La tristeza que no tienen los santos

Este libro, Los defectos de los santos, termina hablando de un defecto que los santos no tienen. ¿Cuál es? La tristeza.

Claro que los santos pueden estar tristes. Jesús mismo estuvo triste hasta la muerte (Mt 26,38). El problema no es pasar por la tristeza. El problema es cuando esa tristeza ya te va comiendo por dentro y empiezas a vivir como si no tuvieras una razón por la cual estar alegre.

La Sibila de Cumas

En Italia hay un lugar que se llama Cumas. La mitología griega pone allí a una profetisa, la Sibila de Cumas. Cuenta la leyenda que ella quería vivir muchos años y tuvo la idea de pedírselo a Apolo. Entonces Apolo le concedió vivir tantos años como granos de arena pudiera agarrar en su mano.

El problema fue que se olvidó de pedir juventud.

Así que fue envejeciendo, envejeciendo, haciéndose cada vez más chiquita, más débil, más triste. Llegó a ser tan pequeña que tuvieron que encerrarla en una jaula para que no se perdiera. Y al final, dice la leyenda, ya casi no quedaba de ella más que la voz. ¿Y qué repetía? “Quiero morir.”

Esa es la imagen de alguien que vive con una tristeza muy metida adentro y que ha perdido la ilusión, ha perdido la razón por la cual vivir.

Cuando Dios deja de ser el centro

Dice el padre Urteaga que, en el fondo, eso pasa porque Dios ha sido sacado del centro del alma y entonces quedas tú solo en el centro.

Y cuando sacamos a Dios del centro, los problemas se vuelven mucho más grandes que nosotros. O tratamos de hacerles frente solos, de una manera demasiado humana, y ya sabemos que eso es muy difícil, o directamente imposible. Entonces la vida se va arrastrando. El corazón se va llenando de cansancio.

Urteaga llama a la tristeza “la escoria del egoísmo”. Y Santo Tomás lo dice de un modo más académico: “La tristeza es un vicio causado por el desordenado amor de sí mismo” (Suma Teológica, II-II, q. 28, a. 4 ad 1).

Por eso dice también el padre Urteaga que, si levantamos el felpudo de la tristeza para ver qué hay debajo, muchas veces aparece la soberbia.

Y si uno se pone a pensar, algo de eso hay. Si te pones triste porque alguien te trató mal, hay algo verdadero en ese dolor, sí. Pero también puede aparecer por dentro este pensamiento: a mí no me deberían tratar así. Y ahí uno empieza a sospechar si no hay un amor demasiado encerrado en sí mismo. Entonces se va terminando el gusto de vivir.

Dios nos quiere alegres

Pero Dios nos quiere alegres.

No con una alegría superficial. No con una alegría de barra brava. No con una alegría gritona, hecha solo de entusiasmo de momento. Dios nos quiere con una alegría seria, profunda, madura, una alegría capaz de convivir incluso con el dolor.

Va a haber cruces. Va a haber cansancios. Probablemente habrá cosas que no se solucionen rápido. Habrá momentos de oscuridad. Y, sin embargo, dice el padre Urteaga, la alegría tiene que ser siempre el contrapunto del camino.

La resurrección en la vida concreta

¿Y por qué? Porque la alegría no nace de que todo salga bien, sino de que Cristo ya venció.

El padre Luigi Maria Epicoco, un italiano actual, lo baja mucho a lo concreto. Dice: ¿cómo se traduce la resurrección del Señor aquí y ahora, en nuestra vida? Muy bien: Jesús, Aleluya, la Pascua. Pero ¿cómo entra eso en lo cotidiano?

Entra cuando tú dices: “No puedo más.”

No puedo más con esto.

No puedo más con esta persona.

No puedo más con este trabajo.

No puedo más con esta situación.

Ahí tiene que entrar el Resucitado. Porque ese “no puedo más” es la muerte y es el pecado metiéndose en la vida cotidiana. Y justamente ahí tiene que aparecer la resurrección.

La gracia que hay que pedir

Entonces, ¿qué esperamos para estar alegres? Cristo ya ha triunfado. Y por eso podemos empezar a vivir la resurrección en nuestra vida, aquí y ahora, y vivir de verdad como resucitados.

Pidámosle a María esta gracia: que Cristo venza y reine justamente en esos momentos en que no podemos más. Y que, por su triunfo, podamos estar siempre alegres.


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