A veces uno le pregunta al Señor: “Señor, ¿por qué sucede esto? ¿Por qué pasa tal cosa?”. Y la respuesta que siempre podemos dar con seguridad es ésta: todo sucede para el bien de los que aman a Dios (Rom 8,28).
Pero no hay mejor bien que amar más a Dios y amar más a los demás. Entonces, la respuesta de fondo siempre será la caridad: crecer en una caridad más grande, amar a los demás amando a Dios con la mayor intensidad posible.
¿Cuál es la medida del amor? San Bernardo decía: amar sin medida. Jesús nos muestra otra manera de decirlo: amar hasta el fin (Jn 13,1). Hasta el fin de la cruz.
Pero uno puede preguntarse: “Señor, ¿cómo voy a poder amar así? ¿Cómo voy a llegar a ese punto?”. Tal vez pensamos enseguida: “Tengo que hacer muchas cosas para santificarme; tengo que hacer cosas que me acerquen más a ti”.
Jesucristo asiente, pero nos dice algo más profundo: “Sí, pero la idea no es que seas tú la que hace las cosas. La idea es que sea yo quien obre en ti”.
Porque toda la historia, todo lo que sucede en nuestra vida terrena y todo lo que será en el cielo, tiene como centro a Jesucristo, no a cada uno de nosotros.
El que hace posible que lleguemos a esa caridad hasta el extremo no eres tú. Es Jesús.
Esto da mucho consuelo. Porque uno ve sus dificultades, sus faltas, sus fealdades interiores, todo aquello que no le gusta de sí mismo. Y, sin embargo, ahí puede crecer una caridad exquisita, porque quien obra es Cristo, es el Espíritu Santo, es Dios Padre.
Lo que nosotros podemos hacer, principalmente, es disponernos.
¿Disponernos para qué?
Para recibirlo. Para acogerlo.
1. No se trata de ser dignos por nuestras fuerzas
Con estas premisas podemos leer otra vez el Evangelio con más calma y con más ánimo.
Jesús dice: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí”; “el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”; “el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” (Mt 10,37-38).
Uno podría deprimirse y decir: “Señor, entonces, ¿quién es digno de ti? Yo no sé amar bien. Mi cruz es pesada. No sé si soy capaz de cargarla. Entonces no soy digno de ti”.
Pero cargar la cruz es justamente el culmen del amor. Y para poder cargar esa cruz no se trata primero de hacer muchas cosas, sino de disponerse a recibir a Jesús.
El padre Luigi Maria Epicoco, comentando esto, dice algo muy sencillo y muy profundo: nuestra santificación consiste en dejarnos hacer por Cristo.
Eso no es cruzarse de brazos. No es pasividad. No es quietismo.
Dejarse hacer por Cristo significa que, en cada acontecimiento de la vida —en lo que tienes que hacer, en lo que te cae del cielo, en lo que viene de los costados—, tú permites que Cristo te modele y puedas responder como Él.
Eso exige una actitud atenta, activa, sobrenatural. Cuando viene algo que te produce tristeza, miedo o desánimo, puedes detenerte y decir: “Señor, tú me pides caridad. Entonces, ¿qué tengo que hacer ahora para obrar con caridad?”.
Y la respuesta, muchas veces, será la del Evangelio: renunciar a ti mismo (Mt 16,24).
Tal vez renunciar a ti mismo significará quedarte callado. Tal vez acercarte a alguien. Tal vez pedir perdón. Tal vez aceptar una humillación. Tal vez hacer un servicio que no se ve.
No hay nada pasivo en eso. Tú haces lo que puedes para renunciar a ti mismo, pero permitiendo que sea Cristo quien obre en ti.
2. Dejarse encontrar por Cristo
Más que hacer cosas, hay que dejarse encontrar por Cristo.
El padre Epicoco pone dos ejemplos del Evangelio.
El primero es Zaqueo. Zaqueo era pequeño de estatura y no podía ver a Jesús; por eso subió a un sicómoro. Tal vez al inicio fue sólo por curiosidad. No necesariamente porque quería convertirse de verdad.
Pero Jesús lo miró, lo llamó por su nombre y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa” (Lc 19,5).
