Hay algo que puede volver nuestra vida espiritual muy pesada, casi como avanzar en medio de barro: el temor a no ser perfecto.
Ese miedo a no ser perfecto es el miedo a que, de pronto, te des cuenta de que tienes un pecado o un defecto que no habías visto, o que no sale tan rápido de tu alma y de tu vida como quisieras. Veamos causas, efectos y remedio de este mal: el miedo a no ser perfecto.
1. Tres causas: de menos a más
Podemos ver tres causas, entre tantas, de menos a más.
La primera: mendigar afecto. O sea, pensar que no te van a amar cuando se den cuenta de tus defectos; pensar que no te van a querer los demás, o Dios, cuando vean tus defectos, tus pecados. Te va a dejar de querer: eso es lo que te dice el demonio. “Que no se sepa, no puedes caer”. Ese miedo a que te dejen de amar, ese mendigar afecto, es una causa.
La segunda, un poco más profunda: el exceso de confianza en ti. Entonces, para ti, no ser perfecto es igual a fracaso. “Si no… amén, caigo en este pecado con el que lucho… pues soy un fracasado”, y te sientes así porque pones muchas fichas en ti mismo. Nadie quiere ser un fracasado, pero si tenemos mucha confianza en nosotros, sale este pensamiento: “No me voy a amar si es que me veo así. No puedo fracasar”.
Y la tercera causa, más profunda y más general, es el orgullo. No reconocer, no aceptar tus carencias. No aceptar que no eres perfecto. No aceptar ese mal humor que tienes. No aceptar la dureza en el trato. No aceptar que te desconcentras a cada rato, que no puedes mantener un horario. “No merezco amarme”, podría salir. Bueno: orgullo. Eso es lo general.
Y estas tres cosas -mendigar afecto, tener mucha confianza en ti mismo y el orgullo- es lo que Jesús podría llamar tener la mente embotada (Mc 8,17). Es como estar en terreno pantanoso: tienes miedo a no ser perfecto.
2. Dos efectos: cansancio y más miedo
¿Y qué efectos tiene? Dos.
Primero: te cansas. Porque estás remando en contra, con el viento en contra, como en el Evangelio. Entonces te cansas porque estás remando por miedo, no por amor. Al toque dejas tu propósito, al toque te desanimas, y te vas a “complacer” con consuelos, compensaciones. Te cansas porque remas por temor, no por amor.
El segundo efecto es que tienes más miedo. Ya tienes miedo de no ser perfecto, y ¿qué efecto causa eso? Tienes más miedo porque no reconoces la acción de Dios, o sea, la acción de la multiplicación de cosas buenas a pesar de tu tranquilidad; es decir, ver a Jesús en medio de la noche andando sobre el agua, y no reconocerlo (Mc 6,48-50). Entonces tenemos más miedo.
3. El remedio: dejarme amar en mis imperfecciones
¿Y cuál remedio nos da la Escritura? Permanecer en lo de la primera lectura, «permanecer en Dios» ¿cómo se puede decir en sencillo? El remedio contra el temor a no ser perfecto es este: dejarme amar en mis imperfecciones.
Dejarme amar en mis imperfecciones. Hay un libro, Amor y autoestima (recomiendo) de Michel Esparza, en donde dice esto:
«El orgullo dificulta entender en qué consiste la santidad: no es una perfección «a secas», sino una perfección de amor, un empeño por contentar al Señor, que lleva tanto al esfuerzo heroico por mejorar como a la humildad de dejarse querer en las propias carencias.
La santidad no se consigue: se recibe. Es una plenitud que Dios concede a quien reconoce su vacío y permite que Dios lo llene.
Ciertamente, la santidad es cuestión de confianza. Lo que el hombre está dispuesto a dejar que Dios haga en él no es tanto el “yo hago”, sino el “en mí”.»
Que María Santísima nos ayude a dejarnos amar por Dios en medio de nuestras imperfecciones, para así permanecer en Él, en su necesidad, en su presencia.
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





