Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro

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 “¿Qué haré para heredar la vida eterna?»” o ¿qué debo hacer para que mi vida no quede vacía sino que tenga plenitud? Aquí estamos cada uno de nosotros, buscando respuestas en medio de nuestra fragilidad y animados por lo que dice el salmo 89[1]: “Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna” y “desde siempre y por siempre tú eres Dios”.

Dice San Juan Pablo II comentando estos versículos: “al comenzar el nuevo día, la Liturgia de los Laudes sacude con este Salmo nuestras ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada”… y nos preguntamos, ¿cómo puede ser nuestra vida limitada pero nuestro deseo de amar infinito?

Todos podemos dar constancia de que siempre nos falta algo, siempre nos falta alguien. Por más que juntemos todas las cosas buenas de esta vida -por más buenas y nobles que sean- y que las tengamos y usemos solo por Dios; incluso, si tuviesen cerca a todas las personas que amamos solo por Dios… siempre nos quedará un sentimiento de vacío: porque todas esas cosas no son Dios.

1. ¿A quién iremos?

Decía el Card. Cafarra que en esta persona que va en busca de Cristo, estamos cada uno de nosotros, que “consciente o inconscientemente, busca encontrarse con Cristo para obtener de él la respuesta a la cuestión fundamental de la vida.”[2]  El padre Buela lo decía con otras palabras[3]: “¿Dónde se efectúa esta batalla? En la mente y en el corazón de cada hombre y mujer. Lo sepa o no, lo quiera o no.” (P. Carlos Buela, En el ojo de la tormenta)

Continúa el Cardenal: “Lo que pide esta persona (un joven, precisa el evangelio de Mateo) no es en definitiva saber qué reglas observar, sino cómo dar plenitud de sentido a su vida: tener, vivir la vida eterna. Es la pregunta que brota de las profundidades del corazón humano; pregunta ineludible para toda persona.”

2. Vida eterna: la deseo pero no así

Queremos eternidad, queremos vivir para siempre… por un lado. No queremos morir nunca, ni que los nuestros mueran, ni ellos que nosotros muramos. Pero por otro, parece que no soportamos esta vida, tan llena de dificultades y como “una mala noche en una mala posada”[4], parafraseando a Santa Teresa[5]. Tan mala, que alguna vez se nos habrá pasado por la mente que sería mejor morir. Es así, queremos vivir para siempre, eternamente, pero no en esta vida.

Dice Benedicto XV[6]I: “de modo que, mientras por un lado la deseamos, por otro no la queremos. Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría.” (Spe Salvi, 12)

3. Solo tú Señor

Continúa Cafarra: “es a Cristo a quien todo hombre, incluso el de hoy, debe volverse y acercarse: si quiere entenderse a sí mismo plenamente, no según medidas parciales y superficiales.”

Por eso, nuestra vocación “surge del deseo de encontrar a Cristo, de permanecer con él, de vivir su vida.” Es un regalo el poder sentir el “atractivo y la nostalgia de la belleza divina”, poder sentir lo que cantamos en la traducción de la secuencia de Pentecostés: “Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”[7]. (Sine tuo numine. Nihil est in homine, Nihil est innoxium.)[8]

Es una muestra de amor infinito el mostrar así su amor divino a ti. Te pone en el corazón un amor -y una necesidad de amar- que no podrá jamás ser satisfecha con nada sino con Él mismo -con ese mismo amor. Así decía San Juan Pablo II Vita Consecrata, 15[9]: “la profesión de los consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular resonancia las palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su fulgor: Él es «el más hermoso de los hijos de Adán» (Sal 4544, 3), el Incomparable.”

4. Y tú, ¿me amas más que estos?

Llegamos al punto culmen del evangelio, en palabras del Card. Cafarra: “Es muy importante que captemos el sentido profundo de la respuesta de Jesús, sobre todo donde alcanza su máxima intensidad: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»”

“¿Cómo es que este joven, aunque puede decir con toda sinceridad que siempre ha observado toda la ley de Dios, no está satisfecho?  Porque sufrió el encantamiento de Cristo[10] [Christi incantationem[11]: San Agustín, Discurso 224,2, NBA XXXII / 1, p. 370]. Fascinado por Cristo, vislumbra en él una plenitud de Verdad, de Bien, de Belleza que toda la ley moral fielmente observada no le ha hecho vislumbrar ni sospechar. Y a la luz de Cristo se entendió a sí mismo: se entendió a sí mismo y su vocación. “

“Ha sido colocado dentro de una mirada de amor [«mirándolo, lo amó»]”. Mirádolo: este es un verbo que en griego es emblepó y tiene un significado que no es solamente «dirigir la vista». Se traduce mejor como: “conocer espiritualmente lo que se mira, contemplándolo y llenándose de admiración”. A decir de una religiosa contemplativa enamorada de Cristo a través de la Lectio Divina: “clavó la mirada en los ojos del joven y, a través de ellos, contempló su alma con una mirada llena de gozoso asombro”. Y el “lo amó” se traduce así: amor “agapé, es amor oblativo, porque Cristo no sólo está dispuesto al sacrificio sino que además busca sacrificarse en la cruz por la salvación del joven.”

