Hoy celebramos a San Pedro y San Pablo, las dos grandes columnas de la Iglesia.
Pedro era pescador, impulsivo, generoso, pero también débil. Prometió fidelidad y luego negó al Señor. Pablo era culto, decidido, apasionado, pero comenzó persiguiendo a la Iglesia. Y, sin embargo, Cristo eligió a estos dos hombres para sostener y extender su Iglesia.
Esto nos enseña algo fundamental: la Iglesia no se sostiene por la perfección de los hombres, sino por la fidelidad de Cristo.
En el Evangelio, Pedro confiesa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le responde: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Cristo no funda una espiritualidad individual, ni una fe privada, ni una comunidad invisible. Cristo funda una Iglesia visible, con sacramentos visibles, con pastores visibles, y con Pedro como principio de unidad.
Por eso nuestro derecho propio (del Instituto del Verbo Encarnado) insiste tanto en este punto. Las Constituciones resumen nuestro espíritu con una frase clara: “con Pedro y bajo Pedro” (Const. 211). No es un detalle externo. Es parte de nuestra manera de amar a Cristo y de servir a la Iglesia.
También dicen que debemos tener “obediencia filial, obsequiosidad y amor al Papa y a los Obispos” (Const. 76), y que reconocemos en el Sumo Pontífice la primera y suprema autoridad, con obediencia, fidelidad, sumisión filial, adhesión y disponibilidad (Const. 271).
Esto no significa amar al Papa de modo sentimental o ingenuo. Significa mirar la Iglesia con fe. El Directorio de Espiritualidad dice que en el Papa debemos ver, seguir y amar a Jesucristo; y que queremos ser “enteramente del Papa, de los Obispos y de la Iglesia” (DE 281). Y añade una frase fuerte: “Nuestro tercer gran amor” debe ser la figura blanca del Papa (DE 309).
San Pedro nos enseña la fe, la unidad, la comunión. San Pablo nos enseña el celo apostólico, la misión, el combate por el Evangelio. Pedro sin Pablo podría quedarse encerrado. Pablo sin Pedro podría dispersarse. La Iglesia necesita las dos cosas: fidelidad y misión, comunión y evangelización.
Hoy conviene preguntarnos: ¿amo realmente a la Iglesia? ¿Rezo por el Papa? ¿Recibo el Magisterio con espíritu filial? ¿O me dejo llevar por opiniones, sospechas, críticas fáciles y comentarios que enfrían la fe?
El Directorio de Espiritualidad es muy claro: debemos permanecer sordos ante quien hable prescindiendo del Papa o no explícitamente a favor del Papa y de la sana doctrina (DE 312). No porque ignoremos los problemas, sino porque sabemos que Cristo quiso salvarnos en la Iglesia, no fuera de ella.
Pidamos hoy a San Pedro una fe firme, humilde y obediente. Y pidamos a San Pablo un corazón ardiente, misionero, dispuesto a gastar la vida por Cristo.
Que también nosotros podamos decir al final, como San Pablo:
“He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado la fe”.
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