Beato Miguel Agustín Pro (9/9): Oraciones y meditaciones del P. Pro

Tiempo de lectura: 14 min.

Al Corazón de Jesús

«Corazón de Jesús, te amo, pero aumenta mi amor; Corazón de Jesús, en ti confío, pero vigoriza mi esperanza; Corazón de Jesús, te entrego mi corazón, mas enciérralo tan profundamente en el tuyo que no pueda ya separarse de él jamás. Corazón de Jesús, soy todo tuyo, pero custodia mi promesa a fin de que pueda ponerla en práctica hasta el total sacrificio de mi vida».

«Te suplico Madre que me metas muy cerca del Corazón de tu Hijo. En esta divina prisión llena de llamas y cercada de espinas yo estará seguro… Enciérrame, Madrecita, méteme muy dentro del costado abierto de Jesús y sobre todo ahora que voy a ser sacerdote».

Cuando nuestras almas se acercan al Corazón de Jesús, su amor no puede ni debilitarse ni extinguirse; se purifica, se diviniza y se derrama en los corazones de los que amamos, pero desinteresado, intenso como el amor de Dios, que enciende el nuestro y lo vivifica. Una vez que nuestro corazón se ha injertado y recibe la savia del árbol de la cruz, no hay que temer ya que se desvíe: lo sé por experiencia».

«En el costado abierto de Jesucristo se distingue su Coraz6n, que arde de amor por ti, por mí, por todos los hombres… Pero se lo ve rodeado de espinas, y en el centro la cruz. Este fuego sagrado debe también inflamarse en nuestro pobre corazón para comunicarlo a los demás, pero circundado de espinas, a fin de ponernos en guardia contra los mezquinos intereses de nuestro amor propio…, rematado, empero, por la cruz con los brazos extendidos para poder así abrazar a todos cuantos nos rodean, sin restringir nuestro celo a determinadas almas en particular».

Consejo para la decisión vocacional

“¿No sabes qué es lo que pasa después de tu decisión y me preguntas si estás loco? Voy a contestarte: Mientras los elementos que van a formar un compuesto se están combinando, no dejan de agitarse. Algo parecido pasa con el espíritu cuando se cambia el derrotero de la vida; y esto es más evidente cuando el estado de vida que se pretende es más espiritual y por lo tanto más contrario a las inclinaciones naturales de nuestro ser. ¿Estás desorientado?, ¿Cambias continuamente de modo de pensar?, ¿Lo que ayer te parecía cierto hoy se te figura una quimera? ¡Calma, paciencia! Los elementos están en efervescencia, el nuevo compuesto no está aún terminado. Muy pronto vendrá la paz a tu alma, la alegría a tu corazón, la tranquilidad a tu espíritu…

Pero me parece injusto -me dices- dejar a mi madre que tanto necesita de mí. No, hijo mío. Dios te ha elegido, Dios te llama, tú has oído su voz: sabes que El te quiere para sí. Luego, puesto que Él es el dueño absoluto y universal, no cometes ninguna injusticia con tu madre. ¿Acaso fue injusticia la del Niño Jesús a los doce años al dejar a su Madre Santísima? Y Él, el único consuelo y regocijo de su madrecita, le respondió: ¿Acaso no debo ocuparme de las cosas de mi Padre? Humanamente no eres injusto, pues los padres educan a sus hijos no para ellos mismos, sino para que cada hijo siga el camino que Dios le ha marcado.

¿Que la vida del claustro te parece tranquila y sosegada y tú amas el peligro y te enardece lo difícil? Está tranquilo en este respecto. Pasados los primeros días de vida religiosa, yo te aseguro que la dificultad aguijoneará tu espíritu valiente. Te hablo por experiencia. ¡Dios sea bendito mil veces! Pero sábete que a medida que se avanza en la vida religiosa la cruz es más dura, la dificultad es mayor, los sacrificios más constantes; pero también que es más grande el amor, el amor fundado en el dolor, único que puede sobrellevar esa hermosa cruz que llevó en sus brazos mi Señor Jesucristo.

Tú te entregaste a Dios, rompiste los ensueños más acariciados de tu corazón; nada tiene de extraño que, aunque en la parte más espiritual de tu alma estés contento, la parte sensible de tu corazón sienta los estragos que hizo tu generosidad y llore al ver hechos pedazos tus más caros ídolos».

