La sabiduría de reconocer que no sabemos

Todos tenemos un poco de testarudez, de cabeza dura. Pensamos que tenemos razón casi siempre, que sabemos, que nuestra opinión puede ser mejor que la de los demás, y nos empeñamos en eso.

Hay un fenómeno que se da mucho en el mundo de las redes sociales: el sesgo de confirmación. Pero, en realidad, lo tenemos todos, aunque no usemos ningún celular. Consiste en buscar argumentos para corroborar lo que ya pensamos. En una conversación uno tiende a quedarse con lo que le conviene y a rechazar lo que no encaja con su propia opinión.

Tenemos ahí una debilidad, además herida por el pecado original.

Hoy podemos meditar en tres personajes que aparentemente tienen poco que ver con las vírgenes prudentes y sus lámparas encendidas (Mt 25,1-13): Sócrates, san Pablo y san Agustín.

1. Sócrates: saber que uno no sabe

Sócrates fue enemigo de los llamados sofistas. Eran filósofos ambulantes que ofrecían sus servicios para elaborar discursos capaces de convencer a la gente. Algunos se gloriaban incluso de poder hacer un discurso sumamente convincente a favor de una opinión y, acto seguido, otro igualmente convincente defendiendo exactamente lo contrario.

Frente a esa aparente sabiduría humana —que también puede ser la nuestra cuando lo único que queremos es convencer—, Sócrates mostró algo muy sencillo: el más sabio es el que se da cuenta de que no sabe, el que sabe que todavía le falta aprender.

Su método consistía en preguntar. Preguntaba a quienes supuestamente sabían hasta que, al comenzar a contradecirse, quedaba en evidencia que en realidad no sabían tanto como pensaban.

Hay, entonces, una doble ignorancia. Una cosa es no saber; otra, bastante peor, es no saber que uno no sabe.

2. San Pablo: saber a Cristo crucificado

Sócrates se daba cuenta de que no sabía. Pero después viene un cristiano, san Pablo, y dice: «No quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2).

Eso es lo que importa.

San Pablo tuvo que darse cuenta de que no sabía tanto de su propia vida como pensaba. Cristo vino, le rompió los esquemas y le hizo ver algo completamente nuevo (cf. Hch 9,1-19).

Esta es la sabiduría que nosotros deberíamos tener: estar abiertos a pensamientos que no son necesariamente los nuestros, sobre todo cuando son los de Dios.

San Pablo nos muestra con su vida que la verdad está en Cristo y que nosotros siempre podemos cambiar, siempre podemos aprender algo nuevo.

3. San Agustín: enamorarse de la Verdad

Y san Agustín quizá lo muestra todavía con más fuerza:

«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé» (Confesiones, X, 27, 38).

Agustín buscó durante años. Pensaba encontrar la verdad afuera, recorriendo distintas filosofías. Incluso despreciaba inicialmente la Sagrada Escritura porque, acostumbrado a la retórica latina y a Cicerón, le parecía pobre en su forma.

Pero después terminó enamorándose no simplemente de unos argumentos, sino del Autor de la verdad.

San Agustín encarna ese deseo de buscar sinceramente y, al mismo tiempo, de reconocer que, por más dones que uno tenga, por sí mismo no basta. El corazón y la inteligencia encuentran finalmente su reposo en Dios: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1).

Para eso necesitamos prudencia. No ser necios. No pensar que siempre tenemos razón. Ese puede ser el primer pasito para abrirnos a la sabiduría de Dios, que a veces nos rompe completamente los esquemas: como a san Pablo en el camino de Damasco (Hch 9,1-19), como a los discípulos de Emaús cuando tuvieron que volver corriendo a Jerusalén (Lc 24,13-35), como a los apóstoles sorprendidos por Cristo resucitado (Lc 24,36-43).

Y, sobre todo, como la Virgen, que supo recibir una palabra mucho más grande que sus propios planes y responder: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Pidámosle a ella que nos ayude a estar siempre abiertos a la sabiduría de Dios y a saber decirle que sí.

Ave María Purísima.


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