Hay frases del Evangelio que alcanzan para sostener toda una vida. Y una de ellas es la que la Iglesia nos pone esta noche delante de los ojos y del corazón: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
Ésa es la clave del Jueves Santo. Si uno pierde eso, pierde todo. Porque el lavatorio de los pies, la Eucaristía, la salida de Judas, Getsemaní y la cruz que ya está cerca, todo nace de ahí: los amó hasta el extremo.
No dice el Evangelio que «los amó mucho». No dice solamente que «los amó fielmente». Dice algo más hondo, más terrible y hermoso: los amó hasta el extremo. Hasta donde el amor ya no se guarda nada. Hasta donde el amor baja. Hasta donde el amor se arrodilla. Hasta donde el amor se deja herir, se deja partir, se deja comer… se deja crucificar.
Y es aún más hermoso cuando uno piensa a quiénes está amando. Está amando a los suyos sabiendo perfectamente quiénes son. Sabiendo que uno lo va a traicionar. Sabiendo que otro lo va a negar. Sabiendo que casi todos van a huir. Y, aun así, los amó hasta el extremo.
Ahí está la primera cosa que esta noche tiene que entrar hondo en el alma: así nos ama Cristo. No superficialmente. No a ratos. No mientras respondemos bien. No mientras todo tiene fervor y brillo. Nos ama con un amor que nace de su Corazón, no de nuestros méritos. Nos ama hasta el extremo.
Por eso el Señor se pone a lavar los pies. Y Romano Guardini ve muy bien que aquí no estamos sólo ante una lección de humildad o de modestia. Estamos viendo el movimiento más profundo de la vida de Cristo. El Maestro y Señor se hace esclavo. El Hijo de Dios entra libremente en el anonadamiento. El que todo lo merece, se inclina hasta el suelo. No porque haya dejado de ser Señor, sino precisamente porque lo es. La grandeza de Cristo no se rebaja al servir. La grandeza de Cristo resplandece ahí.
Y ésa es la segunda verdad de esta noche: nosotros también, por Él, podemos amar así.
No por fuerza de carácter o por temple humano. Sino porque esta noche Cristo no sólo nos da ejemplo. Nos da su vida. En la Eucaristía no nos dice simplemente: miren cómo se ama. Nos dice: “Éste es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc 22,19). Es decir: entren en mi entrega. Reciban en ustedes mi amor. Vivan de mi oblación.
Eso es lo inmenso del Jueves Santo. El Señor no nos deja delante de un ideal hermoso pero imposible. No nos manda amar hasta el extremo y después nos abandona a nuestras fuerzas. Nos alimenta con su propio amor. Nos da aquello mismo que nos manda vivir.
Por eso el mandamiento nuevo no es una frase linda. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Ese “como” no es sólo comparación. Es fuente. Como si dijera: ámense desde mí; ámense con mi gracia; ámense con este amor que yo pongo en ustedes.
Y entonces uno entiende que amar hasta el extremo no siempre significa hacer cosas extraordinarias. A veces significa seguir sirviendo cuando nadie lo agradece… callar una dureza, perdonar una herida, cargar con paciencia …dejarse partir como el pan para que otro tenga vida.
Ahí está la pregunta de esta noche: ¿nos dejamos amar hasta el extremo por Él? Y luego: ¿dejamos que ese amor nos cambie?
Porque si esta noche comulgamos, no podemos seguir amando mezquinamente…queriendo una entrega sin desgaste, una caridad sin cruz, un amor sin anonadamiento. La Eucaristía es el sacramento del amor hasta el extremo.
Pidámosle una gracia especial. No sólo entender esta noche que Cristo nos amó hasta el extremo. También pedirle que, por Él y en Él, empiece a desarrollarse en nosotros esa misma capacidad.
Señor, yo no sé amar así. Pero tú sí. Y si vienes a mí, también yo, por ti, podré aprender a amar hasta el extremo.
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.




