1. Jonás y el sentido del “castigo”
¿Qué estás esperando para convertirte?
Eso es lo que hemos escuchado en la primera lectura y en el Evangelio: el profeta Jonás predica a Nínive para que se conviertan, para que Dios no tome en cuenta sus actos malos y no tengan que sufrir las consecuencias (cf. Jon 3,4-10).
Así se entiende el “castigo” de Dios: no como venganza, sino como educación con amor, como un buen papá que corrige para que vuelvas.
2. Jesús y el signo que basta
En el Evangelio vemos a gente que le pide a Jesús un signo para creer y convertirse, como si no hubieran visto sus obras, sus milagros, su vida. Jesús les responde que el signo será el de Jonás: su muerte y resurrección (cf. Mt 12,39-40).
Entonces la pregunta vuelve a ti: ¿qué esperas para convertirte?
Convertirse es tratar de vivir en gracia, luchar por estar en gracia y crecer en gracia: confesión, conversión real, pasos concretos.
3. Primer paso: dejar el pecado grave
¿Qué esperas para dejar el pecado grave?
Pecado grave es cuando, a sabiendas, uno dice que sí a algo que está mal. Por ejemplo:
una convivencia desordenada; ver o compartir pornografía; robar algo serio (más allá de una injusticia leve); faltas graves contra la misa dominical, pudiendo cumplir el precepto (cf. Ex 20,8-11).
¿Qué esperas para empezar por ahí, de frente?
4. Segundo paso: dejar el pecado leve
Y si ya no es pecado grave, igual la conversión sigue: ¿qué esperas para dejar el pecado leve?
dejar de hablar de los demás: murmurar, chismear; dejar de ser gobernado por el carácter: encolerizarte y gritar; dejar de envidiar el bien ajeno.
En su mayoría son pecados leves, pero van enfriando el alma y acostumbrándola a vivir a medias.
5. El fondo: la tibieza y los “signos”
¿Qué signo esperas para dejar la tibieza?
Eso nos toca a todos: ¿qué esperamos para dejar de vivir mediocremente la fe, para exigirnos más, para ser más radicales en el amor a Cristo? Ahí está la cruz: ése es el signo (cf. Mt 12,39-40).
Y pregúntate: ¿qué signos tienes tú en tu vida?
Un buen ejemplo: alguien en tu familia, en tu comunidad, un libro, un santo. Aprovecha ese profeta. Un mal ejemplo: alguien cercano que se perdió y vive miserable. También eso te habla.
Y sobre todo, el profeta perfecto es Jesús: la cruz de cada día, esa persona difícil con la que convives, ese familiar con el que falta reconciliación, esa herida que te obliga a rezar.
Pidámosle a la Virgen que nos demos cuenta de los signos que Jesús nos pone delante para salir de la mediocridad, convertirnos, y hacer las cosas con el mayor amor posible: en gracia y con más amor a Dios. Esa es la conversión.
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