Homilía para un campamento de mujeres jóvenes
1. La escena que todas conocen
Imagínense esto: están con el celular, con las amigas. “Una selfie”. Se la toman. ¿Y qué hacen después? La revisan al toque. Zoom. “No, otra”. Cambian el ángulo, la luz, la cara. Y a veces pasa lo mismo frente al espejo: siempre aparece “algo” que no gusta. La ceja, la sonrisa, el cabello, la piel… siempre hay un pero.
Ahora, piensen un segundo: si pudiéramos sacarnos una foto del corazón, ¿cómo saldría?
2. Lo que Dios mira de verdad
La primera lectura lo dice de frente: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7).
O sea: tú puedes estar “bien” por fuera y estar cansada, herida, enredada por dentro. O al revés: por fuera no te sientes “perfecta”, pero por dentro estás peleándola, buscando a Dios, queriendo amar de verdad.
Entonces la pregunta es simple: si hoy se imprimiera una foto de tu corazón, ¿cómo se vería? ¿Te daría paz mirarla… o te daría vergüenza? ¿La publicarías?
3. Tres pasos para un corazón más puro
1) Saber que Dios te ama como eres.
Dios te ama así, tal cual eres tú. Aunque no te guste cómo te ves, aunque no te guste tu forma de ser, aunque te cueste tu situación o tu historia. Dios te ama con todo eso. No quiere tus pecados; te quiere a ti. Y por eso no necesitas “demostrarle” nada para que te mire: Él ya te mira.
2) Saber que Dios quiere que tú lo ames a Él.
No es un amor “de un solo lado”. Él te espera. Él quiere que tú le devuelvas ese amor, que te levantes hacia Él, que respondas. Ese trato real con Dios va purificando el corazón.
3) Saber que puedes amar a los demás con ese amor.
Cuando una chica sabe que es amada por Dios, se vuelve más libre. Ya no vive mendigando aprobación. Ya no depende tanto del “qué dirán” o de cuántos likes. Y empieza a amar mejor: con más paciencia, con más verdad, sin tanta comparación. San Juan lo resume así: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). Con el amor que Dios te tiene y con el amor que tú le das a Él, puedes amar bien a los demás.
4. Una petición concreta
La próxima vez que te mires al espejo o revises una foto, acuérdate: Dios mira el corazón (1 Sam 16,7). Y pídele algo sencillo: “Señor, dame un corazón puro”. Y a María: “Madre, préstame tu corazón: para saberme amada, para amar a Dios, y para amar bien”.
Ave María Purísima.
Descubre más desde Morder la realidad
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

