Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Es un refrán conocido, y justamente por eso es tan real. Uno valora la salud cuando la ha perdido. Valora la paz cuando ya no la tiene. Y también valora la salud del alma cuando se ve metido en pecados que antes no estaban, o no eran tan frecuentes. Añoramos estar con Dios cuando nos hemos alejado de Él, y recién entonces entendemos lo que era vivir cerca del Señor.

La Escritura nos muestra una escena muy humana para leer estas pérdidas.

1) Traer el Arca sin obedecer: la mundanización del corazón

Israel estaba en batalla contra los filisteos y fue derrotado. Entonces se dijeron: “Vamos a traer el Arca, pongamos a Dios en medio del campamento, que Dios acampe entre nosotros”. Y cuando llegó el Arca, hubo un grito de alegría, una euforia fuerte, como si ya todo estuviera asegurado. Los filisteos tuvieron miedo. Parecía que la presencia de Dios bastaba para vencer.

Pero no. Fueron derrotados otra vez, el Arca fue apresada y murieron los hijos de Elí.

¿Qué pasó? Que la presencia de Dios en medio del pueblo no bastó, porque el problema no era que Dios faltara, sino que el corazón no obedecía. Querían a Dios “entre ellos”, pero no querían su voluntad. Lo querían como garantía, como respaldo, casi como un amuleto, para poder seguir igual.

Y cuando uno vive así, el paso siguiente es lógico: más adelante buscaron a Samuel y le pidieron un rey “como los demás pueblos”. Se mundanizaron. Empezaron a mirar la vida con una visión demasiado natural, demasiado de este mundo. Y así comenzaron a perder lo esencial, aunque lo tuvieran delante.

Ahí se entiende algo fuerte: muchas derrotas no empiezan en la batalla, empiezan en la mirada. Cuando uno ya no quiere obedecer, aunque Dios esté “cerca”, la vida se va secando por dentro. Y por eso Dios permite que se pierda algo que dábamos por seguro, para mostrarnos lo que había en el corazón desde antes y para despertarnos.

2) El grito verdadero: “Redímenos, Señor, por tu misericordia”

Por eso, cuando nos vemos saqueados por el enemigo, cuando sentimos que nos han quitado algo, recién sale la oración verdadera: “Redímenos, Señor, por tu misericordia”. Ya no es una frase bonita: es un grito. Y también: “Despierta, Señor, ¿por qué duermes?” No como reproche, sino como súplica del que ya entendió que sin Dios no puede.

Ahí se purifica nuestro modo de buscar al Señor. Ya no lo queremos como “Arca” para bendecir mis planes, sino como Señor real. Ya no lo “traigo” a mi campamento: me pongo yo bajo su mando. Porque eso es convertirse: dejar de usar a Dios, y volver a ser de Dios.

3) Como el leproso: “Quiero quedar limpio”

Y entonces entendemos al leproso: no teoriza, suplica. Quiere quedar limpio. Quiere recuperar la salud. Y nosotros también: “Señor, límpiame. Devuélveme la vida. Devuélveme tu presencia”. No solo por alivio, sino por amor: quiero estar contigo y no soltarte más.

Así se ordena la vida: aprovechando lo que hoy tenemos, amando lo esencial mientras está, y si ya lo perdimos, sin quedarnos en la queja. Volver a clamar con humildad: “Redímenos, Señor, por tu misericordia”, y empezar de nuevo, esta vez con un corazón más obediente, más limpio, más suyo.


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