Cuando hablamos de los defectos del pobre Herodes, en realidad podemos hablar también de nuestros propios defectos. De Herodes se puede decir de todo: inconstante, sensual, lujurioso, cobarde. Y también, en cierto sentido, perezoso.
Hay una pereza especialmente peligrosa, que es la acedia o pereza espiritual, aquella que la tradición ha relacionado con el «demonio del mediodía» (Sal 90[91],6). No es simplemente tener flojera. Es una especie de rechazo, de tristeza o resistencia ante el sacrificio que exige el bien espiritual.
1. Cuando el bien espiritual empieza a molestarnos
Leer, estudiar, rezar, trabajar seriamente sobre la propia alma, hacerse una contra, exigirse por dentro: todo eso supone un esfuerzo.
Y aquí Santo Tomás dice algo muy interesante. Cuando una persona se entristece ante el bien espiritual y no quiere asumir el esfuerzo que ese bien exige, puede terminar atacando aquello —o a aquella persona— que le recuerda ese bien. Entre las consecuencias de la acedia, Santo Tomás señala precisamente el rencor, entendido como una cierta indignación contra quienes nos inducen a los bienes espirituales (Suma Teológica, II-II, q. 35, a. 4, ad 2).
Entonces uno se molesta no necesariamente porque el otro haya hecho algo malo, sino porque representa el sacrificio que uno no quiere hacer.
Puede suceder entre un papá o una mamá y un hijo adolescente. Puede pasar con un profesor y sus alumnos. Puede pasar con un superior, con una superiora religiosa. Esa persona me molesta porque me exige justamente aquello que yo no quiero hacer.
¿Y por qué no quiero hacerlo? Muchas veces porque me he acostumbrado a no hacerlo.
2. Los hábitos que dejamos morir
En el Evangelio de los talentos aparece aquella frase fuerte: «Al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene» (Mt 25,29).
Eso también puede aplicarse a nuestros hábitos. Un hábito que no ejercitamos se va perdiendo. Y cuanto más lo perdemos, menos ganas tenemos de realizar el acto correspondiente.
Por ejemplo: hace mucho tiempo que no lees un libro entero. Hace varios días que no lees más de dos páginas seguidas, fuera del breviario. Poco a poco uno pierde incluso las ganas de leer.
En cambio, cuando empiezas a hacerlo —quizá al principio por obligación y no por gusto—, poco a poco vas agarrando gusto. Y alguna vez nos ha pasado encontrarnos con un libro tan bueno que ya no queríamos dejarlo: lo llevábamos a todas partes, en la combi, a la casa, donde fuera.
Con el sacrificio sucede algo parecido.
Si no nos acostumbramos a morir un poquito cada día, cada vez tendremos menos ganas de morir a nosotros mismos. Y entonces empieza a salir el Herodes que llevamos dentro: terminamos dejándonos llevar por lo que pasa alrededor y, sobre todo, por nuestros propios gustos.
3. Herodías: odiar a quien nos recuerda la verdad
Herodes sabía lo que debía hacer, pero no lo hizo. Se dejó arrastrar por lo que sucedía alrededor y, especialmente, por Herodías, la mujer de su hermano.
Herodías se enfureció contra Juan Bautista porque Juan representaba exactamente aquello que ella no quería aceptar. Él le decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18).
Juan era una presencia incómoda porque le recordaba la verdad y, por tanto, el sacrificio que esa verdad exigía. Herodías no quiso cambiar. Prefirió eliminar al que le recordaba que debía cambiar, hasta conseguir finalmente la muerte de Juan Bautista (Mc 6,19-29).
Podemos llegar a irritarnos contra una persona simplemente porque su presencia nos recuerda un deber, un esfuerzo, una conversión que no queremos asumir.
Por eso, si no queremos terminar muriendo espiritualmente por nuestros propios pecados, muramos voluntariamente por amor. Acostumbrémonos al sacrificio. Cada día un poquito. Negarnos algo, cumplir bien un deber, hacer ese esfuerzo espiritual que estamos postergando.
Porque cuanto más aprendemos a morir voluntariamente por amor, menos espacio dejamos al Herodes que todos llevamos dentro.
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