Continuúa el cardenal Cafarra: “Esto es lo que “provoca su libertad para hacer ese don de sí mismo, íntegro e incondicional, en el que sólo la persona puede realizarse plenamente: «ven y sígueme». Se propone un «salto cualitativo» de vida. La obediencia a los mandamientos no es suficiente: al hombre se le da y se le pide que se adhiera a la persona de Cristo.” [Nosotros como religiosos hemos sido puestos en] este «encanto de Cristo»: mirados por él y amados. [Recibimos] el regalo de la propuesta: «ve, vende todo [deja y deshazte de todo] … ven y sígueme».

5. No perdemos la vocación, la olvidamos

Este es el primer amor, ἀγάπη, el amor de benevolencia con el que Cristo ama, un amor de donación y que es el amor que Él nos pide. Es un amor que no cambiará jamás, porque Cristo es Dios, y Dios es inmutable, no cambia[12]. Dice Santo Tomás: “La voluntad de Dios es completamente inmutable” apoyándose en Nm 23,19: “Dios no miente como si fuera un hombre; Dios no cambia como si fuera un hombre”.

Dios no cambia, pero nosotros sí. Al inicio es fácil saber de dónde viene este amor, y saber dónde está. Pero a medida que uno se acostumbra a ser amado, es fácil olvidarlo. Puede ser que tengas amor a Cristo y que sigas en la vocación a la que Él te llamó, pero ya no es ese amor (ἀγάπη) con el que aceptamos su llamada. Así nuestro Señor nos reprocha en el Apocalipsis:

  • Ap 2,4: Pero tengo contra ti que dejaste tu primera caridad.
  • Ap 2,4: ἀλλ᾿ ἔχω κατὰ σοῦ, ὅτι τὴν ἀγάπην σου τὴν πρώτην ἀφῆκας.
  • Ap 2,4: sed habeo adversus te quod caritatem tuam primam reliquisti

Está claro entonces que la vocación -ese “vende todo y sígueme”- no la perdemos, sino que la olvidamos. Olvidamos el primer amor, olvidamos a Cristo y tenemos un vacío pudiendo estar llenos. ¿El remedio cuál es?

6. Christi incantationem

Dejémonos encantar por Cristo, recordando y aceptando ese regalo de amor. Es un regalo el haber sentido el vacío que solo puede ser llenado con infinito, esa nostalgia del atractivo divino.

Nos ha dado ese deseo y como decía Santa Teresita, no pone deseos vanos en nuestro corazón.

Cristo, que es Dios, me conoce internamente y está dispuesto a “hacer todo” por mí… más bien, a “hacerse nada” por mí[13].  Nosotros también, hagámonos nada para alcanzarlo todo. Que siempre recordemos que nuestro primer amor es el de Cristo y no otro. Él es la medida de nuestro amor, de nuestra felicidad:

“Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). Esto es lo que esperamos, este es nuestro ser con Cristo eternamente[14], nuestra respuesta a la vocación, nuestro primer amor. Que nunca olvidemos donde está: solo en Cristo y nada más.

Que la Virgen Santísima nos dé su corazón.


[1] http://www.franciscanos.org/oracion/salmo089.htm

[2] 50º monasterio de S. Rita, 14 de octubre de 2006

[3] https://tomasdeaquino.org/en-el-ojo-de-la-tormenta-por-carlos-miguel-buela/

[4] http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obras-de-santa-teresa-de-jesus-tomo-i–0/html/ff0f3114-82b1-11df-acc7-002185ce6064_16.html

[5] Camino de Perfección, manuscrito de Valladolid, cap 40, 9; BAC 212, 8ª ed, 1986, pg 409: «Pues para una noche una mala posada se sufre mal, si es persona regalada (que son los que más deben ir allá [al infierno]), pues posada de para siempre, para sin fin, ¿qué pensáis sentirá aquella triste alma? Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada».

[6] https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html

[7] Ven Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre;

don en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si Tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,                       

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones

según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.

[8] https://es.wikipedia.org/wiki/Veni,_Sancte_Spiritus

[9]https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_25031996_vita-consecrata.html

[10] https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_295_testo.htm Contra esto, contra el musitar del diablo debemos contar con el hechizo de Cristo.

[11] https://www.augustinus.it/latino/discorsi/discorso_295_testo.htm Contra hoc, contra diaboli susurrationem debemus habere Christi incantationem.

[12] https://hjg.com.ar/sumat/a/c19.html#a7

[13] Flp 2,6: “existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse al igual con Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre». (Nácar-Colunga)

[14] Benedicto XVI, Spe Salvi, 12

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