosos que nos ha regalado. Pero como no la usamos para “perdernos totalmente”, él no se entrega totalmente. Dice Así Santa Teresa: “Y como él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo.” (Camino, 28,12)

Y el Beato María Eugenio del Niño Jesús aclara: “Más que forzarla, prefiere afrontar el riesgo de un fracaso parcial de sus designios y tener que modificar el ordenamiento, como sucedió después de la rebelión de los ángeles y de la caída del hombre”. (Quiero ver a Dios, p. 375)

“Así es como, antes de realizar la encarnación de su Verbo, el primer anillo de la admirable cadena de los misterios cristianos, Dios quiere asegurarse el consentimiento de aquella a quien ha escogido como cooperadora”. “El cielo escucha y espera, suspendido de los labios de la Virgen. Se estremece de alegría al oír el fiat de María, que es el fiat de la humanidad a la acción de la divinidad en la unión hipostática, y que hace de María la cooperadora de Dios”.

Así es Dios con nuestras almas, siempre exige nuestro consentimiento. Pero “no le basta un primer consentimiento, porque nuestra voluntad es un bien inalienable. Después de haberla dado, nos la reservamos y hacemos uso de ella aún.” “Dios nos invade en la medida en que nos damos a él. La unión perfecta exige como primera condición el don completo de sí.”

Por eso, si nos forzamos en que nuestra donación a Dios vaya en aumento, quiere decir que nos estamos esforzándonos en que nuestro amor vaya en aumento. “El donde de sí es una necesidad del amor y su acto más perfecto. El amor, que es difusivo de sí mismo, tiende a perderse en aquél a quien ama; encuentra en ello su satisfacción y plenitud”. “La caridad en nosotros es perfecta cuando nos ha conquistado totalmente y puede llevarnos totalmente hacia Dios.”

3.El sacrificio más perfecto: la oblación

Así es como nos vemos envueltos en la mística de la entrega martirial, como una oblación perfecta a Dios. Por eso dice el beato Ma. Eugenio: “El don de nosotros mismos es … el sacrificio más perfecto que podemos ofrecer a Dios”

Porque el sacrificio es el acto religioso por excelencia y es el único que reconoce a plenitud el dominio de Dios. Es el único que repara los pecados. Pero siempre requiere la oblación de una víctima, “seguida habitualmente de una inmolación”.

Es decir, para que un sacrificio sea sacrificio, debe tener el acto de oblación de la víctima, porque aquí es donde la víctima se entrega a Dios y le permite disponer de ella como Él desee, ya sea para inmolarla o para otros fines.

“Es la oblación la que realiza el don de sí, la que ofrece a Dios lo que tenemos y lo que somos, aceptando de antemano su voluntad y su complacencia”. Y cuando le entregamos nuestra inteligencia y voluntad es cuando hacemos la oblación más alta que puede hacer el ser humano, le damos todo lo que está en nuestro poder. Porque “mejor es la obediencia que el sacrificio” (Mal 1,10-11)

4.Don realizado por Jesucristo

Además, el sacrificio que estemos realizando, ya ha sido realizado anteriormente por Cristo. Y si estamos hablando del acto martirial, del cual Cristo es Rey, mucho más las pequeñas donaciones de cada día.

Porque todas las figuras sacrificiales ceden ante la realidad del sacrificio de Cristo, ya que vale lo que todos los anteriores y los supera. Apenas comienza a existir la naturaleza humana de Cristo, se da cuenta de su divinidad; descubre la unión hipostática y el plan de Dios. “¿Cuál será el primer movimiento de su alma bajo el suave y beatífico peso de la luz y de la unción divinas?”

“Por eso, al entrar en el mundo, dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dio, tu voluntad!”. (Heb 10,5-7)

Cristo se asegura de haber cumplido todo antes de que esa disposición básica de su alma llegue a plenitud con su muerte:

“No es un acto aislado esta oblación, sino una disposición básica del alma de Cristo Jesús, tan constante como la acción del Verbo y tan actual como la unión a la voluntad divina que regula todos sus gestos”. Al final de su vida se asegura de haber cumplido totalmente la voluntad del Padre y dice desde la cruz ““Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. (Jn 19,30)

5.Estamos llamados al martirio porque estamos llamados a la donación

Esta misma disposición es la que debe tener todo bautizado que quiera vivir profundamente las exigencias del evangelio:

“El don total de sí es una disposición fundamental cristiana, que identifica a Cristo en sus profundidades y, sin ella, toda imitación de Cristo no sería sino superficial y quizás vano formulismo exterior. Para ser de Cristo hay que haberse entregado a él como él se entregó a Dios, porque nosotros somos de Cristo y Cristo de Dios.”

Mientras más nos entreguemos a Cristo, Él hará en nosotros mayores misericordias. Es decir, nos dará cruces más grandes para que nuestra donación sea cada vez mayor, tal como lo hizo Él durante toda su vida terrena:

“En Cristo, la oblación es una adhesión amorosa al misterio de la encarnación ya realizado; en nosotros, el don de sí es una invitación a la misericordia divina para nuevas invasiones. La misericordia no puede más que responder, porque ella es el amor que se inclina irresistiblemente sobre la pobreza que la llama”.

Pidamos a la Virgen de Guadalupe, Reina de nuestro mártir, el P. Pro, que podamos hacernos oblación de suave olor para Cristo con cada pequeña donación cotidiana, para así poder ser “verdaderamente una humanidad por añadidura, en la que puede prolongar la realización de sus misterios”.

¡Viva Cristo Rey!

¡Rege Maria!

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