Educar en la abnegación

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Cuando éramos niños, probablemente nos enseñaron que antes de servirnos un vaso de agua en la mesa, debíamos primero ofrecerlo a las personas cercanas. O también, cuando abríamos una galleta, o un dulce, primero debíamos ofrecerlo a los demás antes de comerlo nosotros.

Estas son cosas que a uno le van marcando. Los papás saben bien que es necesario educar a los niños en ser generosos, en no pensar primero en uno mismo, sino en los demás. Y es una educación que se hace a través de acciones tan sencillas y cotidianas como éstas. Cotidianas, porque cuando son repetidas a lo largo de la infancia terminan generando un hábito bueno. Eso que llamamos virtud. Mejor aún, si el niño ve que sus papás realizan este tipo de acciones de manera natural y alegre. Sin decirle nada al pequeño, va reforzando ese aprendizaje y se le va quedando para siempre. Como otra naturaleza dice Aristóteles. Dicho popularmente: “las palabras convencen pero el ejemplo arrastra”. Así, al niño se le va formando la idea de que lleva detrás una tradición de generosidad, que sí se puede renunciar a cosas en favor de otros, que es “mejor” pensar y hacer en beneficio del otro antes que en el propio. Todo esto a nivel natural es ya algo espectacular. Seas católico o no católico, ¿quién puede negar que la generosidad y la abnegación son virtudes necesarias para ser feliz y sobrevivir en la vida?

Pero si todo esto lo llevamos a un plano sobrenatural, es aún mejor, es sublime, porque es lo que nuestro Buen Jesús vino justamente a enseñarnos como necesario para salvarnos y lo hizo con sus palabras y con su ejemplo. Mt 16,24-25: “Entonces les dijo Jesús a sus discípulos: -Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.” Cuando el niño escuche este evangelio por primera vez y sus papás le expliquen que dar una galleta al compañero o servir un vaso de agua al vecino es “negarse a sí mismo”, es “perder la vida” por el otro, entonces están educándolo cristianamente. Podrá entender qué significa “cargar la propia cruz” en el colegio, en la familia, en la enfermedad. Será natural no pensar tanto en sí mismo, sino primero en Dios, en el beneficio de los demás. Es decir, entenderá que la abnegación es encontrar a Dios.

Y si somos religiosos o sacerdotes, ¿no haremos esto con mayor ahínco? No solo hablo de la educación en la catequesis o predicación, sino en el ejemplo de abnegación y de amor a Dios. Recordemos que nos movemos en un plano sobrenatural y el fruto de nuestro apostolado depende de nuestra vida de intimidad con Dios, de cómo vivimos aquello que enseñamos.

Pidamos a la Virgen que nos eduque en las pequeñas renuncias diarias para poder educar a los demás y para poder seguir a Cristo cada vez más de cerca cuando las cruces que nos presente sean cada vez más hermosas.

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