No rendirse jamás: combatir hasta morir

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[A modo más bien esquemático…] Ante el poder del demonio y sus tentaciones, recordemos que no es “otro dios”, sino una simple creatura. Por lo tanto, por más que esté como un león rugiente buscando a quien devorar, nunca será más fuerte que Dios. Debemos luchar hasta morir a imitación de nuestros héroes del Combate de Angamos.

Recordemos esto, así pondremos nuestra confianza en Dios que lo derrotará con sus fuerzas, si nosotros ponemos todos los medios a nuestro alcance, como veremos a continuación.

1. El demonio es una criatura (Schlier)

Según el Nuevo Testamento también estos poderes son originariamente criaturas de Dios, una parte de la realidad primordialmente llamada por Dios a la existencia, es decir, la creación. Dice el apóstol Pablo en el lugar ya mencionado de Rm 8,38-39: «Pero yo estoy convencido de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna (ktisis) podrá separamos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro».

Además:

1Co 10,13: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito.”

2. Remedios contra las tentaciones (Tanquerey)

223. Remedios contra la tentación diabólica. Los Santos, y en especial Santa Teresa, nos dicen cuáles sean los remedios.

A) El primero de ellos es la oración humilde y confiada, para poner de parte nuestra a Dios y a los ángeles buenos. Si con nosotros estuviere Dios, ¿quién podrá contra nosotros? ¿Quién podrá medirse con Dios? “Quis ut Deus?».

Asimismo, es bueno acudir a San Miguel, que, habiendo vencido tan fuertemente al demonio, gozará con vencerle de nuevo en nosotros y por nosotros. Nuestro Ángel de la guarda le ayudará con sumo placer en la empresa, si ponemos en él nuestra confianza. Mas, sobre todo, no descuidaremos el rogar a la Virgen Inmaculada, que le tiene puesto el virginal pie a la serpiente, y que pone más miedo en el demonio que un ejército en orden de batalla.

B) El segundo medio es el uso confiado de los sacramentos y de los sacramentales. La confesión, por ser un acto de humildad, pone en fuga al demonio; la absolución, que va en pos de ella, nos aplica los méritos de Jesucristo y nos hace invulnerables a los tiros del enemigo; la sagrada comunión, por la que viene a nuestro corazón Aquél que venció a Satanás, infunde a éste verdadero terror.

Los mismos sacramentales, la señal de la cruz, o las oraciones litúrgicas, recitadas con fe y con la intención de la Iglesia, son ayuda muy valiosa. Santa Teresa recomienda en particular el uso del agua bendita, quizá por ser gran humillación para el demonio el verse lanzado con medio tan sencillo y corriente.

C) El medio postrero es un absoluto desprecio del demonio. También nos le da Santa Teresa: “Son, dice, tantas veces las que estos malditos me atormentan, y tan poco el miedo que yo ya los he, con ver que no se pueden menear si el Señor no les da licencia… Sepan que a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan con menos fuerza y el alma muy más señora… Porque son nada sus fuerzas si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder”. Dura humillación es para tan soberbios espíritus el verse despreciados de seres inferiores a ellos. Pues, si como hemos dicho, pusiéremos humildemente nuestra confianza en Dios, tendremos el derecho y el deber de despreciarlos: “ Si Deus pro nobis, quis contra nos?» Pueden ellos ladrar, mas no podrán mordernos, si no fuere que por imprudencia o soberbia nos llegáramos a ellos: “ latrare potest, morderé non potest nisi volentem”.  La pelea, pues, que hemos de reñir con el demonio, así como con el mundo y la concupiscencia, nos confirma en la vida sobrenatural, y nos da ocasión de adelantar en ella.

3. Una corona de gloria: Combate de Angamos

El sacrificio final es el acto que te convierte en héroe. Si estás en la batalla tienes dos opciones: o luchar o morir. Por eso celebramos la muerte de Grau, no su victoria. Así nosotros debemos luchar contra el demonio hasta morir, «antes morir que pecar». Estamos en manos de Dios, su poder es el que nos salva, nos cuida y fortalece.

Recemos por el Almirante Miguel Grau, Teniente Enrique Palacios (izó la bandera luego de la muerte de Grau), Capitán Elías Aguirre, Teniente Pedro Garezon (tomó el mando del Huáscar y quiso hundirlo pero fueron abordados). Ellos lucharon por una corona de gloria que se marchita. ¿Nosotros no pelearemos por una corona de gloria que no se ha de marchitar jamás?

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