Podemos preguntarnos: ¿qué cosa es el amor?, ¿en qué consiste? Y uno podría decir: consiste en desearle el bien al otro; y, por lo tanto, mientras deseas un bien más grande, es que lo amas más.
Ahora bien, fíjese cómo responde el Espíritu Santo en la primera lectura: «En esto consiste el amor». Y responde no con una definición, sino con una acción: «en que Él nos amó y nos envió a su Hijo» (1 Jn 4,10).
1. El amor: el Bien más grande dado por Dios
«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). O sea, ¿en qué consiste el amor? En que Dios nos dio el bien más grande que hay: nos dio a su Hijo. Nos dio al mismo Dios encarnado. Y, por lo tanto, nos ha amado.
San Juan de Ávila, en esa carta 61, recoge una pregunta que es muy nuestra: “¿A mí tanto bien, que el Rey eterno me ame, y por eso me sufra, y me dé bienes en lugar de males?”. Y responde de un modo precioso: “Bueno, porque el fuego calienta y el sol alumbra y el agua refresca, y cada cosa hace según su naturaleza. Y si dices que es fuego, por eso quema. Así le digo: porque Dios es Dios, por eso nos ama”.
2. Amar a Dios por quien es, y no por los medios
Dios nos ama libremente, con misericordia, a quien no la merece: un amor gratuito. Y este amor gratuito de Dios hay que tenerlo muy presente. Hay que amar a Dios porque es Dios, no por lo que nos da o nos quita.
No hay que amarlo por lo que nos dé: un consuelo, una misión apacible, una buena compañía. Y tampoco hay que dejar de amarlo por lo que nos quite: una enfermedad, una tentación. Hay que amarlo porque es Dios.
Eso es el amor que Dios nos ha dado. Pero hay que tener en cuenta algo, para que no se nos desvíe la mirada: Dios se nos da, muchas veces, a través de medios defectuosos, como estos apóstoles, con poca fe; a través de medios que parecen poca cosa. Sin embargo, es Dios y es su obra: Él la quiere hacer a través de esos medios defectuosos, como nosotros mismos. Pero el centro siempre es Dios: Él se nos da por amor, y quiere que lo demos a pesar de nuestras deficiencias.
3. Conclusión
Pidámosle a María que nos conceda la gracia de darnos cuenta del amor que Dios nos tiene y abrazarlo, a pesar de nuestra miseria y nuestros pecados.
Una mujer me decía: “¿Cómo Dios me puede dar a abrazar a su Niño, a pesar de que yo he cometido tantos pecados? Incluso el aborto… ¡qué indigna me siento!”. Bueno, así nosotros también: indignos abrazamos al Niño Jesús. Que nos ayude, entonces, a abrazarlo a Él, a quedarnos en Él, a mirarlo a Él, y no a los medios por los cuales se nos viene.
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





