Por Peter Leithart (First Things, 19/06/26)
Hoy casi olvidado, The Martyrdom of Man fue considerado en otro tiempo una especie de Biblia sustitutiva para los secularistas. Publicado en 1872 por el aventurero escocés William Winwood Reade, el volumen tuvo entre sus lectores admiradores a Winston Churchill, George Orwell, A. A. Milne y Sherlock Holmes. Para Reade, la humanidad progresa, pero solo por el camino de la cruz, escapando dolorosamente de la prisión física de la guerra y de la prisión intelectual de la religión dogmática, para entrar en un mundo luminoso, bien iluminado por la razón, la libertad y el progreso interminable.
En ese recorrido, Reade dio una expresión arrebatada al transhumanismo científico que había estado gestándose en la cultura europea durante los dos siglos anteriores. Nuestros cuerpos son despreciables, no mejores que los de los “animales inferiores”. Pero hay esperanza. “La ciencia transformará” nuestros cuerpos de maneras que no podemos comprender, así como un salvaje no comprende la electricidad o la energía del vapor. Los futuros “bienaventurados”, los “seres puros y radiantes” que vendrán después, mirarán a sus antepasados como patéticos sacos de carne: “pobres salvajes, escarbando en la tierra por nuestro pan cotidiano, comiendo carne y sangre, habitando en cuerpos viles… torturados por dolores y por inclinaciones animales”. Por ahora, “la Naturaleza… aún nos mantiene en sus cadenas”, pero llegará el día en que nos liberaremos de la crisálida, extenderemos las alas y nos elevaremos para convertirnos en algo que todavía no sabemos qué será. Todo esto prueba, supongo, que ni el transhumanismo ni la prosa ampulosa son desarrollos especialmente recientes.
Los cristianos protestan instintivamente, y con razón. Nuestros cuerpos están sabiamente diseñados y, como ha insistido Carl Trueman, no son materia bruta para moldearla según nuestros caprichos. Somos criaturas, delimitadas y finitas, necesariamente limitadas en nuestro conocer y en nuestro obrar. Todo intento de trascender esa limitación es hostil a la humanidad misma. El transhumanismo es antihumanista. Busca la abolición del hombre.
Sin embargo, como tantos valores y aspiraciones de nuestra cultura, el transhumanismo pervierte una esperanza originalmente cristiana. En su Discurso sobre la dignidad del hombre, el piadoso y excéntrico católico Pico della Mirandola imagina a Dios hablando a Adán, una “criatura de imagen indeterminada”, recordándole su esencia proteica. “La naturaleza de todas las demás criaturas está definida y restringida dentro de las leyes que hemos establecido”, dice el Creador; pero tú, Adán, puesto que “no estás impedido por tales restricciones, podrás, por tu propio libre albedrío, a cuya custodia te hemos confiado, trazar por ti mismo los rasgos de tu propia naturaleza”. No siendo ni del cielo ni de la tierra, ni mortal ni inmortal, Adán es el “libre y orgulloso modelador de tu propio ser”, que puede “darte la forma que prefieras”. Permanecen abiertos dos caminos: “descender a las formas inferiores y brutales de vida” o “por tu propia decisión, elevarte nuevamente hacia los órdenes superiores, cuya vida es divina”.
Un siglo y medio antes, Dante ya había acuñado la palabra transumanar, cuando, contemplando a Beatriz en el umbral del Paraíso, es transformado como Glauco, el pescador que, “al gustar de la hierba que en el mar / lo hizo compañero de los otros dioses”. Dante no puede expresar con palabras este “transhumanizarse”, pero el “Amor que gobierna el Cielo” sabe “que con tu Luz me levantaste”.
A pesar de todo su énfasis en el libre albedrío, Pico creía que la capacidad de Adán para “trazar los rasgos de tu propia naturaleza” nos viene como don de la gracia. Dante también sabe que solo puede trascender los límites de su humanidad mediante el encuentro con el Amor que mueve el sol y las demás estrellas. El transhumanismo renacentista es un transhumanismo profundamente teísta.
Y no se trata de una distorsión renacentista de la ortodoxia cristiana. Dirigiéndose a Dios, Gregorio de Nisa expresó la amplitud proteica de la naturaleza humana: “En todos los siglos sin fin, quien corre hacia ti se hace mayor, más exaltado, creciendo siempre en proporción a su ascenso a través del bien”. David Bentley Hart lo glosa así: Gregorio ve el alma como “un recipiente que se expande sin cesar a medida que recibe lo que fluye en él inagotablemente”. Recibir a Dios nos hace “cada vez más capaces y receptivos de la belleza, pues es un crecimiento hacia los bienes de los cuales Dios es la fuente”. Así, el deseo “se extiende hacia el infinito, como si, per impossibile, pudiera abarcarlo”. Cuanto más habita Dios en nosotros, más espacio tenemos para que Dios habite en nosotros. ¿Cómo podría ser de otro modo? Sin duda, ninguna criatura puede limitar lo que Dios desea hacer de ella.
Detrás de todo esto está el Nuevo Testamento. “Aún no se ha manifestado lo que seremos”, escribe Juan (1 Jn 3,2). Hemos llegado a ser “partícipes de la naturaleza divina”, dice Pedro (2 Pe 1,4). La Carta a los Hebreos comenta el Salmo 8 diciendo que fuimos hechos “por poco tiempo inferiores a los ángeles” (Heb 2,7–9), lo cual implica que nuestro período de subordinación termina con la exaltación de Jesús. Pablo fuerza el lenguaje para expresar la altura de la exaltación de Jesús a los lugares celestiales, “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo nombre que se pueda nombrar” (Ef 1,21–23), y luego nos sienta allí con Jesús (Ef 2,6). La trascendencia última llega en la resurrección, y es una trascendencia corporal, en la que nuestros cuerpos “anímicos” (psychikon) serán transfigurados en cuerpos espirituales (pneumatikon). Pablo usa una analogía botánica: nuestros cuerpos presentes son semillas; nuestros cuerpos futuros, la planta (1 Co 15,36–37). Los cuerpos mortales, sembrados en deshonra y debilidad, resucitarán incorruptibles, cuerpos de gloria y de poder (1 Co 15,42–44). Si nuestro cuerpo presente es al cuerpo futuro como la semilla al árbol, si la diferencia es tan grande como la que hay entre la bellota y el roble, cuando finalmente se manifieste lo que seremos, ¿nos reconoceremos siquiera como humanos? Sí, los seres humanos tienen fines, pero ¿cuáles son? El Nuevo Testamento exige cierto agnosticismo: no lo sabemos, todavía no.
Los cristianos deben oponerse vigorosamente al transhumanismo tecnológico y secular, pero solo podrán hacerlo de manera eficaz, completa y duradera si recurren a todos los recursos de la antropología cristiana, incluidas esas promesas y esperanzas asombrosas que dejan boquiabiertos incluso a Prometeo y Proteo.
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