Eso es lo que hemos pedido al inicio de la Misa, en la oración colecta: “Te pedimos, Señor, que atiendas con tu bondad los deseos del pueblo que te suplica, para que vea lo que tiene que hacer y reciba la fuerza necesaria para cumplirlo” (Misal Romano, Oración colecta). Esa petición es un grito. Es el grito del salmo que cantamos: “Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito” (Sal 40(39),2).
Ese debería ser nuestro clamor de todos los días: “Señor, ¿qué tengo que hacer? Y ayúdame a hacerlo”. Si eso lo pedimos de verdad, vamos a ser las personas más felices del mundo: los religiosos más santos, las chicas y los chicos más… bueno, más firmes, más lúcidos, más de Dios.
Quiero proponer tres cosas muy concretas, que nos ayudan a abrir el oído y a poder decir también: “Aquí estoy”. La oración, la disposición y la docilidad.
1. La oración
Para saber qué tengo que hacer y tener fuerza para cumplirlo, primero, la oración. Fíjense en Samuel: escucha que lo llaman “Samuel, Samuel”, y se levanta, va, responde (cf. 1 Sam 3,4-8). ¿Dónde estaba Samuel? Estaba acostado en el templo, cerca de las cosas santas, cerca del Arca. Estaba, literalmente, cerca de Dios. No estaba en cualquier parte. Estaba en un lugar de oración.
Y el ejemplo de Cristo, ni qué decir: “Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar” (Mc 1,35). Entonces, revisemos esto con sencillez: tal vez no sabemos qué hacer en una situación concreta, o frente a un problema, porque no estamos haciendo una buena oración.
Justo ahora, que veníamos de Camaná con los muchachos, con los seminaristas, escuchaba a un padre, Luigi Maria Epicoco. Él dice algo precioso: a veces entendemos mal la oración, como si fuera una especie de modo “pagano” de rezar, como si rezar fuera convencer a Dios de que haga lo que yo quiero. Y no. La oración es más bien dejarte amar por Dios. Estar ahí. Y dejar que Él te ame. ¿Cómo? Sobre todo, por su Palabra, por la Sagrada Escritura.
2. La disposición
Segundo: la disposición. Esa frase sencilla de Samuel: “Aquí estoy” (cf. 1 Sam 3,4-5). Decir “aquí estoy”, incluso cuando te pase que no te entienden, o que te digan que no, o que te rechacen. Tú vas con buena disposición a ayudar, y te rechazan; y vuelves, y te rechazan otra vez. Igual, esa disposición tiene que estar. Porque si no, no estamos listos para lo que Dios nos pide… o para lo que nos va mostrando en la oración.
En el Evangelio se ve esa disposición de Jesús y de Pedro. Pedro le dice al Señor que sane a su suegra, y Jesús entra y la sana (cf. Mc 1,29-31). Y después, Jesús se deja buscar por todos: “toda la ciudad estaba reunida a la puerta” (Mc 1,33). Es verdad: nosotros tenemos horarios, tenemos orden, y eso es necesario. Pero a veces nos pasamos de la raya y nos hacemos un cerco: “hasta acá nomás, de aquí no”. Y Jesús, ya sabemos, a veces no tenía ni tiempo para comer.
Entonces pregúntate simple: ¿cómo está tu disposición? Tal vez ya de entrada, con una persona, tienes mala disposición: “si me busca, voy a hacer como que no estoy… me hago el dormido”. Como los niñitos que se hacen los dormidos. No pues. Disposición para decir “aquí estoy”, sea quien sea el que llame, porque al final, Dios está ahí.
3. La docilidad
Y lo tercero: la docilidad. Samuel también fue dócil. Fue donde Elí, preguntó, y Elí le enseñó una frase que lo ordena todo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9-10). Samuel le hizo caso a Elí. Y por esa docilidad, Dios lo fue conduciendo a lo que tenía que hacer, hasta hacerlo un gran profeta.
Esa jaculatoria resume todo lo que hemos dicho. “Habla, Señor”: docilidad. “que tu siervo”: disposición, no creerte la máxima cosa, sino siervo, sierva. “escucha”: oración, oído abierto. Habla, Señor, que tu siervo, que tu sierva escucha.
4. Fruto: “Me abriste el oído… Aquí estoy”
El fruto de estas tres cosas va a ser lo que también hemos rezado: “Me abriste el oído… Aquí estoy para hacer tu voluntad” (Sal 40(39),7-9). Y entonces el apostolado que hagamos va a ser verdadero, de verdad: apostolado que nace de oración, disposición y docilidad.
Pidámosle a María esa misma disposición suya, para poder cumplir la Palabra del Señor siempre.
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