El miedo a perderse algo

¿Alguna vez han escuchado la palabra FOMO? Son las siglas en inglés de fear of missing out: el miedo a perderse algo, a que se nos escape algo importante, a no enterarnos de lo último.

Es una palabra que comenzó a usarse bastante hace algunos años, sobre todo entre los jóvenes, pero la realidad que describe nos toca a todos. También a religiosos y sacerdotes. Tenemos una especie de miedo a no saber, a no estar informados, a no enterarnos de lo que está pasando.

Y frente a eso, san Pablo dice hoy algo clarísimo:

«Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2).

1. Saber lo necesario, no saberlo todo

Evidentemente, san Pablo no está diciendo que debamos ignorar lo que pasa en el mundo. Vivimos en medio del mundo y tenemos que aprender a leer la realidad a la luz de la fe.

El problema aparece cuando se nos pasa la mano.

Queremos ver todas las noticias, todos los mensajes, todos los estados de WhatsApp, todas las redes sociales. Queremos saber qué pasó, quién dijo qué, cuál es la última novedad. Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a perder algo mucho más importante: el silencio.

Por ese temor a no saber algo, a no estar informados o a no estar al día, vamos llenando nuestra cabeza de ruido. Y eso termina afectando nuestra vida espiritual.

2. Sin silencio no hay verdadera vida interior

El cardenal Robert Sarah, en La fuerza del silencio, dice algo muy fuerte:

«El silencio interior pone fin a los juicios, a las pasiones y a los deseos. Una vez poseamos el silencio interior, podremos llevarlo con nosotros al mundo y orar en todas partes».

Y añade que, así como el ascetismo interior no puede lograrse sin mortificaciones concretas, es absurdo pretender alcanzar el silencio interior sin silencio exterior.

El hombre domina verdaderamente el tiempo de la acción cuando sabe entrar también en el silencio. La vida silenciosa prepara la vida activa.

Y esto tiene consecuencias muy concretas. Sin capacidad de silencio nos cuesta comprender nuestro propio entorno, amarlo y asumirlo. La caridad necesita un corazón capaz de escuchar, comprender y acoger.

Por eso el cardenal Sarah dice que la caridad nace del silencio.

Y Pascal lo había expresado de una manera muy gráfica:

«Toda la desdicha de los hombres proviene de una sola causa: no saben permanecer en reposo en un cuarto».

Cuánto nos cuesta simplemente estar quietos, sin agarrar el celular, sin buscar algo nuevo, sin llenar inmediatamente el vacío.

3. De la curiosidad al recogimiento

Uno puede querer estar informado por un buen motivo. Podemos necesitar conocer lo que ocurre para entender mejor el mundo, para enseñar, predicar o evangelizar.

Pero cuando intentamos saber más de lo que necesitamos, o queremos informarnos de una manera que no corresponde a nuestro estado o a nuestro deber, fácilmente caemos en la curiosidad y en la superficialidad.

Y basta pensar un poco en nuestra propia experiencia. Cuando entramos en esos períodos de mucha curiosidad, normalmente rezamos peor. Nos cuesta concentrarnos. Estamos menos recogidos. La cabeza va saltando de una cosa a otra.

Por eso tenemos que pedirle al Señor la gracia de ordenar nuestro deseo de saber.

Una recomendación muy concreta puede ser ésta: si una noticia realmente nos interesa o necesitamos conocerla, en vez de consumir veinte titulares, veinte fotos y veinte comentarios, escojamos una y profundicemos en ella. Tratemos de comprenderla de verdad.

Eso también ayuda a formar la inteligencia. Nos permite conocer mejor la realidad sin convertirnos en consumidores compulsivos de información.

Y, sobre todo, preserva el recogimiento interior.

San Pablo tenía claro cuál era el centro: Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2). Todo lo demás tiene que ocupar su lugar alrededor de Él.

Pidámosle al Señor que sepamos distinguir lo que necesitamos conocer de aquello que simplemente alimenta nuestra curiosidad; y que recuperemos ese silencio interior que nos permite rezar mejor, comprender mejor y amar mejor.

Ave María Purísima.


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