La Transfiguración: cruz y resurrección en una sola vida

(Evangelio: Mt 17,1-9)

En esta vida hay momentos en que parece que estamos muriendo: momentos de cruz. Y hay momentos de luz, de resurrección, de vida. Hay tristeza y alegría, y misteriosamente suelen estar mezcladas.

A veces, cuando estás en el punto más alegre, se te cruza un dolor: una enfermedad en la familia, una herida, una reconciliación que no sale. Y cuando estás triste, también puede aparecer una luz que te sostiene en la oscuridad.

En este segundo domingo de Cuaresma contemplamos la Transfiguración del Señor (Mt 17,1-9). Y es como la continuación del primer domingo: el domingo pasado vimos las tentaciones de Jesús, una antesala de la gran lucha de la Cruz (cf. Mt 4,1-11).

Benedicto XVI decía que la Transfiguración y la Cruz son como dos columnas del camino cristiano: cruz y resurrección, humanidad y divinidad, siempre unidas.

En el desierto Jesús aparece en su humanidad: con hambre, soledad, fragilidad, dejándose tentar; y el Padre lo sostiene (cf. Mt 4,1-11). En cambio hoy, en el Tabor, Jesús aparece con un resplandor que anticipa la resurrección: su rostro brilla, sus vestidos se vuelven blancos, y el Padre lo confirma: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo” (Mt 17,5). Y cuando los discípulos caen por el espanto, Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levántense, no tengan miedo” (Mt 17,7).

Eso deja una lección grande y muy concreta:

1. Cuando te toque la cruz, mírala con ojos divinos.

No para negar el dolor, sino para no quedarte atrapado en lo inmediato. Tú no vas a vivir aquí para siempre. Estás hecho para el cielo.

Santo Tomás dice que el Señor se transfiguró para que los discípulos, viendo de antemano algo de la gloria, pudieran llevar mejor el escándalo de la cruz (Santo Tomás de Aquino, ST III, q. 45, a. 1).

Y por eso también nos sirve esa frase tan fácil de recordar: “sabemos que a los que aman a Dios, todo les sirve para bien” (Rom 8,28). No porque todo sea agradable, sino porque Dios puede conducirlo todo hacia un bien mayor.

2. En el sufrimiento, no aflojes la oración: ahí es cuando más la necesitas.

Pidámosle a la Virgen María esa gracia: ella tuvo grandes sufrimientos, y nunca olvidó quién era su Hijo. Y esa verdad le daba, en medio del dolor, una alegría más profunda.

Que nosotros, en medio de las cruces, no nos olvidemos de lo esencial: ahí es cuando más necesitamos unión con Dios, ahí es cuando más necesitamos rezar.

Ave María Purísima.


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