A veces pasa que el corazón se nos viene abajo. El querer, el amor, el afecto, quedan por los suelos. Ya no queremos querer nada, fuera de nosotros mismos. Y cuando el corazón está mal, también los ojos se oscurecen. Ya no vemos bien. Ya no entendemos bien. Porque el corazón y la mente están conectados. Cuando el afecto se desordena, también pensamos mal. Ya no juzgamos bien las cosas.
Eso mismo les pasó a los discípulos de Emaús. Tenían el corazón abajo, y por eso no podían ver. No reconocían a Cristo. No reconocían la obra de Dios en sus vidas, ni siquiera mientras Él caminaba con ellos (Lc 24,13-16).
Buscar las cosas de arriba
San Pablo da la receta para revivir: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra” (Col 3,1-2).
Si hemos resucitado con Cristo, entonces hay que mirar hacia arriba. El corazón tiene que estar arriba, no abajo. Los de Emaús no creían de verdad que Cristo hubiese resucitado. No lo tenían presente. Y así estamos a veces nosotros. No pensamos realmente que Cristo ha vencido, que ha resucitado, y que eso influye en nuestra vida cotidiana.
Entonces las cruces, las desilusiones y los fracasos nos parecen más grandes de lo que serían a la luz de la resurrección.
Por eso en la liturgia, en la Misa, decimos en el prefacio: “Levantemos el corazón”. Y en latín: Sursum corda. Literalmente: “Arriba los corazones”. Qué expresión tan linda: arriba los corazones.
Eso mismo dice también San Pablo cuando manda buscar las cosas de arriba. Si hemos resucitado con Cristo, entonces el corazón no puede quedarse arrastrándose por el suelo.
Cómo levantar el corazón
Ahora bien, ¿cómo se hace eso? ¿Cómo se levanta el corazón?
Los discípulos de Emaús nos dan también la respuesta. Cuando Cristo desaparece de su vista, se dicen unos a otros: “¿No ardía acaso nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).
Ahí está la receta.
Para que el corazón ya no esté frío, para que no esté tibio, para que vuelva a arder, hay que ir a la Escritura. Ahí está Jesús hablándote a ti de un modo especial, como no hay otro lugar ni otra persona que pueda hablarte así. Es Dios mismo quien te habla a través de la Escritura. Por eso hay que leerla. Hay que hacer lectio divina. Hay que meditarla.
Cuando el corazón se está enfriando, hay que volver a la Escritura. Hay que rezar bien la liturgia de las horas. Hay que meditar lo que leemos. Y así el corazón se va a inflamar, se va a elevar. Y entonces también la mente va a pensar mejor. Va a tener mejores ideas para poder ver.
El partir el pan y los ojos abiertos
¿Y cómo terminan de convencerse los discípulos?
Cuando participan del partir el pan. Ahí se les abren los ojos. Se dan cuenta de las cosas cuando ven a Jesús partir el pan (Lc 24,30-31). Ahí reconocen al Señor.
Por eso hay que pensar también en esto de San Agustín, cuando dice: “Preceda el corazón al cuerpo”. Que el corazón esté más arriba, allá en el cielo, antes de que el cuerpo llegue al cielo. Y cuando dice: “Hazte sordo para no oír”, quiere decir: no te dejes engañar por esos criterios mundanos, tan terrenos.
Y termina diciendo, en el fondo, lo mismo: los corazones allá arriba.
María nos ayude a tener el corazón bien en lo alto. Los pies en la tierra, sí, pero el corazón en lo alto. Buscar las cosas de arriba, quererlas y juzgar lo que pasa a nuestro alrededor no con criterios mundanos, sino con el corazón levantado desde la resurrección.
Y así podremos entender mejor. Que María nos alcance un corazón puro para amar a Dios y unos ojos puros para verlo siempre.
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