Vida espiritual

«Persuádete que en la vida espiritual Dios tiene más cuenta de la grandeza de tus deseos que de la perfección de tus obras. Esfuérzate por poner por obra tus buenos deseos”.

«Creo que usted se mostraba pesimista y temeroso, desconfiado y acongojado, porque vio que al primer encuentro que tuvo con el enemigo que creía usted bastante debilitado, lo halló entero y amenazador. Inútil –pensó- ustedes tratar de desarraigar lo que por años enteros vivió como dueño absoluto en el corazón… Nunca o muy raras veces se logra derrocar de tal manera al enemigo, que al primer encuentro lo deje fuera de combate… Caer y levantarse, esa es nuestra vida. Caer levantarse, ese es el ejemplo de Cristo al subir al Gólgota, llevando la pesada cruz de nuestros pecados. Y el caer no quiere decir que todo está perdido, si conservamos aún un débil, muy débil, rayo de esperanza, que nos haga ver la paz, la tranquilidad, la calma, el reposo por que anhelamos. Por tanto termino aquí repitiendo lo de siempre… ¡ánimo y brío!, luche Ud. sin desaliento. Las caídas solo prueban dos cosas: la debilidad nuestra y la absoluta necesidad que tenemos de acercarnos a la fuente de toda fortaleza, Cristo-Jesús».

“A Ud. Lo que le pasa es que tiene una cruz muy pesada: yo le ofrezco que seré su Cireneo y le ayudaré a llevarla».

«¿Cómo resistí? ¿Cómo resisto? ¿Yo, el débil, yo, el delicado? Todo lo cual prueba que si no entrara el elemento divino que sólo usa de mí como instrumento, yo ya hubiera dado al traste con todo. Y ni siquiera puede mi vanidad halagarse en algo aunque sea en lo más mínimo. Pues toco, palpo lo bueno para nada de mi persona y el fruto que hago».

Apostolado con las almas

«Para hacerles el bien [a las almas] es necesario amarlas apasionadamente. En cuanto a mí, estoy dispuesto a dar mi vida para ganarlas a Dios».

«Contemplativo en la acción»

«Estoy pronto a dar mi vida por las almas -decía-, pero no quiero nada por mí. Lo que únicamente ansío es llevarlas a Dios. ¡Si tuviera alguna cosa para mi, sería un vil ladrón, un infame, no sería un sacerdote!»

Ser mártir de Cristo

«¡Qué gloria sería para nuestro Padre Dios derramar nuestra sangre, y qué dicha para nosotros!»

«¡Ojalá fuera digno de padecer persecución por el nombre de Jesús, mucho más que yo soy de aquellos que merecieron el glorioso dictado de caballería ligera! Pero, como en el Padrenuestro, ¡que no se haga mi voluntad!»

«La revolución de los católicos es un hecho. Las represalias sobre todo en México [quiere decir en la capital] serán terribles. Los primeros serán los que han metido las manos en la cuestión religiosa…Y yo… he metido hasta el codo. ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros o… de los últimos, pero ser del número! Pero no se hizo la miel para la boca de Miguel».

«¡A ver si por fin alguna vez me es concedida la gracia del martirio!».

«¿Será la última comunión que les dé? ¡Quién sabe! Es demasiada gracia para un tipo como yo, el merecer honra tan grande como el ser asesinado por Cristo. Aunque fuera de los del montón y de chiripazo… ya me contentaría. Pero no se hizo la miel para la boca de Miguel»

«¡Tan palpable veo la ayuda de Dios, que casi casi, temo que no me maten en estas andanzas, lo cual sería un fracaso para mí que tanto suspiro por ir al cielo a echar unos arpegios con guitarra con mi ángel de mi guarda!»

«¡Ya me había hecho un dilema en bárbaro [por juego dice «bárbaro» en vez de «bárbara», que es una forma de silogismo] para evitar las dudas de mi escrupulosa conciencia: o me llevan a presidio durante el triduo o no me llevan; si no me llevan doy el triduo y honro a Cristo Rey, si me llevan seguiré dando el triduo con oraciones y penitencias en «la chinche» y honro de igual modo a Cristo Rey. Luego el triduo se dio y para mucha rabia del señor diablo, que tuvo que doblar la rodilla ante el único Rey de cielos y tierra».

