Dios se nos manifiesta de diversas maneras en nuestra vida. Nos invita a que lo busquemos y lo encontremos para adorarlo.
Esa manifestación es como la estrella que se les apareció a los Reyes Magos. La estrella puede tomar diversas formas: una persona, una llamada, una enfermedad, tu propia conciencia, un libro, una inspiración en la oración, una desolación, un fracaso, incluso un pecado (permitido, pero nunca querido por Dios).
Recuerda: el fin no es la estrella; esa es solo un medio para llegar a Cristo. Es muy fácil quedarnos mirando esos medios hechos estrella, sobre todo cuando son demasiado hermosos… o muy dolorosos.
Estemos atentos para distinguir nuestra estrella y actuar como los sabios de Oriente: ir con prontitud y docilidad a adorarlo. Interpreta tu estrella a la luz del misterio del Dios hecho hombre. Él te dará la gracia actual para levantarte y ponerte en marcha, aunque sea un largo camino. Te dará la gracia de encontrarlo, aunque no sea como tú lo esperabas.
Lo importante es que habrás seguido esa estrella, la que Dios pensó para ti desde siempre. Habrás sido fiel. Encuentras a María: ella te da a su Niño para que lo cargues y lo adores. En Él, toda carga es ligera. Valió la pena.
La docilidad de los magos «es para nosotros un ejemplo que nos exhorta a todos a que sigamos, según nuestra capacidad, las invitaciones de la gracia, que nos lleva a Cristo” (San León Magno, Sermón 3, En la Epifanía del Señor)
Artículos relacionados de la Suma que tenía en mente al escribir esto:
Suma teológica – Parte IIIa – Cuestión 36. Sobre la manifestación del nacimiento de Cristo.
Artículo 7: ¿La estrella que se apareció a los Magos fue uno de los astros del cielo? (co.)
Primero, porque ninguna otra estrella va por este camino, ya que ésta se desplazaba de norte a sur, pues ésta es la situación de Judea con relación a Persia, de donde vinieron los Magos.
Segundo, por el tiempo, puesto que se dejaba ver no sólo en la noche, sino también al mediodía. De esto no es capaz una estrella; y ni siquiera la luna.
Tercero, porque unas veces aparecía y otras se ocultaba. Cuando entraron en Jerusalén, se ocultó; luego, cuando dejaron a Herodes, volvió a aparecerse.
Cuarto, porque no se movía continuamente, sino que, cuando convenía que caminasen los Magos, ella se ponía en marcha; en cambio, cuando convenía que se detuviesen, también ella se detenía, como acontecía con la columna de nube en el desierto (Ex 40,34; Dt 1,33).
Quinto, porque no mostró el parto de la Virgen quedándose en lo alto, sino descendiendo a lo bajo.
Artículo 8: ¿ Vinieron convenientemente los Magos a adorar y venerar a Cristo? (ad)
Ad1. Como expone Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, habiendo nacido y muerto muchos reyes de los judíos, los Magos no buscaron a ninguno de ellos para adorarlo. Asi pues, no es a un rey de los judíos como los que entonces solía haber al que los extranjeros, venidos de lejanas tierras, y enteramente extraños, pensaban rendir este homenaje tan excepcional. Sino que llegaron a conocer que el recién nacido era de tal categoría que no dudaron lo más mínimo de que, adorándole, habían de conseguir la salvación que se produce conforme a los planes de Dios.
Ad 3. Como explica Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, la estrella que condujo a los Magos hasta el lugar en que estaba el Dios Niño con su madre virgen podía llevarlos a la ciudad de Belén, en la que nació Cristo. Sin embargo, se ocultó hasta que los judíos testificaron acerca de la ciudad en que nacería Cristo, para que así, ratificados por un doble testimonio, como dice el papa León, deseasen con fe más ardiente al que manifestaban el resplandor de la estrella y la autoridad de la profecía. Así, ellos mismos anuncian el nacimiento de Cristo, y preguntan por el lugar, creen e inquieren, como significando a los que caminan en la fe y desean la visión, según dice Agustín en otro Sermón sobre la Epifanía.
Ad 4. Como comenta el Crisóstomo en Super Mt., si los Magos hubieran venido en busca de un rey terrenal, hubieran quedado confusos por haber acometido sin causa el trabajo de un camino tan largo. Por lo cual, ni hubieran adorado, ni hubieran ofrecido regalos.Pero, como buscaban a un rey celestial, aunque no vieron en él nada de la majestad real, le adoraron, no obstante, satisfechos con sólo el testimonio de la estrella. Ven a un hombre, pero reconocen a Dios en él. Y le ofrecieron regalos conformes con la dignidad de Cristo: Oro, como a un gran rey; incienso, empleado en el sacrificio sagrado, como a Dios; mirra, con la que se embalsaman los cuerpos de los muertos, como a quien había de morir por la salvación de todos. Y, como añade Gregorio, se nos instruye para que ofrezcamos al Rey recién nacido el oro, que significa la sabiduría, resplandeciendo ante su mirada con la luz de la sabiduría; el incienso, mediante el cual se expresa la devoción de la oración, lo ofrecemos a Dios, si somos capaces de exhalar el perfume de Dios, mediante el ardor de la oración; la mirra, que significa la mortificación de la carne, la ofrecemos si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia.
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