Virtudes de Cristo en la Pasión: Ejemplo de humildad

Tiempo de lectura: 3 min.

1.      Ejemplo de Cristo

«Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.» (Santo Tomás de Aquino)

«Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó a sí mismo» (Flp 2,6-8).

2.     Aplicación

A pesar de su condición divina, Cristo se humilló en la cruz. Y se humilló por mí, por las veces que yo no quiero humillarme. Es decir, que no quiero ver la realidad, no quiero darme cuenta de la verdad. Santa Teresa cuenta que se preguntaba «por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad» y por una iluminación divina vio que era «porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (6M 10,7).

Así si alguien quiere aprender a tocar un instrumento o hablar un idioma, no le bastará con leer la teoría y saber que dicen los autores más importantes, sino que deberá ponerse a tocar el instrumento y a hablar el idioma hasta adquirir esa virtud. Pasa lo mismo con la humildad. Nadie adquiere la humildad si no es a punta de humillaciones. Y las más fuertes no son exactamente las más públicas, como cuando alguien se resbala o rompe algo en medio de una reunión. Sino que son las que se dan a solas, en la intimidad, cuando uno se examina y se encuentra con que debe admitir que aquello en lo que me han corregido es verdad; que no soy tan capaz como creía; que no era tan bueno como yo pensaba y que ese defecto o pecado aún lo tengo en el alma.

«»Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, quedando así destruida nuestra condición de pecadores» (Rm 6,6). Nuestra condición orgullosa, ya que éste —el orgullo— es el pecado por excelencia, el pecado que anida detrás de todo pecado. «Cargado con nuestros pecados subió al leño» (1 P 2,24). Cargado con nuestro orgullo.» «Por eso, – dice el P. Cantalamessa- «la cruz es el sepulcro en el que se abisma todo el orgullo humano. Dios le dice como al mar: «Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí cesará la arrogancia de tus olas» (Jb 38,11). En la roca del Calvario van a romper todas las olas del orgullo humano, y no pueden pasar más allá.»

3.      Conclusión

Por lo tanto, como dice una exhortación repetida en nuestra liturgia católica: “Considerad lo que hacéis, imitad lo que celebráis”. Que podamos en esta Semana Santa imitar lo que celebramos, imitar el ejemplo de Cristo al aceptar la humillación que debíamos sufrir nosotros a causa de nuestra soberbia.

Entreguemos a Cristo nuestra «“condición orgullosa», para que él pueda destruirla de hecho como la destruyó ya en la cruz, para siempre.»

Murió como había sido predicho: «No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, al verlo se tapaban la cara; lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido» (Is 53,2-4). Sólo una persona en el mundo, a excepción de Jesús, sabe de verdad lo que es la cruz: María, su madre. Ella cargó, junto con él, con «el oprobio de la cruz» (Hb 13,13). Los demás, san Pablo incluido, conocieron «la fuerza de la cruz» (cf 1 Co 1,18), ella conoció también su debilidad; los demás conocieron la teología de la cruz, ella la realidad de la cruz.

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