Algunos piensan que la religión, sobre todo la católica, es la que ha sembrado el sentimiento de culpa en almas ingenuas que se han dejado engañar. En realidad, lo que siempre ha buscado la iglesia católica es mostrar a los hombres quién es Dios y así descubrir quiénes somos nosotros.
Ha usado dos medios para ello: la razón y la fe. Ambas se complementan, no se contradicen. Sobre este tema puedes revisar la Encíclica “Fides et ratio” (fe y razón) de San Juan Pablo II.
Los principios racionales que usa la iglesia católica han sido anticipados por la filosofía griega y luego plenificados a través de los siglos llegando al culmen con Santo Tomás de Aquino. A esta corriente de pensamiento, el magisterio católico lo bautizó como “filosofía perenne”, que también puede entenderse como una “filosofía realista” porque está basada en la realidad objetiva de las cosas.
Desde esta concepción de la realidad, entendemos que el ser humano tiene alma y cuerpo, inteligencia, voluntad, afectos, emociones (pasiones), así como una inclinación al desorden causada por el pecado original y por ello está necesitado de la gracia para que un organismo sobrenatural habite en él y pueda ordenarse hacia Dios, el verdadero Fin Último de nuestra existencia.
Por un lado, la tendencia al desorden afectivo y al vacío existencial. Por otro, la necesidad de orden para que nuestra vida tenga sentido.
Ambos aspectos de nuestra vida nos permiten ver que debemos emplear fuerza para enderezar el timón y no dejar que cualquier vientecillo tome control sobre la nave de nuestra vida. Evidentemente este esfuerzo por mantener firme el timón requiere sacrificio y constancia. Porque exige revisar el rumbo, ver qué debemos corregir y hacer la fuerza necesaria, muchas veces contraria, para dirigirnos hacia nuestro tan esperado puerto de salvación.
Esa fuerza contraria para enderezar el timón es la que ahora buscamos hacer en cuaresma, empezando con varios grados el Miércoles de Ceniza.
No es un sentimiento de culpa mojigato el que nos mueve a negarnos hoy con el ayuno, o un sentimiento de culpa escrupuloso el que nos hace pedir perdón con cenizas. Es el amor y la esperanza los que nos hacen surcar mares para encontrarnos con el Amado. Y esto requiere que en el camino hagamos fuerzas contrarias para enderezar el timón. Este es el fin del ayuno y la penitencia en Cuaresma.
Buena navegación.
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