“Señor, rompe nuestro corazón para que podamos creer en ti”. Eso le pedimos hoy: que aquello que vuelve el corazón piedra, aquello que no nos deja confiar en la Providencia, se rompa… y que podamos creer.
Todos los días, en el Oficio, rezamos: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94[95],8). Y esa palabra “hoy” es para cada día. Hoy me lo dice a mí, Rodrigo. Hoy te lo dice a ti, hermana. Hoy: que tu corazón no esté duro y puedas confiar.
1. El problema: mirar la Providencia con ojos humanos
Dios quiere que confiemos en Él porque es la única manera de que nos dejemos ayudar, y lleguemos al cielo. El tema es que a veces no entendemos lo que pasa de manera sobrenatural, sino de manera humana, rápida, con prejuicios y experiencias.
Como cuando Jesús dice: “Yo tengo un alimento que ustedes no conocen” (Jn 4,32), y los discípulos piensan en comida, en lo material: “seguro alguien le trajo algo”. Y Jesús les responde: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34).
O como la samaritana: “Señor, dame de esa agua… para no tener sed y no venir más aquí a sacar agua” (Jn 4,15). Ella también entiende en clave humana, y Jesús le está hablando de algo mucho más profundo. Le toma tiempo romper ese caparazón interior.
Y lo mismo pasa con nosotros: en circunstancias íntimas del alma que nadie más conoce, el Señor te está diciendo por dentro: “por favor, escucha mi voz. Confía en mí”.
2. Masa y Meribá: la queja que endurece
La primera lectura lo describe: “el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés” (cf. Ex 17,1-7). Ahí estamos nosotros: sedientos de algo, queriendo que las cosas salgan bien en cualquier campo —familia, congregación, comunidad, salud—, sintiendo desierto… y entonces me quejo, hago mi “querella”.
Y aparece esa frase tremenda: “¿Por qué nos sacaste de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” (cf. Ex 17,3). Traducido: “Señor, ¿por qué pasa esto? ¿por qué no desbloqueas esta situación?”.
Moisés también lo sufre: “¿Qué puedo hacer con este pueblo? Un poco más y me apedrean” (cf. Ex 17,4). Y en ese instante, con esa queja tuya delante, Jesús —que está aquí— te podría decir: “por poco me apedreas”. Y más todavía: “por esa queja me vuelves a crucificar”.
Por eso el grito: no endurezcas tu corazón. No te lo pide de rodillas. Te lo pide en la cruz.
Y entonces Dios manda un gesto: “golpea la roca… y saldrá agua” (cf. Ex 17,5-6). Golpea esa roca que es tu corazón. Que se rompa esa costra. Que salga lo que Dios está esperando: confianza.
3. Dos preguntas que desarman
Esto me hace recordar algo que, en los primeros años de sacerdocio, alguna vez me aconsejaron preguntar en la confesión, cuando venía un alma cargada de pruebas. A veces funciona, a veces no, pero es interesante. Son dos preguntas que le hago al penitente:
¿Cuántas veces te ha defraudado Dios? Y el alma se queda desarmada y dice: “nunca”. ¿Y cuántas veces tú lo has defraudado? “Muchas”.
Entonces, ¿cómo es que termino confiando más en mis fuerzas, en mi modo humano de evaluar, y me siento “defraudado” por Dios, si Él no me ha defraudado nunca? Incluso los desiertos —aunque duelan— son para nuestro bien: para que se rompa ese caparazón del corazón.
4. Fe, esperanza y cruz: aprender a mirar distinto
Para eso necesitamos lo que San Pablo enseña: ver con fe lo que tenemos delante, con otros ojos.
Y aparece esa frase: “La esperanza no defrauda” (Rom 5,5). Si ponemos fe y esperanza en Dios, no salimos defraudados jamás. Si las ponemos en nosotros y en medios puramente humanos, es muy probable que sí.
La prueba de todo esto es la cruz: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5), y “siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8). Ahí está el amor, a borbotones, sin medida.
Por eso volvemos a pedirlo: “Señor, rompe mi corazón, para que pueda confiar en ti. Que tenga fe en tu amor”. Y que no mire lo que estoy viviendo solo con ojos humanos, porque así uno se muere de desesperación; sino con ojos sobrenaturales. Lo único que Dios quiere es que confiemos en Él, para dejarnos llevar hacia arriba.
Siempre nos va a pedir cosas por encima de nuestras fuerzas: “Dame de beber” (Jn 4,7), o “Denles ustedes de comer” (Mt 14,16). Y uno siente: “no puedo”. Y justamente ahí se aprende a confiar.
Y en la forma larga del Evangelio, también aparece ese realismo: a veces toca sembrar y a veces cosechar (cf. Jn 4,37-38). La mejor manera de mirar todo es con alma de sembrador: sin ansiedad de ver frutos inmediatos, sabiendo que para sembrar hay que “morir” como grano… pero para dejarse “morir” hay que confiar.
Pidámosle a María que nos ayude a romper lo que endurece el corazón, para ver la Providencia con ojos sobrenaturales y responderle con generosidad. Hoy. “Ojalá escuchéis hoy su voz” (Sal 94[95],7-8).
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





