«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?». (San Lucas 9, 22-25)
Cuántas veces vemos que, en el trabajo, en el gobierno, lo primero que se intenta es salvar la propia vida. Y lamentablemente lo vemos también en el mundo laboral: a veces se “pisan cabezas” para subir, y mucho más en el terreno político. Y por qué no decirlo: también en la familia, por ejemplo con el problemático tema de las herencias.
¿Qué podemos hacer frente a esta situación?
Desde el Evangelio y las lecturas de hoy, propongo tres ideas para poder enfrentar la situación moderna y, con eso, buscar una verdadera justicia: Dios, sacrificio y decisión.
1. Primero que todo: Dios
Lo primero que tenemos que tener presente —y no olvidarlo— es poner a Dios primero. Y así educar a los demás: en las conversaciones, en la sobremesa, con los amigos.
El salmo lo dice con fuerza: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (cf. Sal 1,1-6). Y sigue con esa imagen tan clara: “Será como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas” (cf. Sal 1,3). “Porque el Señor protege el camino de los justos” (cf. Sal 1,6).
Primero que todo, Dios: Él es quien nos ha creado, quien nos ama y nos sostiene, quien nos ha redimido. Él debe guiar nuestras decisiones.
Y esto se concreta en algo muy simple y muy real: estar en presencia de Dios.
- Oración diaria, aunque sea breve y fiel.
- Bendición de los alimentos, al menos.
- Lectura diaria de la Sagrada Escritura, ojalá.
- Rezo del Santo Rosario.
- Y, gracias a Dios, la misa diaria, para quienes la tienen.
2. Dar sentido sobrenatural al sacrificio
En segundo lugar: el sacrificio. Como lo anuncia el mismo Jesucristo a sus apóstoles por tres veces, «el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… el que no carga su cruz… no puede ser mi discípulo».
Cuando nos vengan cruces —o si ya las tenemos ahora presentes— hay que darles un sentido sobrenatural. No se trata solo de “aguantar” (que ya tiene mérito), sino de mirarlas con criterios divinos, no solo humanos.
Una enfermedad, por ejemplo. Uno puede decir: “Esto me da tristeza, me causa sufrimiento, también a mi familia”. Sí, es verdad. Pero junto a eso: “Señor, yo sé que Tú lo gobiernas todo, aunque ahora me toque sufrir. Yo sé que en el cielo me darás el descanso que busco”.
O una pelea familiar que uno intenta resolver y no se puede: “Señor, con esto me estoy asociando a tu cruz”.
O las dificultades laborales que parecen no tener solución pronta: “Señor, aquí me estás enseñando, aquí me estás purificando”.
No negar lo natural —claro que duele, claro que preocupa—, pero darle otro vuelo. Otro horizonte.
3. Decidir con la voluntad de Dios
Y tercero: la decisión. Esto es, plenificar nuestra libertad eligiendo lo mejor.
La primera lectura del Deuteronomio lo pone así, frontal: “Pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal” (cf. Dt 30,15; cf. también Dt 30,19).
Si tenemos presente a Dios, y si no rehusamos el sacrificio “así nomás” sino que lo asumimos con sentido sobrenatural, entonces podemos decidir mejor. Ya no nos movemos solo por lo que nos gusta, por lo que nos conviene, por lo “sensato” a primera vista. Decidimos según la voluntad de Dios.
Y así, en este tiempo de Cuaresma, podremos convertirnos de verdad y hacer algo concreto. No quedarnos simplemente —como dicen algunos— en maldecir las tinieblas, sino en encender una luz.
Pidamos esta gracia a María.
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