Buscar al Amor que sana

Hoy celebramos a santa María Magdalena, a quien desde el año 2016 el papa Francisco elevó de memoria a fiesta dentro del calendario litúrgico. La Iglesia quiso resaltar así la grandeza de esta mujer, a la que Santo Tomás de Aquino llama «apóstol de los apóstoles», porque fue la primera en anunciarles la Resurrección.

Hay una frase que puede resumir toda su vida: el pecado es muchas veces fruto de un amor herido. Detrás de tantos errores suele haber un corazón que ha buscado amar, pero ha buscado mal. Sin embargo, también es verdad aquello que se suele decir: el corazón no es de quien lo hiere, sino de quien lo sana.

Y eso es precisamente lo que encontramos en María Magdalena: una mujer con heridas, pero que dejó que Cristo recuperara su corazón.

Buscar a Jesús

El Evangelio la presenta llorando junto al sepulcro. No se resigna a perder al Señor; lo busca con todo el corazón. Y la primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, parece describir exactamente lo que ella está viviendo: «Busqué al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontraba. Me levantaré y recorreré la ciudad buscando al amor de mi alma» (Cant 3,1-4).

Ésta es la primera enseñanza: buscar siempre a Jesús, incluso cuando uno carga con el peso de su pasado o de sus pecados. María Magdalena no dejó de buscar porque se sintiera indigna. Precisamente porque sabía que necesitaba ser amada, fue hacia Él.

Confiar más en su misericordia que en nuestros pecados

La segunda enseñanza es la confianza.

A veces nosotros mismos nos desilusionamos de nuestra propia vida. Vemos nuestros errores, nuestras caídas, nuestras limitaciones, y terminamos pensando que ya no podemos aspirar a la santidad.

María Magdalena seguramente también recordaba su pasado. Pero confió mucho más en el amor de Cristo que en la fuerza de su pecado. Sabía que Él podía sanar cualquier herida del corazón.

También nosotros necesitamos aprender esa confianza. Nunca será nuestro pecado la última palabra; la última palabra siempre la tiene la misericordia de Dios, si nos dejamos encontrar por Él.

Amar sin respetos humanos

Finalmente, María Magdalena nos enseña a amar sin vergüenza.

La tradición la identifica con aquella mujer que rompió el frasco de alabastro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos (Lc 7,36-50). Aquella mujer ya no vivía pendiente del qué dirán. Había encontrado un amor infinitamente mayor.

Cuando uno descubre el amor de Cristo, el respeto humano pierde fuerza y crece el respeto de Dios. Lo importante deja de ser la opinión de los demás y pasa a ser permanecer junto a Él.

Y todavía hay un detalle precioso al final del Evangelio. Jesús no llama a Magdalena por sus pecados. La llama por su nombre: «¡María!» (Jn 20,16).

Así nos llama también a cada uno de nosotros. No nos identifica con nuestras caídas, sino con el nombre que pronuncia con amor.

Pidámosle hoy a santa María Magdalena que nos alcance estas tres gracias: buscar siempre a Jesús, confiar en su misericordia por encima de nuestros pecados y amarlo sin respetos humanos. Que también nosotros podamos escuchar, en lo profundo del corazón, esa voz con la que el Señor nos llama por nuestro nombre y nos invita a ir siempre a su encuentro.

Ave María Purísima.


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