1. Cuando queremos servir a Dios… a nuestra manera
A veces queremos servir a Dios con buena intención, pero con criterios humanos. Nos pasa sin darnos cuenta: buscamos “lo que parece”, lo que encaja, lo que suena razonable según nuestros esquemas.
Algo así le pasó a Samuel: al ver a un hombre con apariencia de rey, su primer impulso fue juzgar por lo visible. Pero Dios le corta el camino: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7). Y algo parecido ocurre cuando uno se pega demasiado a criterios “de ley” y de control, como les pasaba a los fariseos: encorsetar a Dios dentro de lo que a mí me parece correcto.
Y entonces, queriendo servir a Dios, terminamos guiándonos por la apariencia o por poner toda la fuerza en el esfuerzo humano.
2.Tres consecuencias duras
(1) Intentamos corregir a Dios.
Si yo juzgo todo desde mi criterio, es fácil que, cuando la Providencia no coincide con lo que yo esperaba, me parezca que “Dios se está equivocando”. Y empiezo a discutirle la realidad: como si yo supiera mejor.
(2) Encerramos a Dios en nuestro esquema mental.
Dios lo dice sin vueltas: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Is 55,8-9). Y sin embargo, lo metemos en nuestros senderitos: en nuestra lógica, en nuestro plan, en “así se hace”. No lo dejamos llevarnos por el camino ancho que Él quiere abrir.
(3) Terminamos con una vida amargada.
Porque vivimos pendientes de que “Dios no está haciendo las cosas bien”. Nos cuesta confiar. Estamos juzgando todo. Y encima aparece un tipo de culpa que no es sana, ligada a una perfección humana: “¿Cómo pude caer en esto? ¿Cómo no sale bien? Esto no puede ser…” Como si Dios tuviera que actuar exactamente como yo pienso.
3. Tres causas que están debajo
(1) No reconocer a Dios en lo que está pasando.
Falta una mirada providencial: no ver a Dios actuando ahí, justo en eso que estoy juzgando.
(2) Falta de visión trascendente.
Quedarnos con una parte de la realidad —lo inmediato, lo que se ve “ahí nomás”— y perder de vista el conjunto, lo grande, lo que Dios está obrando más allá de lo que yo calculo.
(3) La causa más de fondo: falta de oración, falta de vida espiritual seria.
Rezamos cuando estamos consolados, cuando “todo está manejable”. Pero cuando toca hacer un esfuerzo, sobreponerse a un mal humor propio o ajeno, cuando la cosa aprieta… ahí se afloja la oración. Y entonces, sin oración, volvemos a lo humano: a controlar, a medir, a juzgar.
4. Un camino concreto: ser dóciles, como Samuel
Hay algo bien concreto para cada día: cuando nos toca el invitatorio en el oficio de lectura, pensarlo bien.
- “Porque el Señor es un Dios grande” (Sal 94[95],3).
- “Sabed que el Señor es Dios” (Sal 99[100],3).
- “Del Señor es la tierra y cuanto la llena” (Sal 23[24],1).
Eso es aprender a reconocerlo. A dejarlo ser Dios.
Pidámosle a María que nos dé su corazón y sus ojos, para poder servir a Dios con criterios sobrenaturales, sobre todo desde la oración.
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