Nuestro martirio

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Jesús “sube” a Jerusalén a morir, quiere hacerlo voluntariamente, libremente. Es lo que nos enseñan los mártires y nosotros debemos hacer en nuestras vidas.

El primer anuncio del Evangelio en el Japón lo realizó en 1549 San Francisco de Javier. Luego de la muerte de las autoridades que le permitieron la entrada, su sucesor promulgó en 1587 el primer edicto de prohibición del cristianismo, ordenando la expulsión de los jesuitas, llegando a la crucifixión de 26 mártires cristianos: tres jesuitas japoneses, entre ellos San Pablo Miki (1564-1597), aquél que decía desde su cruz: “Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo”.

Hoy recordamos a mártires de la familia dominica. Misioneros que sabían que no solo iban a morir al ir a una misión, sino que iban a morir torturados (agua ingurgitada y arrojada por presión en el vientre, incrustación de agujas o cañas afiladas entre las uñas de los dedos, hoguera a fuego lento, etc. Los métodos de tortura para hacer apostatar habían ido recrudeciéndose con respecto a otras formas empleadas en períodos anteriores)[1]. A pesar de todo, los misioneros seguían llegando y la mayor parte de los cristianos japoneses se mantenían firmes en la fe. El grupo de mártires que encabezaban San Lorenzo Ruiz y Santo Domingo Ibáñez de Erquicia pertenece a esta época, en que la persecución anticristiana alcanza su clímax para terminar, en 1639, con el cierre hermético del país a toda relación con Portugal y España.

La voluntad de Jesús siempre estuvo puesta en la cruz, en el sacrificio. Debemos seguir su ejemplo en nuestras cruces diarias. Por eso dice San Pedro (1 Pe 4, 12-13.19): “Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. En consecuencia, los que padecen por designio de Dios practiquen el bien y pónganse en manos del Creador, que es fiel.”


[1] https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/28-9-2017/santos-lorenzo-ruiz-domingo-ibanez-de-erquicia-y-ccmm/

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