«Querer conocer el futuro para saber qué elegir en el presente…»

Una de las películas que más he visto, aunque no soy muy de películas, es Volver al futuro (1,2 y 3). No sé cuántas veces la habré visto, pero muchísimas. El tema del viaje en el tiempo, el tema del tiempo mismo, fascina al ser humano desde siempre. Volver al pasado para cambiarlo. Saber qué va a pasar en el futuro. Eso ha estado presente en todas las culturas: la tragedia griega, el determinismo, los oráculos de Delfos, y tantos intentos de adivinar lo que viene.

En el fondo, muchas veces lo que se busca al querer saber el futuro es esto: saber qué elegir. Quiero saber lo que va a pasar para ver cómo debo vivir ahora.

Y por eso el tema de la elección es tan serio.

1. Somos más nosotros cuando elegimos bien

Estoy leyendo un libro del P. Carlos Vallés, jesuita, que se llama Saber escoger. El arte del discernimiento. Tiene ideas muy buenas. En un momento recoge algo que sabemos por Santo Tomás y también por Fabro: que uno es más uno mismo cuando decide libremente.

Porque ser libre es, en cierto modo, ser causa de sí mismo.

En cambio, cuando uno elige por otra cosa, y no desde una voluntad afirmada en el bien, entonces está siendo movido desde afuera. Ya no actúa libremente. Actúa como esclavo. Por eso la elección del bien nos configura, nos hace ser.

Y si pensamos en tantas malas decisiones que hemos tomado en la vida, entendemos también por qué ahora arrastramos ciertos defectos, ciertos hábitos malos, ciertas torceduras del alma. No aparecen de golpe. Se fueron formando con elecciones reiteradas.

Entonces, aprender a discernir para elegir bien es algo esencial a nivel humano. Y mucho más a nivel sobrenatural.

2. “Muéstrame tus caminos, Señor”

Por eso es tan hermoso ese salmo que dice: “Señor, enséñame tus caminos, muéstrame tus senderos” (Sal 24[25],4).

Es como si dijéramos: Señor, no te pido que me reveles el futuro para satisfacer mi curiosidad. Te pido que me muestres por dónde tengo que ir.

Tus caminos: las grandes decisiones.

Tus senderos: esos pasos más pequeños, esos caminos chicos que van llevando al camino grande, aunque no sean todavía la ruta principal.

Y eso es muy importante. Porque la voluntad de Dios no se juega solamente en las decisiones enormes de la vida. También se juega en lo pequeño, en lo cotidiano, en la fidelidad de hoy.

La elección nos va configurando según lo que Dios quiere de nosotros.

3. Buscar la voluntad de Dios hoy

Dice el P. Carlos Vallés, en el fondo, que saber elegir bien significa saber qué es lo que Dios quiere.

Entonces, de eso se trata este día y todos los días: buscar la voluntad de Dios para poder elegir bien hoy.

Porque el futuro no lo sabemos. Y allí entran tantas manipulaciones: estadísticas, especulaciones, cálculos, ansiedad, interpretaciones de lo que puede pasar. También ahora, en el contexto de elecciones, se ve clarísimo.

Pero nosotros no tenemos que vivir especulando acerca del futuro. Tenemos que insertarnos en la Providencia.

Eso es mucho más serio y mucho más verdadero.

Lo que tenemos es el hoy. Y en el hoy tengo que buscar qué quiere Dios de mí. No qué me imagino, no qué me conviene, no qué me da menos trabajo, no qué me deja más tranquilo, sino qué quiere Dios.

Y entonces el futuro se va construyendo desde esa obediencia concreta.

4. El riesgo de la Providencia

Hay una frase muy linda de ese libro: elegir es correr el riesgo de la Providencia.

Es una expresión muy bella. Porque elegir bien no es controlar todo. No es tener todo asegurado. No es tener todas las variables bajo dominio. Es, más bien, abalanzarse en los brazos de la Providencia, tratando sinceramente de buscar lo que Dios quiere.

Y eso siempre va a ser lo mejor.

La voluntad de Dios va a ser siempre la mejor. No siempre la más cómoda. No siempre la más clara. No siempre la que uno habría imaginado. Pero siempre la mejor.

Por eso hay que pedir la gracia del discernimiento, que no es otra cosa que aprender a mirar las cosas como Dios las mira, para poder elegir como Dios quiere.

Y allí se juega mucho de nuestra paz, de nuestra madurez y también de nuestra santidad.

Pidámosle a María que nos ayude a discernir siempre en cada elección que hagamos. Que nos enseñe a buscar la voluntad de Dios en lo grande y en lo pequeño. Y así podremos vivir mejor, con más libertad y con más confianza en Dios.


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