Deseo de salvar almas

«¿Por qué no se puede hacer lo que ardientemente se desea? ¡Un cuarto reducido, en que contra toda la voluntad se han sepultado las energías, fue testigo de las eternas horas de espera!…Yo, con los brazos cruzados, con la mirada perdida en la vaguedad del espacio, inerte, inmóvil, como peñón incrustado en la montaña… ¡Ah!, yo comprendo por qué el jaguar se tira furioso contra las rejas de su jaula…, yo sé por qué la hiena muerde los hierros de su prisión…, yo me explico la desesperación de la boa que ha caído en el lazo y que prefiere la muerte a la impotencia!… Y es preciso esperar…Es necesario depender de otros, que no conciben el fuego que encierra nuestro pecho».

«Verdaderamente me ahogaba en aquel encierro. El horizonte único era el corral de una casa antigua donde pacíficamente pastaba un burro viejo…Momento por momento llegaban a mis oídos las quejas de los que me rodeaban, lamentando la prisión de fulano, el destierro de zultano y el asesinato de mengano… Y yo, enjaulado, sin poder ni siquiera estudiar porque no tenía libros y ardiendo en ansias de lanzarme a la palestra y animar a tantos campeones de nuestra fe, a ver si de casualidad me tocaba la suerte de ellos… Pero no se hizo la miel para la boca del que escribe y tuve que resignarme, ofreciendo a Dios los deseos en aras de la obediencia».

Confianza en la Voluntad del Señor

«¡Estudios tan serios en el vaivén de esta Babilonia! ¡Me valga mi abuela! ¡Pero ni modo! Así lo quiere Quien es el único y verdadero Jefe, y yo no me rajo. ¡Que viva Él por los siglos de los siglos! ¡Así sea!».

Confianza en Nuestra Madre la Virgen

“¿A quién acudiremos en busca de consuelo, Sin patria, sin familia, sin techo y sin hogar, Sino a Ti, que dejaste tu trono allá en el cielo Por conquistar la patria que quisiste habitar?

Errantes y proscriptos, nos vedan, Madre mía, Volver a nuestra patria, que es patria de tu amor; Nos vedan que a tu lado pasemos este día; Nos vedan que a tus plantas pongamos una flor.

¿Qué importa que la muerte nos quite la existencia Sufriendo del destierro la amarga soledad, Si en medio de las penas sentimos tu presencia, Sentimos que tu manto nos cubre con piedad?”

Acompañar a Nuestra Madre en el sufrimiento

“¡Déjame pasar la vida a tu lado, Madre mía, acompañando tu soledad y tu pesar profundo!… ¡Déjame sentir en mi alma el triste llanto de tus ojos y el desamparo de tu corazón!

No quiero en el camino de mi vida saborear las alegrías de Belén, adorando en tus brazos virginales al mismo Dios; no quiero gozar en la casita humilde de Nazaret de la amable presencia de Jesucristo; no quiero acompañarte en tu Asunción gloriosa entre los coros de los ángeles…

Quiero en mi vida la burla y las mofas del CaIvario, quiero la agonía lenta de tu Hijo, el desprecio, la ignominia, la infamia de la Cruz; quiero estar a tu lado, Virgen dolorosísima, de pie, fortaleciendo mi espíritu en tus lágrimas, consumando mi sacrificio con tu martirio, sosteniendo mi corazón con tu soledad, amando a mi Dios y tu Dios con la inmolación de mi ser.”

Sobre la Eucaristía

«Hablo por experiencia y ya Ud. me conoce. Yo no he hallado en toda mi vida religiosa un medio más rápido y eficaz para vivir muy estrechamente unido a Jesús, que la santa misa. Todo cambia de aspecto, todo se mira desde otro punto de vista, todo se amolda a horizontes más amplios, más generosos, más espirituales”.

“¿Qué es lo que al subir al altar esta mañana llevaría hoy, sino mi pobre corazón sacerdotal que te ama como a un hermano (a un dirigido suyo)? ¿Qué bendiciones y gracias pediría al Dios de la bondad que hice bajar a mis manos pecadoras, para tenerle en ellas como en un trono?».

“La Eucaristía es el foco divinizador del sacerdote para que luego pueda divinizar a los que a él se le acercan”.

“¡Fue un rato de gloria para mí!»

«Que me desprecien, que digan de mí lo que quieran como Miguel Pro, ¡nunca será lo suficiente! Pero mi honor sacerdotal no deben tocarlo, no debo permitirlo»

Oración a los Sagrarios vacíos

“¡Señor, vuelve al Sagrario! Ya no esté el Tabernáculo vacío… Mira que en su calvario lo piden tantas almas, ¡Jesús mío!

