Cisma declarado… ¿y ahora?

Ayer se ha realizado la ordenación episcopal de cuatro miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X (lefebvristas), en contra de la súplica del Papa León XIV y sabiendo que esto comporta un acto cismático.

Lo decía su mismo Superior General, P. Davide Pagliarani, en la homilía de aquel día: «Estas consagraciones son un acontecimiento que divide, ante el cual es imposible permanecer indiferente.»

El día de hoy, 2 de julio de 2026, fue declarado el cisma y la excomunión por medio de un Decreto y de una Nota Explicativa de tal decreto.

¿Qué sentimiento puede generar esto en las almas? ¿En la iglesia? ¿Qué debemos hacer?

San Juan Pablo II probablemente sentía estas mismas preguntas en su alma de pastor, cuando escribía en 1988 la Carta Apostólica Ecclesia Dei, luego de que Mons. Lefebvre hubiera ralizado las primeras ordenaciones episcopales en contra de la voluntad expresa del Santo Padre.

Citaré algunos párrafos de ese motu proprio que me parece pueden dar luz para entender la situación, ya que en la Nota Explicativa del día de hoy dice que está «ancora vigente, che questo Dicastero fa propria.» (aún vigente, que este Dicasterio hace propia).

La primera luz que nos da San Juan Pablo II en Ecclesia Dei es cómo podemos «aprovechar» (cfr. rom 8,28) esta circunstancia (n.2):

«Las particulares circunstancias, objetivas y subjetivas, en las que se ha realizado el acto del arzobispo Lefebvre, ofrecen a todos la ocasión para reflexionar profundamente y para renovar el deber de fidelidad a Cristo y a su Iglesia

Explicaba además por qué este acto es cismático (n.3):

«Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia —que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano— constituye un acto cismático[3]

Y, lo más importante, cuáles son las dos causas de la actitud que portan finalmente a ese acto (n.4):

«La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición:

imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstoles, «va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo; es decir, crece con la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad»[5].

Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia[6]

En 1996, se publicó una Nota Explicativa sobre el documento anterior en donde se refutaba el supuesto «estado de necesidad» que también se ha usado como argumento para ir adelante en las ordenaciones actuales:

«En cuanto al estado de necesidad en que Mons. Lefebvre creyera encontrarse, debe tenerse presente que tal estado debe verificarse objetivamente, y que nunca se da una necesidad de ordenar obispos contra la voluntad del Romano Pontífice, Cabeza del Colegio de los Obispos. En efecto, esto significaría admitir la posibilidad de «servir» a la Iglesia mediante un atentado contra su unidad, en una materia vinculada con los fundamentos mismos de dicha unidad.«

Finalmente, el día de hoy se declaró lo siguiente, según la Nota Explicativa del Decreto del 2 de julio de 2026:

  1. Los ministros sagrados pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X están en cisma y, por tanto, deben ser considerados cismáticos (cf. Ecclesia Dei, 5 c; Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Nota explicativa sobre la excomunión por cisma en la que incurren los adherentes al movimiento del obispo Marcel Lefebvre, 24.08.1996, 5-6), quedando sujetos a la excomunión prevista por el derecho (can. 1364 § 1 CIC).
  2. Por lo que respecta a los fieles laicos, deben considerarse cismáticos y excomulgados aquellos que se adhieren formalmente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X según las condiciones establecidas en la Nota explicativa del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos de 1996 (cf. ibidem, 7), todavía vigente, que este Dicasterio hace suya.
  3. Finalmente, se advierte al santo Pueblo de Dios que los ministros sagrados de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X administran ilícitamente los sacramentos, y que el sacramento de la penitencia administrado por ellos y el matrimonio asistido por ellos son inválidos.

Es necesario explicar las condiciones para considerar a los laicos cismáticos y excomulgados. Para ello debemos remitirnos a la Nota de 1996, aún vigente (n.5):

Como declara el Motu proprio n. 5 [se refiere a Ecclesia Dei] c), la excomunión latae sententiae por cisma afecta a quienes «adhieren formalmente» a dicho movimiento cismático. Aunque la cuestión sobre el alcance exacto de la noción de «adhesión formal al cisma» debería plantearse a la competente Congregación para la Doctrina de la Fe, a este Pontificio Consejo le parece que tal adhesión debe implicar dos elementos complementarios:

    a) uno de naturaleza interna, consistente en compartir libre y conscientemente la sustancia del cisma, es decir, en optar de tal modo por los seguidores de Lefebvre que se ponga dicha opción por encima de la obediencia al Papa; en la raíz de esta actitud habrá habitualmente posiciones contrarias al Magisterio de la Iglesia;

    b) otro de índole externa, consistente en la exteriorización de aquella opción, cuyo signo más manifiesto será la participación exclusiva en los actos «eclesiales» lefebvrianos, sin tomar parte en los actos de la Iglesia Católica. Se trata, con todo, de un signo no unívoco, puesto que existe la posibilidad de que algún fiel tome parte en las funciones litúrgicas de los seguidores de Lefebvre sin compartir, sin embargo, su espíritu cismático.

    La Nota explicativa del 2 de julio de 2026 hace referencia al n. 7 de la Nota de 1996, para aclarar la situación de los laicos:

    En cambio, en el caso de los demás fieles, es evidente que no basta, para que pueda hablarse de adhesión formal al movimiento, una participación ocasional en actos litúrgicos o actividades del movimiento lefebvriano, realizada sin hacer propia la actitud de desunión doctrinal y disciplinar de dicho movimiento. En la práctica pastoral puede resultar más difícil juzgar su situación. Es necesario tener en cuenta, sobre todo, la intención de la persona y la traducción en actos de dicha disposición interior. Por eso, las diversas situaciones deben juzgarse caso por caso, en las sedes competentes del fuero externo y del fuero interno.

    Dada la delicada situación de la iglesia universal y de los particulares movimientos y familias espirituales, debemos intensificar nuestra oración y penitencia pidiendo a Dios el don de discernimiento de espíritus. Ya que no basta tener buena intención, sino que esa intención se una a la de Cristo. «Y no es de extrañar, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2Cor 11,14).

    Al recitar el Padre Nuestro, todos los días recordemos la oración de Jesús que le valió nuestra salvación: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Así tal vez podamos tener la gracia de entender lo que escribía San Ignacio:

    «Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina». (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [365]; cit. en Dir. Espiritualidad, 312).

    Terminamos como lo hacía Juan Pablo II en Ecclesia Dei: «deseamos exhortar a todos para que se unan a la oración incesante que el Vicario de Cristo, por intercesión de la Madre de la Iglesia, dirige al Padre con las mismas palabras del Hijo: Ut omnes unum sint!« («¡Que todos sean uno!», cfr. Jn17,21)


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