El espíritu propio y el Espíritu de Dios

El Evangelio nos muestra a Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm. Todos se quedaban asombrados porque su palabra estaba llena de autoridad. Y allí había un hombre poseído por un espíritu inmundo que comenzó a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». Y el demonio salió sin hacerle daño (Lc 4,31-37).

¿Cuántas veces no hemos sentido también nosotros una especie de rebelión interior? Vemos algo que Dios nos pide, la conciencia nos marca cómo debemos actuar con una persona o en una situación concreta, y por dentro aparece ese grito: «¿Qué tengo que ver yo con esto?»

No quiere decir que tengamos un espíritu inmundo, evidentemente. Pero sí tenemos algo que combatir: el espíritu propio.

San Agustín tiene una frase muy buena: «Los que se despojaren del espíritu propio, se verán revestidos del espíritu de Dios» (Enarrationes in Psalmos, 103). 

1. Cuando manda el espíritu propio

Pensemos: ¿cuándo fue la última vez que reconocimos que habíamos obrado mal por seguir demasiado nuestro juicio propio, por terquedad, por estar empecinados en nuestra manera de ver las cosas?

Uno se cierra, insiste, pelea por su posición y al final las cosas terminan mal. Y después uno se queda triste.

San Pablo dice en la primera lectura: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son una insensatez, y no puede entenderlas, porque sólo espiritualmente pueden ser juzgadas» (1 Cor 2,14).

Ese «hombre natural» no es necesariamente una persona entregada a grandes vicios. Puede ser simplemente el hombre que vive según sus solas fuerzas naturales, sin dejarse elevar y conducir por la vida sobrenatural de la fe.

Por eso, si uno descuida la vida sobrenatural, si no reza por la mañana y por la noche, si no visita al Santísimo, si no alimenta la fe, cuando Dios le pida algo que contradiga su propio juicio, fácilmente aparecerá la rebelión interior.

2. «No entiendo», y entonces me rebelo

Santo Tomás, comentando este pasaje de san Pablo, explica que las realidades espirituales son juzgadas por el Espíritu Santo; pero el hombre natural, precisamente porque carece de ese principio, no puede juzgarlas adecuadamente ni comprenderlas (Super I Epistolam ad Corinthios, c. 2, lect. 3). 

Muchas veces el problema no es que a las cosas de Dios les falte verdad o inteligibilidad. Lo que falta en nosotros es el principio adecuado para juzgarlas.

Y entonces, como no entendemos, nos rebelamos.

Por eso, para dar lugar al Espíritu de Dios hay que ir sacando el espíritu propio. Y para sacar el espíritu propio hace falta humildad: reconocer que no siempre tienes razón, que las cosas no siempre van a salir como tú quieres, que tu modo de ver no es necesariamente el mejor.

Dicho sencillamente: no eres la mejor del mundo. Puede ser que te hayas equivocado y que las demás estén bien.

Cuando uno se cierra completamente en su propio juicio puede terminar creído, soberbio, insoportable. Ahí está actuando ese espíritu propio que tenemos que combatir.

3. Iluminados e inflamados por el Espíritu Santo

¿Y qué tenemos que pedir entonces?

El Espíritu Santo.

Santo Tomás dice que el hombre puede llamarse espiritual de dos maneras: por parte del entendimiento, cuando es iluminado por el Espíritu de Dios; y por parte de la voluntad, cuando es inflamado por el Espíritu de Dios. En latín dice: Spiritu Dei illustrante; Spiritu Dei inflammante (Super I Epistolam ad Corinthios, c. 2, lect. 3). 

Eso tenemos que pedir hoy: que el Espíritu Santo nos ilumine la inteligencia y nos inflame el corazón.

Que ilumine nuestra inteligencia para poder mirar las cosas como Dios las mira, y que inflame nuestro corazón en el amor de Dios para querer lo que Él quiere.

Así vamos dejando de lado el espíritu propio y dando lugar al Espíritu de Dios. No para que reine nuestro juicio, nuestro gusto o nuestra voluntad, sino para que reine la voluntad de Dios en nosotros.


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