Que Él crezca y yo disminuya

Juan Bautista y la luz que comienza a menguar

En el hemisferio norte, donde se estableció esta fiesta, la solemnidad de san Juan Bautista se celebra muy cerca del solsticio de verano. A partir de esos días, las horas de luz comienzan poco a poco a disminuir.

Seis meses después, cerca de la Navidad, llega el solsticio de invierno y la luz comienza nuevamente a crecer.

Es una coincidencia hermosa. La misión de san Juan Bautista fue precisamente ésta: disminuir para que Cristo creciera.

Él mismo lo dijo: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

Juan prepara el camino para Cristo, el “sol que nace de lo alto” (Lc 1,78). Su misión no era atraer la luz hacia sí mismo, sino señalar al que venía detrás de él.

Ésa es también nuestra misión.

1. No robarle la luz a Cristo

Nuestra tarea no es robarle la gloria a Cristo, sino hacer que Él crezca en las personas que se encuentran con nosotros.

Cuando alguien viene a conversar, a pedir un consejo, a compartir una amistad, a vivir en nuestra casa o a trabajar a nuestro lado, deberíamos preguntarnos:

¿Esta persona está más cerca de Cristo después de haberse encontrado conmigo?

No se trata de pensar: “Yo no valgo nada”, “tengo que desaparecer” o “debo permitir que me menosprecien”. Eso no es humildad.

Se trata de buscar sinceramente el bien de la otra persona. Y el bien más grande que podemos darle es Cristo.

Eso hizo san Juan Bautista. Él sabía cuál era su lugar:

“Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias” (Jn 1,27).

Y también decía:

“El que viene detrás de mí es más fuerte que yo” (Mt 3,11).

Su grandeza consistió en no apropiarse de la gloria que pertenecía a Cristo. Por eso el mismo Señor dijo de él:

“Entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,11).

Mientras más se disminuía delante de Cristo, más grande se hacía delante de Dios.

2. La tentación de querer estar siempre al centro

En la vida cotidiana sucede muchas veces lo contrario.

Cuando a otra persona le va bien, nos entristecemos. Cuando hablan bien de alguien, sentimos envidia. Cuando otra persona recibe reconocimiento, queremos volver a ocupar el centro.

La vanagloria no consiste solamente en mirarse al espejo y pensar: “Qué bien me veo”. También aparece cuando necesitamos constantemente que los demás nos reconozcan, nos aplaudan o piensen bien de nosotros.

El vanidoso quiere estar siempre al centro: en una boda, quiere ser la novia; en un funeral, casi quiere ser el muerto. Todo tiene que girar alrededor suyo.

La vanagloria aparece también cuando:

  • no aceptamos equivocarnos por miedo al qué dirán;
  • nos cuesta reconocer que otro hizo algo mejor;
  • buscamos que se note todo lo bueno que hacemos;
  • nos molesta que otra persona reciba un elogio;
  • queremos controlar la opinión que los demás tienen de nosotros.

El corazón empieza entonces a buscar una gloria pequeña, superficial y pasajera.

San Juan Bautista buscó otra gloria: la de cumplir su misión y conducir a los demás hacia Cristo.

3. De la vanagloria a la magnanimidad

La virtud contraria a la vanagloria es la magnanimidad: tener un alma grande y buscar cosas verdaderamente grandes.

La magnanimidad no consiste en querer sobresalir por encima de los demás. Consiste en aspirar a aquello que vale realmente la pena.

Y una de las obras más grandes que podemos realizar es llevar a Cristo a otra persona.

No siempre será necesario hablar expresamente de Él. No podemos pasar todos los recreos o todas las conversaciones hablando directamente de religión.

Pero llevamos a Cristo cuando:

  • tratamos bien a los demás;
  • nos negamos a participar en una conversación que hace daño;
  • defendemos a quien está ausente;
  • devolvemos bien por mal;
  • aceptamos que otro reciba el reconocimiento;
  • damos un consejo buscando el bien del otro y no nuestro lucimiento;
  • renunciamos a tener siempre la última palabra.

Eso también es evangelizar.

Cristo crece cuando disminuye nuestro amor propio. Cristo aparece cuando dejamos de colocarnos siempre al centro.

4. Ser precursores de Cristo

Pidamos la gracia de cumplir la misma misión de san Juan Bautista: ser precursores de Jesús.

Cada encuentro con otra persona puede preparar un camino para Cristo. Una amistad, una conversación, una corrección, un gesto de paciencia o una obra de servicio pueden ayudar a que Él crezca en el corazón de alguien.

Nuestra relación con los demás debe tener siempre una dimensión sobrenatural.

No estamos llamados simplemente a caer bien, a ser reconocidos o a dejar una buena impresión. Estamos llamados a conducir hacia Cristo.

Que san Juan Bautista nos enseñe a no buscar una gloria pequeña, sino la verdadera grandeza: disminuir nosotros para que Cristo crezca en los demás.


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