“Este es el Cordero de Dios.”
Juan Bautista no solo señala a Jesús: lo pone en el centro. Y antes de este pasaje hay un detalle clave: le preguntaron a Juan si él era el Mesías. Bastaba que dijera que sí… y la gente lo habría seguido. Tenía fama, tenía signos, tenía multitudes. Pero Juan responde con una limpieza interior admirable: no se apropia del lugar de Cristo. No se deja confundir.
Y ahí empieza la enseñanza para nosotros.
Primero conozco a Cristo; y solo así me conozco a mí. San Agustín lo resume en una frase preciosa: Noverim te, noverim me —“que te conozca a Ti, que me conozca a mí”. Y eso coincide con lo que la Iglesia repite: solo en Cristo el hombre se entiende de verdad (Gaudium et spes 22).
1) Si no conozco a Cristo, me termino confundiendo yo
Juan sabe quién es… porque primero sabe quién es Jesús.
Cuando Cristo no está claro, la identidad se vuelve borrosa y uno cae en máscaras. Tres, muy típicas:
El “mesías”: todo depende de mí, yo sostengo todo, yo tengo la última palabra.
La “víctima”: todo me supera, todos me fallan, nadie me entiende… y de nuevo yo quedo en el centro.
El “actor”: me mido por rendimiento, por resultados, por aprobación. Soy “lo que hago”, no “quien soy”.
Juan no cae ahí. ¿Por qué? Porque tiene algo firme: Cristo es la palabra, yo soy la voz y el testigo.
2) Conocer a Cristo no es solo saber cosas: es aprender a mirarlo
Juan reconoce a Jesús por un signo: “vi al Espíritu bajar… y permanecer” (Jn 1,32-33). Eso no le nació por casualidad. Eso se aprende en la oración, en la escucha de La Palabra, en el trato íntimo con Dios.
Y cuando Juan lo reconoce, lo puede presentar a los demás: “Este es el Cordero de Dios” (Jn 1,29).
No dice: “Este es mi proyecto”. No dice: “Miren lo que yo hago”. Sino que señala a Cristo: Él carga el pecado. Él es. Él salva. Él atrae.
3) Cuando Cristo es el centro, mi vida se vuelve simple y verdadera
Juan se define sin inflarse: “yo soy la voz”, “yo soy testigo”. Y eso lo libera y le da una espiritualidad seria. Porque entonces el apostolado ya no es una lucha por afirmarme, sino un acto de obediencia amorosa a la voluntad de Dios.
Y aquí entra la pregunta que nos hace Cristo siempre:
“¿Y tú quién dices que soy?” (cf. Mt 16,15).
Podemos responder “Señor” con la boca… y sin embargo vivir como si no lo fuera, dejándonos gobernar por el qué dirán, por el miedo, por la necesidad de control.
4) Cómo conocer a Cristo en medio de la actividad
La prueba de esta semana no será en las ideas, sino en el ritmo. Familia, comunidad, tareas, papeles, estudio, apostolado: todo puede absorber. Y la tentación es confundirnos: creer que somos lo que hacemos.
La clave es esta: no somos la que hacemos; somos hijos amados.
Primero pertenezco a Cristo. Luego trabajo por Cristo. Si invierto el orden, me pierdo.
Pidámosle a María esta gracia: que en medio de la actividad nos enseñe a mirar a Cristo y a señalarlo como Juan. Y que, al conocerlo a Él, no nos inventemos más, sino que vivamos en la verdad.
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