No tengan miedo

Hoy quisiera referirme a una muy concreta: la tentación del miedo.

El capítulo 10 de san Mateo contiene el discurso misionero de Jesús. Es un capítulo precioso que conviene leer entero. Cristo envía a los apóstoles, pero no les pinta un panorama fácil. Les dice que el hermano entregará a la muerte al hermano, el padre al hijo, y que serán odiados por causa de su nombre. Sin embargo, añade: “El que persevere hasta el final se salvará” (Mt 10,21-22).

No parece un panorama muy alentador. Y, sin embargo, los envía.

1. Cristo conoce nuestros miedos

En este discurso Jesús repite tres veces: “No tengan miedo”.

“No les tengan miedo”, porque nada hay encubierto que no llegue a descubrirse (Mt 10,26). “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). Y finalmente: “No tengan miedo: ustedes valen más que muchos pájaros” (Mt 10,31).

Es natural tener miedo. Lo sobrenatural es confiar en la Providencia.

Según Santo Tomás, el miedo aparece ante un mal futuro que percibimos como difícil de evitar. Es como ver venir un perro furioso, ladrando hacia nosotros. Todavía no nos ha alcanzado, pero ya vemos que viene. Cuando el mal ya está presente, aparece la tristeza; mientras lo vemos acercarse, sentimos miedo.

Entonces hay que preguntarse: ¿a qué le tenemos miedo? ¿Qué mal futuro vemos venir?

Muchas veces, sencillamente, le tenemos miedo al futuro.

2. San Pedro también quiso escapar

Todos recordamos la célebre frase de san Juan Pablo II: “¡No tengan miedo!”. En su homilía de inicio del pontificado recordó una antigua tradición sobre san Pedro.

Durante la persecución de Nerón, Pedro quiso abandonar Roma. Tal vez como nosotros, que a veces queremos abandonar aquello que nos produce miedo. Pero Cristo le salió al encuentro.

Pedro le preguntó: “Quo vadis, Domine? ¿A dónde vas, Señor?”. Y Cristo le respondió: “Voy a Roma para ser crucificado otra vez”.

Entonces Pedro entendió. Volvió a Roma y permaneció allí hasta su propio martirio.

El miedo le decía: “Escapa”. Cristo le mostró otro camino: vuelve al lugar de tu misión y confía en mí.

Eso puede pasar también en la vida matrimonial, religiosa, sacerdotal, familiar o apostólica. Cuando aparece el miedo, uno quiere salir corriendo. Pero quizá el Señor no nos está pidiendo escapar, sino volver, permanecer y cumplir la misión que nos ha confiado.

3. El optimismo no es lo mismo que la esperanza

Ante el miedo al futuro, a veces tratamos de animarnos diciendo: “Todo va a salir bien”. Eso puede ayudar, pero no siempre es esperanza cristiana. A veces es solamente optimismo humano.

El optimismo se apoya en que las circunstancias mejorarán, en que la gente responderá, en que tendremos fuerzas suficientes, en que los planes funcionarán. Pero basta que la situación empeore para que ese optimismo se rompa.

La esperanza cristiana es otra cosa.

El optimismo se centra en el futuro.
La esperanza se centra en Dios.

El optimismo confía en nuestras capacidades.
La esperanza confía en la gracia.

El optimismo puede ser un sentimiento.
La esperanza es una virtud teologal.

Por eso, cuando los discípulos regresaron contentos porque hasta los demonios se les sometían, Jesús les dijo: “No se alegren de que los espíritus se les sometan; alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lc 10,20).

No debían apoyar su alegría solamente en el éxito del apostolado. Debían apoyarla en Dios.

Cuando vivimos de un optimismo poco cristiano, el desánimo llega rápido. La situación se hace más compleja, descubrimos que somos más débiles de lo que pensábamos, las personas no responden, los tiempos se alargan y los proyectos no salen.

En cambio, la esperanza no contradice el realismo. El cristiano ve los problemas, reconoce su gravedad, acepta sus límites y, justamente por eso, se apoya más en Dios.

Aprende que no controla todo. Aprende que hay cosas que no dependen de él. Aprende que Dios puede pedirle fidelidad aunque no vea resultados inmediatos.

4. “No tengan miedo de acoger a Cristo”

Por eso conviene recordar completa la frase de san Juan Pablo II. No dijo simplemente: “No tengan miedo”. Dijo:

“No tengan miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad”.

Ésa es la clave. No se trata de repetirnos que no pasa nada. Sí pasan cosas. Hay amenazas, dificultades, límites y cruces. Pero podemos acoger a Cristo y aceptar su potestad.

Acoger a Cristo en la oración.
Acogerlo en la Providencia.
Acogerlo en las circunstancias concretas que no elegimos.
Aceptar que Él sigue reinando.
Aceptar que Él conoce el corazón humano y sabe lo que hay dentro de nosotros.

San Juan Pablo II añadió: “Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo”. No tengamos miedo de dejarlo entrar precisamente en aquello que más miedo nos da.

Cuando Pedro preguntó: “¿A dónde vas, Señor?”, Cristo le mostró el camino. También nosotros tenemos que preguntarle: “Señor, ¿a dónde vas en medio de esto que estoy viviendo? ¿Dónde quieres que permanezca? ¿Qué quieres que haga?”.

Y luego confiar.

Santa Teresa decía que Él lo puede todo, y nosotros no podemos nada sino aquello que Él nos hace poder. Ésa es la esperanza cristiana: no negar nuestra debilidad, sino dejar que la fuerza de Dios obre en ella.

Pidámosle a la Virgen la gracia de confiar. El futuro está en manos de la Providencia. Hagamos lo que está a nuestro alcance, pero entreguemos lo demás a Cristo y a su potestad.

No tengan miedo de acoger a Cristo. No tengan miedo de abrirle de par en par las puertas. Él conoce lo que hay dentro del hombre. Sólo Él lo conoce.

Que María nos conceda esta gracia.


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