Almas tuyas, Señor, crucificadas en la cruz del dolor despedazadas por el duelo más hondo en la existencia ¡el dolor de tu ausencia!

Tú te fuiste, Señor de los Sagrarios. Tú te fuiste, Señor, y desde entonces mudos están los bronces, los templos solitarios, sin sacrificio el ara, mudo el coro, los altares sin rosas, tristes los cirios de la llama de oro, tristes las amplias naves solitarias, sin que agite sus alas misteriosas un vuelo de plegarias; todo en silencio y en sopor sumido, todo callado y triste, todo tribulación, muerte y olvido…

Señor, ¿por qué te fuiste? Allí junto al Sagrario en la cita de amor y de misterio, a la trémula luz del lampadario, que dejaba en penumbra el presbiterio, iban los peregrinos de la vida, la inmensa caravana de los que llevan en el alma herida el sobresalto eterno del mañana; los que arrastran la cruz de su presente y cargan el cadáver del pasado como muerto que pesa enormemente dentro del corazón despedazado; el triste, el viejo, el huérfano, el cansado, el enfermo y el débil y el hambriento, y todos los cautivos del pecado, y toda la legión del sufrimiento…

Iban a Ti, Señor, estrella y faro; y encontraban en Ti dicha y consuelo, en su abandono amparo; resignación y bálsamo en su duelo. ¡Qué pena no se olvida con el amor de un Dios que dio su vida corporal en la cruz! ¿Por la ventura de todos los ingratos pecadores?

¿Qué tristeza perdura, qué duelo no mitiga sus rigores, qué indecible dolor no se consuela cuando hay un Dios que con nosotros llora, que sufre por nosotros y que implora y noche y día en el Sagrario vela…? Pero no estás allí, no te encontramos en el dulce lugar de nuestra cita; en la desolación de nuestra cuita inquirimos: Señor, ¿a dónde vamos?

Soplo de infierno en el ambiente vaga; la inquietud en su cenit culmina, y ante la cerrazón de la neblina, toda esperanza del fulgor se apaga. Las almas están solas, parece que naufraga la barquilla de Pedro, y la figura divina del Jesús del Tiberíades, no rasga de la noche la negrura, ni serena la furia de las olas ni calma las deshechas tempestades.

¿Por qué nos abandonas? Señor, si Tú perdonas a todo el que su culpa reconoce y de ella se arrepiente. Ten piedad de tu México… Conoce toda la enormidad de sus delitos y como a Rey te aclama reverente. Los que ayer te ofendieron, ya contritos a ti vuelven los ojos…

Mira que van de hinojos implorando el perdón… Mira que alegan venir de Tepeyac… Mira que llegan por camino cubierto de abrojos, a la cumbre del Calvario y escarnio y mofa sin piedad reciben.

¡Por el llanto de todos los que viven, por la sangre de todos los que han muerto…! ¡Señor, vuelve al Sagrario!”

La alegría cristiana

«Es propia de toda alma de artista, y a mi juicio no cabe duda que era tal la del P. Pro, la intuición de los contrastes y graciosas disonancias que abundan en la vida humana. El músico percibe la armonía y descubre la menor disonancia; también el artista de la vida humana, con la facilidad con la que siente todo lo que hay de noble, de elevado y de hermoso en esa vida, sorprende esas finas disonancias de la misma vida, con las que se forja otro género de armonía, que arranca de los labios no la risa grosera, sino la espiritual sonrisa que, si no me engaño, es también signo de emoción estética» (Mons. Luis Martínez)

«Por aquí las cosas marchan viento en popa, pues se envía cristianos al cielo por un quítame allá esas pajas. El agraciado que cae en los sótanos ya puede estar seguro de no volver a comer pan… Y esta persuasión es en mi casa tan verdadera que toda mi tierna prole, al salir la calle en vez de despedirse reza el acto de contrición. Ya lo sabemos: fulano que no vuelve a las once de la noche, es otro blanco más de las balas traidoras de nuestros dignatarios. Hicimos ya una reunión de familia, nos despedimos hasta el Valle de Josafat; no hicimos testamento porque los dos petates y un comal que teníamos nos lo han quitado; pero en vez de lágrimas han brotado a torrentes las carcajadas, pues es una ganga ir a la corte celestial por causa tan noble…»

Sobre el miedo a la persecución

«La falta de sacerdotes es extrema; la gente muere sin los sacramentos y los pocos que quedamos no nos damos abasto. ¿Los pocos que quedamos? Ojalá todos trabajaran un poquito, que así las cosas no andarían tan mal: pero cada uno es dueño de su miedo»

