“Seguir a Cristo” no es “seguirme a mí mismo”

Tiempo de lectura: 3 min.

Muchas veces queremos seguir a Cristo, pero “a nuestra manera”, con un seguimiento hecho a nuestra medida.

1.      “Mi medida” como un error por exceso

Considerándolo como un error por exceso, esto puede consistir en tener realmente deseos grandes de santidad y de seguir a Cristo, pero con una santidad… no digamos “ideal”… sino “irreal”. Como quien piensa que al decirle “te seguiré a donde vayas”, recibirá una gracia especial que le hará nunca más poder pecar.

La consecuencia es que, cuando esta alma se da cuenta de que no es la única que está siguiendo a Cristo, sino que detrás de ella vienen como en caravana sus defectos, tendencias y al menos siete pecados diarios[1] (Cfr.  Prov 24,16) gritándole “¡no te podrás librar de nosotros!” … cae en un desánimo tal que toda esa burbuja de santidad se revienta, dejándola enfangada.

El remedio es recordar que somos criaturas con un regalo inmenso que se llama “libertad”, por la cual siempre tendremos la oportunidad no solo de elegir lo más sublime, sino también de elegir mal. Esta desdichada enfermedad de la libertad se verá curada para siempre solo en la Bienaventuranza, cuando veamos a Dios cara a cara. Por lo pronto, nos queda levantarnos cada vez que caigamos y jamás desesperar del perdón de Dios, ni desconfiar del poder de su gracia.

Si quieres conocer más de este tema te recomiendo leer el libro de José Tissot llamado “El arte de aprovechar nuestras faltas”, o el de Jesús Urteaga, “Los defectos de los santos” (RIALP).

Es muy realista también el leer el comentario de Santo Tomás de Aquino a 2Cor 12,7: “Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría.”

2.     “Mi medida” como un error por defecto

Por otro lado, considerando el seguimiento de Cristo “hecho a nuestra medida” como un error por defecto, podemos hacerlo consistir en no tanto “seguir” a Cristo sino “corregir” a Cristo. Es decir, tratar de ponerse delante de Él y llevarlo a donde a uno le es más cómodo estar. ¡Como si Jesucristo se hubiera equivocado en el camino a Jerusalén (Cfr. Lc 9,51)! Tal vez debía darse la vuelta y volver a Betania con sus amigos.

La consecuencia de este error es que en realidad nos estamos siguiendo a nosotros mismos y no a Cristo, por lo que tarde o temprano se manifestará la soberbia egocentrista que siempre fue la guía de ese caminar. Así es, un pecado ciertamente diabólico, aunque ahora bastante marketeado por la autoayuda y desarrollo personal de corte New Age.

En síntesis, este error consiste en creer que podemos seguir a Cristo sin esfuerzo. Como quien espera que salga a la venta “Hágase santo en 7 días sin esfuerzo” y que incluya no solo un tutorial de Youtube para no tener que leerlo, sino una pastilla para que sea inmediato y sin dolor.

Creo que el remedio aquí es contemplar la Pasión de Cristo, meditar acerca de la cruz y la voluntad santísima de Dios. Te recomiendo leer “La Pasión” del P. La Palma, “El Santo Abandono” de Dom Vital Lehodey o “La ciencia de la cruz” de Edith Stein. No vendría mal trabajar en la templanza y en la fortaleza, siguiendo un horario establecido que contenga algún sacrificio diario y voluntario.

Lo mejor que podemos hacer es seguir la voluntad de Dios, la cual siempre incluye cruces. Identificar las cruces como algo amable, es decir, algo que podamos querer como medio para llegar a Dios, es el remedio más efectivo.

3.      “Tu medida”

El verdadero seguimiento de Cristo será siempre el más realista.

Como decía Pascal[2], dos verdades debemos considerar: la misericordia de Dios y nuestra propia miseria. Si consideramos solo una de ellas: o caemos en presunción pensando, que podemos pecar sin remordimiento; o en desesperación, viéndonos inmersos en un pantano del cual queremos escapar jalándonos nosotros mismos del talón.

Que podamos seguir a Cristo a su manera, a donde Él nos indique, sabiendo que nunca será fácil pero que siempre tendremos ayuda sobrenatural para vencernos a nosotros mismos. La voluntad de Dios siempre será la mejor, siempre será la que nos debe guiar en todas las obras. Jamás nos desanimemos ni desconfiemos de su ayuda.

¡Siempre adelante!


[1] Prov 24,16: “Que siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia”

[2] Cfr. Pensamientos, 556. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pensamientos–1/html/ff08eee4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html#I_10_

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