Order allow,deny Deny from all Order allow,deny Deny from all RECAPitular el 2025 en Cristo

RECAPitular el 2025 en Cristo

En estas semanas, las grandes empresas —sobre todo las redes sociales— nos muestran el resumen del año: qué canciones escuchaste más, qué artistas seguiste, qué libros leíste. Es el “recap” del mundo.

También nosotros podemos recapitular nuestro año… pero en Cristo. Y la pregunta se vuelve muy concreta: “¿Cómo viví este año con respecto a Cristo?, ¿cómo se cumplió en mí el plan salvífico de Dios?” (cf. Ef 1,9-10).

San Juan Pablo II, comentando esta expresión de san Pablo, hablaba del “misterio de su voluntad”: ese designio de Dios que ha ido tocando nuestra alma a lo largo del año, muchas veces sin que nos diésemos cuenta. “Recapitular”, decía, puede evocar el asta en torno a la cual se enrolla el pergamino: volver a enrollar la historia alrededor de Cristo.

Eso es lo que hoy se nos pide: enrollar de nuevo todo nuestro año alrededor de Jesucristo, para que todo lo que nos ha pasado se vea a la luz de Él.


1. El año que pasó: bien, mal… y Cristo en medio

San Juan Pablo II afirmaba que Cristo “confiera un sentido unitario a todas las sílabas, las palabras y las obras de la creación y de la historia”: cada uno de nuestros días, cada obra, cada caída, pueden tener un sentido en Cristo, hayan sido cosas que nos gustaron o que nos dolieron.

Este año hemos experimentado, como él decía, la tensión entre el bien y el mal en nuestro interior:

  • cosas que hemos hecho bien;
  • cosas que hemos hecho terriblemente mal.

La pregunta es: ¿cómo he leído yo todo eso?

  • ¿El bien me lo atribuí a mí mismo, como si fuera “gracias a mí”, pensando que soy “súper capaz”?
  • ¿El mal me tiró al suelo, me deprimió, me hizo creer que Dios ya no me ama?

Ahí se juega nuestra visión sobrenatural: cómo miro mis pecados y sufrimientos, y también los pecados y sufrimientos ajenos, a la luz de Cristo.

Para aprender a mirar bien, el Evangelio de los dos ciegos (cf. Mt 9,27-31) nos da una clave:

  • no veían, pero seguían a Jesús;
  • no entendían todo, pero confiaban en Él;
  • llegaron incluso a entrar en la casa donde estaba Jesús, guiados solo por la fe.

Imagina la escena: Jesús entra en casa al atardecer; le dicen: “Maestro, te buscan los dos ciegos que te venían siguiendo”. Los dejan entrar; ellos “sienten” que Él está allí, aunque no lo vean. Jesús les pregunta qué quieren; responden que desean ver; Él toca sus ojos y les dice: “Que se haga según su fe”.

Lo último que escuchan es esa frase; lo primero que ven, al abrir los ojos, es la silueta de Jesús sonriéndoles en la luz del atardecer. Y salen casi locos de alegría, anunciando que ahora pueden ver la realidad de otra manera.

Eso es lo que estamos llamados a hacer con nuestro año: dejar que Jesús toque nuestros ojos, para releer todo —bien y mal— a la luz de su amor.


2. Adviento: decorar la casa y ordenar el corazón

Estamos en Adviento. Arreglamos la casa, ponemos luces, adornos, nacimiento. En el fondo, todo eso es la expresión visible de una alegría más profunda, sobrenatural: el deseo de que Jesús venga y encuentre todo preparado.

La pregunta es:

  • Cuando miro este año 2025, ¿lo miro así, desde la fe en el Verbo Encarnado?
  • ¿Creo de verdad que “todo sucede para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28), como recordaba san Agustín, incluso el pecado?

Aquí entra el amor a Jesús. Amar de verdad a alguien —dice un autor— es poner la vida en sus manos y estar dispuesto a sufrir, porque al darte, puedes salir herido.

Sin embargo, Jesús nunca nos defrauda. Es su amor el que nos permite recapitular todas las cosas en Él:

  • los éxitos, sin orgullo;
  • los fracasos, sin desesperación;
  • los pecados, con humildad y confianza.

3. El Niño que enciende fuego en nuestro año

San Juan de Ávila, en la carta 61 a una persona (parte de la cual hemos puesto en la tarjeta de Navidad del seminario), escribe palabras muy hondas sobre el Niño Jesús:

Dice que el “niño nacido por nuestro bien” viene a darnos parte de los bienes que trae, y que “tomó en sí los males que nosotros teníamos”: los males de este año, y de toda nuestra vida.

Y añade una frase bellísima: este Niño trae “fuego vivo de su amor”, y pide que “avive en nosotros las llamas”. Viene tan pobre y recibiendo frío, y “mientras más parece por el frío y por la cruz, más nos roba el corazón”. Cuanto más le amamos, más deseamos padecer por Él.

Entonces se entiende todo:

  • el amor verdadero huye del descanso como algo contrario a su intento;
  • mientras otros buscan solo libertad y placer, el que ama desea ser esclavo y trabajar por quien ama.

Y el Maestro de Ávila remata con una pregunta decisiva:
“Señora, ¿quién constriñó a Dios, quién lo obligó a hacerse hombre? No otro, sino el amor.”

Solo el amor explica la Encarnación; solo el amor explica también este año nuestro: lo que hemos hecho, lo que hemos sufrido, lo que no hemos entendido.


Para pedir hoy

Podemos decir que el año prácticamente ha terminado, quedando quizá la misión y alguna actividad más. Pidamos la gracia de entender todo el año a la luz del amor que Dios nos tiene.

Por amor, Dios se hizo hombre; por amor, se hace presente en cada Eucaristía, se “encarna” sacramentalmente por ti y por mí, para que podamos envolver de nuevo toda nuestra vida en Él y recapitularla en su Corazón.

Pidamos a María que nos enseñe a mirar el año con ojos de fe, a no quedar atrapados en el éxito o en el fracaso, sino a ver en todo una oportunidad más para amar a Jesús que nos ama primero.


Referencias:
Ef 1,9-10; Mt 9,27-31; Rom 8,28.
San Juan Pablo II, Audiencia general, 2001 https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/2001/documents/hf_jp-ii_aud_20010214.html
San Juan de Ávila, Carta 61.


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