Esta copla despertó la envidia de Saúl: “Saúl mató a mil, y David a diez mil” (1 Sam 18,7).
Parece un detalle folclórico… pero fue una chispa. “Le pareció mal” a Saúl; y el texto remata: “desde aquel día, Saúl miró a David con malos ojos” (1 Sam 18,8-9). Ahí están los celos. La envidia. Lo humano, bien cotidiano.
Y por eso esta historia duele: porque nos puede pasar a todos. Son dos comienzos buenos, dos trayectorias probadas, y dos respuestas muy distintas.
1. Saúl: un buen comienzo… y una obediencia “a mi modo”
Saúl empieza alto: elegido, ungido por medio de Samuel para responder al clamor del pueblo (cf. 1 Sam 10,1). Dios lo levanta. Le da dignidad.
Pero en la prueba aparece una dificultad que se nos parece: miedo, presión, apuro por resolver.
Gilgal: no era sacerdote, pero se adelanta a Samuel y ofrece el sacrificio (cf. 1 Sam 13,8-14). Amalec: Dios pide no reservar nada; Saúl “cumple”, pero negociando: se guarda lo mejor, “para sacrificárselo al Señor” (cf. 1 Sam 15,9.15).
Y cuando lo corrigen, no se humilla: se justifica. Se defiende. Se explica.
Luego viene lo más ácido: el bien ajeno le molesta. Lo de David lo descoloca. Y el corazón se le va endureciendo: sospecha, impulsividad, persecución.
Al final, Saúl queda espiritualmente solo: ya no escucha a Dios… escucha sus impulsos. Y termina buscando control donde no lo hay: acude a la pitonisa de Endor (cf. 1 Sam 28,7).
Desenlace: endurecimiento progresivo, persecución, derrota; muere con sus hijos (cf. 1 Sam 31,2-6).
2. David: elegido en lo escondido… y un corazón que se deja corregir
David también empieza bien: Dios lo elige en lo oculto, siendo pastor. Y ahí está la clave: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7).
Tiene fe sencilla. Amor grande a Dios. Y por eso enfrenta a Goliat (cf. 1 Sam 17).
Pero David también es probado: años de persecución, tentaciones de amargura, y esa tentación tan humana: “acabemos esto pronto”.
Y aun con ocasión de matarlo, no lo toca: “No extenderé mi mano contra el ungido del Señor” (cf. 1 Sam 24,7).
Más adelante, con poder y comodidad, cae grave: Betsabé, Urías (cf. 2 Sam 11).
Y aquí se ve la diferencia decisiva: cuando lo reprenden, no se excusa.
Ante Natán: “He pecado contra el Señor” (2 Sam 12,13). Se deja reconstruir. Se arrepiente (cf. Sal 50[51]).
Desenlace: el reino se consolida, Dios lo perdona, y recibe la promesa de la dinastía (cf. 2 Sam 7,16).
3. La pregunta que nos toca hoy
Cuando Dios te contradice, ¿qué pasa contigo?
Cuando te corrige, ¿te defiendes… o te dejas corregir? Cuando caes, ¿te justificas… o dices “he pecado” y vuelves? No es “tener o no tener problemas”. Es cómo respondes.
Saúl: obediencia negociada, control, justificación. David: espera, docilidad, arrepentimiento real.
Pidámosle a Dios la gracia de ver su mano en los hechos: cómo prueba el corazón, cómo corrige, cómo desenmascara, cómo purifica.
Y a María, que nos alcance un corazón como el de David: capaz de ser herido por la verdad, y capaz de volver.
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