Cuando la vocación pesa

En toda vocación llegan dificultades. En la vocación matrimonial, en la vida consagrada, en el sacerdocio, en cualquier camino serio de entrega. Siempre hay momentos de crisis. A veces tan fuertes que uno quisiera terminar con todo, dejarlo todo, largarse, desaparecer un poco.

La primera lectura hacía una exaltación impresionante del profeta Elías: el hombre de fuego, el profeta que cerró el cielo, que hizo bajar fuego sobre la tierra, que venció a los falsos profetas en el Carmelo, que dividió las aguas del Jordán con su manto (cf. 1 Re 17–18; 2 Re 2,8).

Pero el P. Jesús Urteaga, en Los defectos de los santos, recuerda también otro momento de Elías. Lo llama: la depresión de un hombre santo.

Elías, ese mismo profeta poderoso, aparece caminando por el desierto, dando traspiés, sin fuerzas para mantenerse erguido, cansado, mirando hacia atrás, con miedo de que lo alcancen. La reina Jezabel quiere matarlo, y él huye.

Y entonces ese hombre que había sido protagonista de escenas inmensas termina debajo de una retama, deseando la muerte, y dice: “¡Basta, Señor! Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres” (1 Re 19,4).

Ese es Elías. Y en algún momento, también podemos ser nosotros.

1. Nadie está libre de cansarse

Nadie está libre de esas tentaciones. La senda de esta vida suele ser larga, áspera, dura y escabrosa. Sea cual sea la vocación, puede llegar un momento en que uno se canse.

A veces son tantos los sinsabores, las contradicciones, las incomprensiones, los fracasos, que uno termina diciendo algo parecido a Elías: “Basta, Señor”.

Si la fatiga fuera solamente física, el remedio sería más sencillo. Uno va al médico, descansa, se cuida, sigue un tratamiento. Pero muchas veces el hastío no está en el cuerpo, sino en el alma.

Y ahí el problema es más delicado. Porque a veces sufrimos un cansancio culpable: no porque nos cansemos —eso es humano—, sino porque hemos abandonado los medios que alimentan la vida interior.

Sin oración y sin Eucaristía, no hay santo que aguante.

Se puede tener buena intención, se puede tener vocación, se puede haber empezado con fuego. Pero si uno deja de rezar, si abandona el trato con Dios, si vive lejos de la Eucaristía, tarde o temprano el alma se seca.

Y cuando el alma se seca, la vocación pesa más de la cuenta.

2. El Reino no deja de venir

San Cipriano, comentando el Padrenuestro, se detiene en esa petición: “Venga a nosotros tu Reino” (Mt 6,10; Lc 11,2).

Y dice algo muy importante: no lo pedimos como si Dios hubiera dejado de reinar. No hay un solo momento en que Dios deje de reinar. No hay un instante en que la historia se le escape de las manos.

Dios sigue gobernando, incluso cuando uno está debajo de la retama. Incluso cuando uno está cansado. Incluso cuando uno está tentado de dejarlo todo. Incluso cuando uno no ve salida.

Por eso no rezamos “venga tu Reino” porque Dios haya perdido el control, sino porque necesitamos que ese Reino llegue a nosotros, a nuestra vida concreta, a nuestra voluntad cansada, a nuestra memoria herida, a nuestros afectos desordenados.

Necesitamos volver a dejarnos gobernar por Dios.

3. Hacer la voluntad de Dios cuando cuesta

Luego pedimos: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).

San Cipriano explica que no lo decimos como si Dios necesitara permiso para hacer lo que quiere. ¿Quién puede impedir que Dios haga su voluntad?

El problema no está en Dios. El problema está en nosotros.

Pedimos que se haga su voluntad porque nosotros necesitamos ser capaces de hacer lo que Dios quiere. Necesitamos gracia para obedecer, para perseverar, para no rendirnos, para no dejarnos vencer por el cansancio, por el demonio, por nuestras propias trampas interiores.

Porque el diablo puede intentar impedir nuestra sumisión total a Dios en sentimientos y acciones. Pero también nosotros mismos nos ponemos tropiezos.

Por eso hay que rezar. Y rezar bien. No como repitiendo palabras de memoria, sino como quien necesita realmente lo que está pidiendo.

El Padrenuestro es una oración breve, pero en ella pedimos muchísimo. Santo Tomás dice que es la más perfecta de las oraciones, porque contiene todo lo que debemos desear rectamente. Y una de sus peticiones centrales es ésta: Señor, hazme capaz de querer lo que Tú quieres.

4. En la oración recibimos nuestra identidad

Hay otro punto muy importante. En la oración no solamente pedimos fuerzas. En la oración descubrimos quiénes somos.

Cuando uno se aleja de Dios, empieza a definirse por el cansancio, por el fracaso, por lo que no salió, por lo que otros dicen, por la herida, por la tentación. Pero cuando vuelve a Dios, recupera su nombre más profundo.

En la oración uno vuelve a entender: yo soy de Dios.

No soy simplemente mi cansancio. No soy mis crisis. No soy mis fracasos. No soy mis ganas de dejarlo todo. Soy de Dios. Le pertenezco a Él. Mi identidad no nace de mi estado de ánimo, sino de su amor y de su llamada.

Por eso, justamente cuando estamos más desanimados o más tentados, no hay que dejar la oración. Mucho menos la Eucaristía.

Ahí es cuando más hay que volver. Aunque sea pobremente. Aunque sea sin ganas. Aunque sea diciendo como Elías: “Basta, Señor”. Pero diciéndolo delante de Dios, no lejos de Él.

Pidámosle a la Virgen que nos ayude a no abandonar nunca la oración, especialmente cuando estamos más cansados. Que nos enseñe a rezar el Padrenuestro con pocas palabras, pero con verdad.

Y sobre todo, que nos alcance esta gracia: ser capaces de hacer lo que Dios quiere que hagamos, incluso cuando cuesta, incluso cuando pesa, incluso cuando el alma está cansada.

Porque Dios no deja de reinar.
Y el que vuelve a Él, aunque esté debajo de la retama, puede volver a levantarse.


Descubre más desde Morder la realidad

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Morder la realidad

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo