Dos principios tomistas para la vida espiritual

Santo Tomás de Aquino nos ha dejado semillas. Pero una semilla sirve si germina. Por eso les propongo dos principios tomistas que, en lo personal y también al acompañar a otros, suelen dar mucho fruto. Son principios reales, aplicables, con consuelo verdadero.

1. El ser es distinto del obrar: no eres lo que haces

Suena duro, pero es liberador cuando se entiende bien: el ser es distinto del obrar. O dicho más directo: no eres lo que haces.

En filosofía lo hemos visto: distinción de planos, acto primero y acto segundo. Y en un refrán: se ama al pecador, pero no el pecado.

De aquí salen varias consecuencias muy concretas:

Dios te ama a ti, aun con tus pecados. Te ama porque eres tú, única, irrepetible. Dios no espera que seas perfecta para comenzar a amarte. Te creó amándote, y sabía de antemano las infidelidades que cada uno tendría. Y cuando uno está seguro del amor del Creador, se ordena algo muy práctico: dejas de mendigar afecto de la criatura. No porque las criaturas no importen, sino porque ya no cargas sobre ellas lo que sólo Dios puede dar.

Esto, dicho a alguien que está intentando levantarse de un pecado, es un consuelo grande. Y también nos saca del activismo: uno es misionero por lo que es, no por lo que hace.

2. Cómo juzgamos lo “conveniente”: memoria, imaginación y pasiones

El segundo principio va por otra línea, más de gnoseología y moral: cómo juzgamos que algo “me conviene” o “no me conviene”.

Para ese juicio influye mucho los sentidos internos: cogitativa, memoria e imaginación. Un ejemplo cotidiano: de niño te muerde un perrito, te asustas, te queda fobia. Años después se te acerca un perro parecido, y por dentro salta el juicio inmediato: “me va a morder”. Objetivamente no es así, pero subjetivamente lo conectas con lo anterior. Y la gente te dice: “¿qué te pasa?, si es un perrito…”. Para ti no es “un perrito”: es el perro de la herida pasada.

Ahí se ve el punto: muchas veces juzgamos el presente según el pasado. Entonces, sin darnos cuenta, aplicamos esquemas: mi papá, mi mamá, tal autoridad… y después “ya no confío”, “mejor no digo todo”, “mejor no me abro”.

Por eso la aplicación fuerte es esta: necesitamos purificar la memoria y la imaginación, poniéndolas bajo la bondad real de Dios. Y aquí entra una cita clave: “sabemos que a los que aman a Dios, todo les sirve para bien” (Rom 8,28).

Esto pide criterios sobrenaturales para juzgar lo que naturalmente parece sólo “cruz”: una enfermedad, una persona difícil, un límite, una contradicción. Naturalmente uno no quiere eso. Pero con otros criterios puede decir: “tal vez esto, delante de Dios, es lo más conveniente para mí”.

***

Santo Tomás interceda por nosotros para que dejemos que la gracia obre en nuestra naturaleza, disponiéndonos como buena tierra, y que Dios haga germinar sus semillas.


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