1. Un requisito para que los Ejercicios den fruto
Un requisito para ser santa —y para salir con fruto de estos Ejercicios— es haber experimentado tu debilidad.
No necesariamente por haber cometido pecados (piensa en la Virgen, que no cometió nunca pecado), sino por haber tocado esta verdad: soy frágil, y sin Dios no me sostengo.
Por eso la pregunta es: ¿te acuerdas de tu debilidad?
2. La confusión que aparece cuando miras tus pecados
Ahora estamos recordando los pecados, la malicia del pecado en general y luego en particular; y Dios mediante, con el examen y la confesión, mucho más específico: tus pecados, tus vergüenzas. Y esto genera confusión. Uno dice: “¿Cómo puede ser que yo, siendo consagrada del Señor, hija tuya, o esposa tuya, te haya faltado tanto? ¿Cómo puede ser que haya terminado tan confundida, tan perdida, tan desordenada?”.
Eso es justamente lo que estamos pidiendo en estas meditaciones de la primera semana: no huir de esa verdad, sino ponerla delante de Dios.
3. Azarías en el fuego: “Acepta mi corazón contrito”
Podemos poner nuestra voz en labios de Azarías, en medio del fuego —el fuego de nuestros pecados, de nuestra tristeza— y decir:
“No nos desampares para siempre… no rompas tu alianza… no apartes de mí tu misericordia” (cf. Dn 3,34-35).
Hoy podemos decirlo sin vueltas: “estoy humillado por mis pecados”. Y seguir:
“No tengo nada, Señor: ni príncipes, ni profetas… Acepta mi corazón contrito y mi espíritu humilde” (cf. Dn 3,38-39).
Eso mismo aparece en la Santa Misa, cuando el sacerdote, inclinado, lo dice en secreto en el ofertorio: “con corazón contrito y espíritu humilde” (cf. Dn 3,39).
Si sientes el corazón apretado, apachurrado por los pecados, con tristeza: vas por buen camino. Porque te das cuenta de que no tienes más que eso para darle a Dios.
Y mira cómo termina esa súplica:
“Que este sea hoy nuestro sacrificio… porque los que en ti confían no quedan defraudados” (cf. Dn 3,39-40).
Y ahí aparece una frase muy honesta: “yo no puedo confiar en mí; solo me quedas Tú, Señor”.
4. La “fórmula” que Dios quiere despertar
Dios espera llevarte al límite de tu realidad: que veas la profundidad del pozo, sea desde arriba o desde abajo. Para que en ti funcione algo simple:
pecadora + humildad = confianza.
Porque podemos ser pecadores y no humildes: soberbios. Y eso no te deja confiar más que en ti. Te quedas trabada.
En cambio, si te reconoces pecadora y, con humildad, te pones en manos de Dios, nace la confianza.
El salmo lo confirma: “Recuerda, Señor, tu misericordia” (cf. Sal 24[25],6).
Y también: “El Señor es bueno y recto, por eso enseña el camino a los pecadores” (Sal 24[25],8).
Pero si no te consideras pecadora, no tienes nada que aprender. Y sigue:
“Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal 24[25],9).
Sin humildad, no te colocas delante de la misericordia. Y sin colocarte allí, no te dejas enseñar.
5. Perdonar “setenta veces siete”: una clave para leer la misericordia
El Evangelio dice que hay que perdonar “setenta veces siete” (cf. Mt 18,22).
Y lo podemos leer así: si Dios te perdona siempre, ¿cómo no vas a perdonar tú? Cuando te consideras pecadora y, con humildad, le das al Señor tu corazón contrito, Él te enseña por dónde caminar.
6. San Francisco de Sales: tomar carrera hacia la confianza
Termino con san Francisco de Sales, en el Tratado del amor de Dios. Él dice que ese “irte para atrás” por tus pecados —ese darte cuenta— no es para quedarte en tristeza inquieta, sino para tomar carrera y arrojarte con fuerza en Dios con un acto de amor y confianza.
Y dice algo finísimo: muchas confusiones vienen del amor propio, que se duele no tanto por amor de Dios, sino por no verse perfecto. Por eso, aunque no sientas confianza, no dejes de hacer actos de confianza, diciendo:
“Aunque yo no tenga, Señor mío, algún sentimiento de confianza en Vos, yo sé muy bien que sois mi Dios… no tengo esperanza sino en vuestra bondad… así me dejo del todo en vuestras manos”.
Aunque no lo sientas, si lo haces, ya estás haciendo un acto de confianza. Y san Francisco remata: estos actos, cuando se hacen sin gusto y sin satisfacción, Dios los quiere más así. Hazlos, y luego estate en paz, sin quedarte mirando la perturbación.
Y cierra con una frase que sostiene toda la primera semana:
“El trono de la misericordia de Dios es nuestra miseria. Entre más grande sea nuestra miseria, tanto mayor debe ser nuestra confianza.”
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