«Si tuviera vida de comunidad, el peso disminuiría en un noventa por ciento, pero corriendo de ceca en meca, andando y trajinando en camiones sin muelles, espiando disimuladamente a los que nos espían, y con la espada de Damocles que nos amenaza en cada esquina con la Inspección y los sótanos… Vamos, que casi preferiría ya estar en la cárcel para descansar un poco… ¡Me rajo, me rete rajo de esa barbaridad! Pobre gente, pobrecita, ¡posponer el bien de sus almas por una comodidad del cuerpo! Al pie del cañón, hasta que el Capitán y Jefe ordene otra cosa, porque no por mis fuerzas sino gratia Dei mecum, perseveraré hasta el fin. “

“Aunque mi suegra -dice en una de sus cartas-, la señora CROM diga y afirme que me llevará a los sótanos [prisión de la policía] o a las Islas Marías; y aunque jure y perjure que castigará con mano de hierro los delitos nefastos, como los que vamos a perpetrar mañana, yo no temo sus amenazas, ni temeré sus balas. Pueden ustedes invitar a la misa a las personas que quieran. Hagan y deshagan con entera libertad.»

La misericordia con los que más lo necesitan

“Me encontraba una noche solo en mi recámara estudiando, cuando con espanto me avisan que me buscaba un hombre, vestido de revolucionario. Díganle que entre. Se presentó un gigantón prieto, armado hasta los dientes, quien me pregunta con voz áspera y ronca. -¿tiene Ud. miedo? -¿Miedo?, le respondí. ¿De qué? Sólo temo al pecado, y fuera de eso, a nadie. ¡No temo ni a Dios, mi Padre, que es tan bueno! -¿Y a mí tampoco me tiene Ud. miedo?, prosiguió. -Menos aún que a nadie, le dije, y ¿por qué habría de tenérselo? -Pues quiero hablarle a solas, siguió diciendo el bárbaro. -¡Muy bien! Siéntese Ud.!, le dije. -No, señor, yo no me siento. ¡Porque lo que tengo que decir no se puede decir sino de rodillas! Y se confesó con tanto dolor y tal contrición, que las lágrimas rodaban de sus ojos, del tamaño de un aguacate. Y yo, que no puedo ver llorar sin enternecerme, ¡dejaba caer unas lágrimas como tejocotes que caían en el suelo y volvían a retachar en el techo!”

La hora final del martirio

Tiene las manos juntas y mira tranquilamente a los espectadores. Luego se supo que uno de los verdugos que lo acompañaban en aquel trágico momento le pidió que lo perdonara. «No solamente lo perdono -le respondió-, sino que le doy las gracias».

El mayor Torres le preguntó si deseaba alguna cosa. «Que me permitan rezar», respondió. Se puso de rodillas, se santiguó lentamente, cruzó los brazos sobre el pecho, ofreció a Dios el sacrificio de su vida, besó devotamente el pequeño crucifijo que tenía en la mano, y se levantó.

Otra de las fotos lo muestra de pie, tranquilo, mirando a los soldados y como si quisiera hablar. Con una mano aprieta el crucifijo, en la otra tiene el rosario. Luego extiende los brazos en forma de cruz y levanta sus ojos al cielo. Sus labios murmuran algunas palabras que los presentes no escuchan, «como cuando el sacerdote consagra», dice el padre Méndez Molina, las mismas, sin duda, que él ardientemente deseaba decir en la hora de la muerte: «¡Viva Cristo Rey!». Hace la señal a los soldados de que está dispuesto. Resuena una descarga cerrada y cae con los brazos extendidos. Un soldado se le acerca y le da el tiro de gracia en la sien. Tenía el padre Pro 36 años.

«¡Hijito, fíjate en estos mártires! Por eso te he traído, para que se te grabe bien en la mente lo que estás viendo, para que cuando seas grande sepas dar tu vida por defender la fe de Cristo, y morir como ellos, inocentes y con gran valor».

Entonces don Miguel tomó una pala y arrojó la primera tierra que había de cubrirlo. Acababa de sepultar a sus dos queridos hijos. Con la sobriedad que lo caracterizaba exclamó: «¡Hemos terminado! ¡Te Deum laudamus!

«Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros mártires o de los últimos, pero ser del número. Pero si es así, preparen sus peticiones para el cielo».

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