1. Una escena simple de casa
Cuando en nuestras casas servimos el desayuno, preparamos la mesa, limpiamos… ¿por qué lo hacemos?
¿Porque “nos toca” y ya? ¿O por amor?
Por amor cumplimos cosas que sabemos que hay que hacer. No las hacemos como si esto fuera un cuartel, o como si estuviéramos bajo la voluntad de alguien que te oprime. Cumplimos lo que hay que cumplir, sí, pero por amor: en la casa, por amor a la familia, o por amor a quienes convivimos.
2. Así hay que entender lo que Dios nos pide
De manera similar, hay que pensar lo que Dios manda: los mandamientos, los preceptos de la Iglesia, y también lo que te pide a ti en concreto.
No se trata de cumplir “porque manda y hay que cumplir”, como alguien no libre, como un esclavo. Se trata de cumplir lo que Dios pide por amor a Él, como hijo.
La primera lectura lo subraya con esa frase que se repite una y otra vez: “Yo soy el Señor” (cf. Lev 19,3-4.10-12.14.16-18).
O sea: cumple lo que te pido porque Yo soy Dios.
Y uno puede preguntarse: entonces, ¿por qué lo manda? Porque Él entiende qué es lo mejor para nosotros. Él nos ha creado, nos cuida, y nos quiere llevar hacia Él. Por eso lo que pide son como escaleras, peldaños para llegar.
Y eso aterriza en lo concreto:
los mandamientos y los preceptos de la Iglesia, servir en casa de un modo determinado, atender a un enfermo, trabajar en algo que no te gusta tanto, cargar un defecto en el carácter o en el cuerpo que no quisiéramos, pero que es parte de la Providencia para llevarnos hacia Él.
La clave es esta: cumplirlo por amor a Dios.
3. El termómetro: amar a Dios amando al prójimo
¿Cuál sería el termómetro para saber si estoy cumpliendo lo que Dios me pide? ¿Qué es lo más importante que me pide Dios?
Lo más importante es amar.
Y el orden es claro:
Primero, amar a Dios. Segundo, amar al prójimo.
¿Y cómo sabemos que estamos amando realmente a Dios? Cuando amamos al prójimo por amor a Dios.
Cuando pongo la mesa, cuando atiendo al enfermo, cuando sirvo con paciencia, cuando no esquivo a alguien: ahí se ve si estoy cumpliendo lo que Dios me pide por amor.
Por eso el Evangelio nos da un camino concreto: las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46).
4. Mirar la Cruz y escuchar la pregunta
Terminemos con esto. Mira la Cruz del Señor.
Imagínate que Cristo te habla y te dice:
“¿Por qué no me visitaste cuando estaba enfermo?” (cf. Mt 25,43). “¿Por qué no estuviste cuando estaba más solo?” (cf. Mt 25,43). “¿Por qué no rezaste por mí cuando estaba más necesitado?” (cf. Mt 25,44).
Y piensa también en tanta gente que está sufriendo, por ejemplo con las lluvias en distintas partes del Perú.
Así que miremos a Cristo, y por amor a Él atendamos al prójimo. Ahí vamos a estar seguros de estar amando a Dios en la práctica. La Escritura lo dice sin anestesia: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4,20).
Seamos sinceros con Dios: amemos al prójimo, y cumplamos lo que Dios nos pide por amor a Él.
Hoy pensemos algo concreto: ¿a quién tengo que llamar por teléfono? ¿hace cuánto no visitas a tal persona? ¿hace cuánto esquivas a otra? No lo dejemos para después.
Que María nos conceda esta gracia.
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





