Déjame hacer

Muchas veces, sin darnos cuenta, vamos donde el Señor y, con buena intención, terminamos estorbando la obra que Jesús y su Padre quieren hacer en nosotros y a través de nosotros. Por eso, en la oración, cuántas veces habremos escuchado, de una manera u otra, esta frase: “Déjame hacer. Déjame seguir con mi obra”.

Pensemos esto: si Juan hubiese convencido a Jesús de no bautizarse, ¿qué habría pasado? Ahí estamos nosotros, intentando convencer a Jesús de que tenemos la razón.

Veamos tres actitudes de Juan, porque ahí nos vemos reflejados.

1. Todo lo necesario para caer en soberbia

Juan tenía todo lo necesario para caer en soberbia. Era muy seguro de sí y de su misión. Seguro de su penitencia. Seguro de su oración, y de cómo esa penitencia atraía a Dios. Y, peligrosamente, también seguro de la respuesta del pueblo: el pueblo iba a buscarlo, le creía.

Tenía “todas las cartas” para volverse orgulloso.

Y yo también, a veces, tengo un montón de cosas buenas: seguro de mi vocación, seguro de lo que hago, seguro de lo que me piden. Seguro del impacto que causo en la gente: “qué bien este hermano, qué bueno este seminarista, qué bueno este padrecito”. Puede ser que sí: en medio de debilidades, uno puede hacer cosas buenas.

Pero ahí está el peligro: querer los aplausos para uno. Como el burrito del Domingo de Ramos: llevaba a Jesús… pero quería que lo aplaudan a él.

2. “Intentó disuadirlo”: discutirle al Señor con “razones”

El Evangelio lo dice con claridad: Juan “intentó disuadirlo”. Quiso convencer a Jesús.

Y yo también, cuántas veces intento disuadir a Jesús de lo que me pide: “No, Señor, lo que pasa es que… mi carácter; mi comunidad; el tiempo; no tengo ganas ahora”. Cuántas veces intento buscarle la vuelta. Cuántas veces le discuto a Jesús con razones, algunas verdaderas… y otras no tanto, incluso falsas.

3. El fruto malo: entorpecer la obra de Jesús

Y entonces viene la consecuencia: terminamos entorpeciendo la obra de Jesús en mí y en los demás.

En mí, porque en el fondo no confío en Él; no hay filiación con Dios Padre. Porque, ¿qué otra razón habría para contraargumentarle a Jesús? Decirle, en el fondo: “Creo que te estás equivocando, Señor; creo que yo tengo la razón”. Ojo: así de fuerte.

Y en los demás: en los que Él me confió. En los que están en formación. En los seminaristas. En sus propias familias. En el apostolado. En mis hermanos de comunidad. En las hermanas también. Y si uno es superior, con mucha más razón; o papá y mamá.

Queremos quedarnos en nuestro círculo seguro, en nuestra zona de confort. Y al final, en vez de llevarlos a Jesús… me los llevo a mí.

4. El remedio: “Déjame ahora”

¿Qué hay que hacer, entonces?

Dejarlo ser.

El Evangelio lo muestra: Juan intentaba disuadirlo diciendo: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Y Jesús le responde: “Déjame ahora; conviene que así cumplamos toda justicia” (Mt 3,15).

Déjame ahora. Déjame actuar en este momento.

Eso nos lo repite a nosotros: “Déjame actuar. No me molestes. Olvida tus egoísmos por un instante. Presta oídos a lo que te digo”. Y Dios habla con sus mociones, con inspiraciones, con reconvenciones, con propósitos, con el plan de vida, con deseos santos, con impulsos de gracia que van surgiendo en la charla amigable con Jesús.

Entonces, no hay que ponerle trabas. Hay que ser humildes. Y confiar en Él.

Pidámosle a María ser como ella: que dejó hacer a Jesús. Y preguntémonos, en concreto: ¿en qué parte de mi vida, de mi relación con Dios, de mi oración, estoy entorpeciendo la obra de Jesús?

Pensemos un ratito, en silencio.

Y pidamos la gracia de dejarlo hacer.

Ave María Purísima.


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