1. Una escena que se repite
Se anuncian cambios de misión, gracias a Dios. En las misiones del país, en la provincia, las hermanas esperan los cambios contentas. Llegan las despedidas, y después, por fin, llegan las misioneras nuevas: fresquitas, salidas del estudiantado.
Y entonces, las misioneras más veteranas sueltan la frase típica: “¿Y estas de dónde han salido?”
Y esto pasa año tras año. “En mis tiempos no era así…”. Siempre.
Ahí aparece el tema: el buen ejemplo.
2. La Ley y su cumplimiento: Deuteronomio y Evangelio
La primera lectura es del Deuteronomio, que significa “segunda ley”: el último libro del Pentateuco, donde se recuerda y se profundiza la ley dada por Dios. Y en el Evangelio, Jesús lleva esa ley al máximo del amor:
“No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento” (Mt 5,17).
Y el Señor lo dice con una seriedad que obliga a mirarse por dentro:
“El que quebrante uno solo de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe, será el más pequeño en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos” (Mt 5,19).
Entonces, la pregunta cae con peso: ¿cómo estoy viviendo esa ley de amor a Dios? ¿Qué ejemplo estoy dando a las misioneras más jóvenes? También en una casa de formación: ¿qué ejemplo doy a las demás? ¿Estoy cumpliendo lo mejor que puedo, por amor, esos preceptos?
Cada una, de algún modo, debería tener un “deuteronomio” propio: no una “segunda ley” fría, sino un amor vivo a Jesús.
3. “Virtudes apostólicas”: el buen ejemplo como disciplina silenciosa
El P. Manna —en ese libro que el P. Ortego traduce, Virtudes apostólicas.
Primero, hablando de los que están convocados o reunidos (él lo decía de Italia, pero acá lo aplicamos al ámbito de formación y al estudiantado): tienen el deber importante de edificar al Instituto con el buen ejemplo, y también con la palabra y la obra, en la medida en que a cada uno le sea concedido.
Luego, esto es clave: nuestros jóvenes, más que a las exhortaciones, se fijan en lo que hacen los mayores. En las hermanas mayores quieren ver ejemplificadas esas virtudes que se les inculcan. Por eso:
admiran cualquier ejemplo edificante, admiran cualquier buena palabra que escuchan, pero también se deprimen ante cualquier señal de debilidad que ofusque el ideal alto —y con justicia, dice— que se han forjado de la auténtica mujer apostólica.
Y esto se nota mucho cuando llegan misioneros o misioneras a una casa de formación: debería ser motivo de alegría para los jóvenes, porque dicen: “así debería ser: qué oración, qué sacrificio, qué buen ejemplo”. Pero cuando escuchan una frase que choca con ese ideal, se les derrumba un poco el castillo interior. Puede ser verdad que a veces se forman ideales no del todo realistas; pero eso no nos da derecho a desarmarlos con mal ejemplo.
4. Una responsabilidad grande: la misión no “termina” la formación
El P. Manna también toca un punto delicado. A veces se lamentan de que los jóvenes no rindan lo que se esperaba, no progresan, no realizan esa imagen de santas y obreras ejemplares del Evangelio. Y se atribuye a falta de vocación o a una formación deficiente. Puede ser. Pero él propone otra hipótesis: que al llegar a misión, al verse libres de la disciplina del estudiantado, no encontraron en el ambiente de destino “la disciplina persuasiva y dominante” del buen ejemplo de las misioneras más antiguas con las que debían trabajar.
Y remarca: es un error pensar que la misionera, apenas termina sus estudios, ya terminó su preparación completa. Hay otra preparación que no se puede dar en el estudiantado: la preparación mediata, la que se recibe en el ambiente real donde se trabaja. Por eso, una responsabilidad enorme recae sobre las que ya salieron: lo que una misionera joven hará, en gran medida, lo hará según lo que ve.
Y acá viene la advertencia práctica, que se disfraza a veces de broma, pero no es broma: cuando un joven llega con fervor y tú lo apagas con frases tipo “ya, no es para tanto”, aunque no lo digas así, a veces lo haces con gestos, con tono, con cinismo. Y ahí vuelve el Evangelio: el que cumple y enseña, será grande; el que quebranta y enseña a quebrantar, será pequeño (Mt 5,19).
Si queremos una familia religiosa fuerte que persevere, el buen ejemplo es decisivo. El estudiantado y el seminario forman lo básico, pero no preparan del todo para la “cruda realidad” de estar afuera, el mundo de la misión. Y precisamente ahí el ejemplo vivo de las hermanas mayores tiene una fuerza decisiva para formar en virtudes y método de vida.
En el estudiantado estás dos o tres años, en el mejor de los casos. Pero después queda toda una vida de misión. Por eso es de suma importancia conservar encendido el fervor inicial, y cuánto ayuda a eso el buen ejemplo de la hermana mayor, y cuánto daño hace, en cambio, un ejemplo descuidado en cosas importantes, sobre todo en la piedad.
5. El fondo: sacrificio y Cristo crucificado
El P. Manna lo dice con una sentencia que conviene no olvidar:
“La misionera que no sabe sacrificarse, no sabe salvar.”
Y ese espíritu vale en la misión, en el estudiantado, en una cama postrada, o en la ancianidad: donde te toque, pero con el mismo fondo.
San Pablo fue destinado a llevar el nombre de Jesús a pueblos, reyes e hijos de Israel, y el Señor le dijo: “Yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir por mi Nombre” (Hch 9,16). San Pablo entendió el plan de Jesús y quiso vivir crucificado con su Maestro: conocerlo y participar de sus sufrimientos, llegando a ser semejante a Él hasta la muerte (cf. Flp 3,10). Él sabía que solo con esta disposición habría podido ganar muchas almas.
Y el P. Manna remata con una idea central: la verdadera esposa de un Dios crucificado por la salvación de los hombres no puede desviarse de caminar sobre las huellas del Maestro. Por eso esta segunda semana de Ejercicios es esencial: nos va configurando cada vez más.
Pidámosle a María esta gracia: buen ejemplo, especialmente para las misioneras y hermanas más jóvenes.
Ave María Purísima.
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