Zaqueo pudo haber respondido: “No, Señor, mejor vamos a un restaurante, yo te lo pago”. Pero no. Lo recibió con alegría.
Y mientras Jesús estaba en su casa, mientras los demás murmuraban porque había entrado en la casa de un pecador, Zaqueo se dejó tocar. Entonces dijo públicamente que daría la mitad de sus bienes a los pobres y que restituiría cuatro veces más si había defraudado a alguien (Lc 19,8).
Recién ahí Jesús dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9).
Zaqueo se dejó hacer.
El segundo ejemplo es la samaritana. Ella fue al pozo al mediodía, cuando hacía mucho calor. Normalmente uno iba temprano por la mañana o cuando ya caía la tarde. Si fue al mediodía, probablemente era porque no quería encontrarse con nadie.
Tal vez no quería que la vieran. Tal vez por la misma razón por la que Jesús, en medio del diálogo, le preguntó por su marido (Jn 4,16-18).
Ella no tenía planeado encontrarse con Cristo. Pero Cristo la esperó allí. Y ella, finalmente, conversó con Él. Se dejó encontrar.
También nosotros tenemos que preguntarnos: ¿en qué situación de mi vida Cristo se está haciendo el encontradizo?
Tal vez en una persona concreta. En un oficio. En una incomodidad. En una cruz. En una conversación pendiente. En un perdón que debo pedir. En una renuncia que estoy postergando.
El poeta Francis Thompson hablaba de Dios como “el lebrel del cielo”, que va siempre buscándonos. Cristo nos busca. La pregunta es si nosotros queremos dejarnos encontrar.
3. La cruz como entrega total por amor
Aquí conviene volver a la cruz.
A veces pensamos la cruz solamente como algo pesado, molesto, que no queremos tocar, pero que tenemos que cargar arrastrándolo.
Pero tal vez nos ayude definir la cruz de otro modo: la cruz es la entrega total por amor.
Entonces la pregunta cambia.
Ya no es simplemente: “¿Qué cosa pesada tengo que soportar?”. Sino: “¿En qué tengo que renunciar a mí mismo para poder entregarme totalmente por amor?”.
Ahí la cruz comienza a entenderse mejor. No como una carga absurda, sino como una entrega positiva, hecha por amor a Dios y al otro.
Todo esto pide una actitud de mucha confianza en Dios y de fortaleza sobrenatural: disponerse, renunciar, cargar, entregarse. Pero todo parte de dejar entrar a Cristo.
No pensar tanto desde uno mismo, sino desde Dios.
El padre Amedeo Cencini propone una pregunta muy iluminadora: no tanto “¿qué experiencia tengo yo de Dios?”, sino “¿qué experiencia tiene Dios de mí?”.
Y la respuesta siempre es hermosa, porque la experiencia que Dios tiene de mí es una experiencia de amor. Dios me ama incluso cuando yo no puedo responder como quisiera.
4. Perdernos un poco
El Papa León decía en el Ángelus que el amor cuesta comprenderlo, sobre todo en un mundo en el que perder parece una debilidad y todo está obsesionado por tener y poseer.
Pero el amor sólo da fruto en la entrega.
Da fruto cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro yo para hacer espacio al otro. A perder un poco de tiempo para escuchar a un amigo. A perder un poco de comodidad para compartir una situación difícil.
Quien retiene la vida sólo para sí, en realidad la pierde. Porque no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril.
Por eso Jesús nos invita a abrazar la cruz. Él se ofreció. Se perdió a sí mismo. Y precisamente así nosotros hemos recibido su vida en abundancia.
Si queremos ser fecundos y dar vida nueva a los demás, tenemos que perdernos un poco.
Pidámosle a la Virgen esta gracia: aprender a perdernos hoy. No mañana, no en un futuro ideal, sino hoy, en el horario que tenemos, en las cosas concretas que nos toca hacer, en la persona que tenemos al lado, en la cruz que se nos presenta.
Que María nos enseñe a decir: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
Que nos ayude a dejarnos encontrar por Cristo, a recibirlo, a renunciar a nosotros mismos y a entregarnos totalmente por amor a Dios y a los demás.
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