Magnanimidad: volver a ver y a desear lo grande

1. Venimos con sed de Dios

Hemos venido estos días aquí, hacemos Ejercicios porque tenemos sed de Dios, sed de volver a ver su rostro. A veces ese rostro se nos pone difuminado, borroso, por los vaivenes de la misión, por las actividades diarias. Y sin darnos cuenta nos vamos pegando a un montón de cosas que no son propias de nuestra vocación, cosas que nos impiden ver con claridad. Entonces nos vemos: no andamos bien, y nos caemos.

No solo estamos ciegos: estamos como leprosos, y con los pies llenos de barro. Es un panorama desolador, sí. Puede pasar en mayor o menor medida. Y uno termina andando a tientas. Por eso venimos acá: buscando a Dios y solo a Dios.

2. “Señor, que vea”: pedir limpieza y luz

Así le pedimos al Señor que, si Él quiere, pueda limpiarnos. Y claro que puede. Lo que hay que pedirle es que tenga piedad de nosotros.

“Límpiame de este barro”, porque ese barro no se quedó solo en los pies: se pasó al alma. Y ahora me siento pesado para ir a ti, para hacer lo que me pides, para poder ver con claridad.

Al ciego de Jericó el Señor le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” y él respondió: “Señor, que vea” (Lc 18,41). Eso es lo que hay que pedirle: que veamos las cosas tal como son. Que te vea a ti, Señor. Que me vea a mí. Que vea mi vocación. Que vea los bienes que me regalas. Y que vea también lo que me aleja de ti, lo que me quita libertad para moverte el corazón hacia Dios.

3. La “lucecita” y el deseo magnánimo

Aunque estemos llenos de lepra, ciegos, con barro, con polvo… aunque sintamos que estamos en el suelo, con el rostro pegado al polvo, como dicen los salmos (cf. Sal 43[44],25), siempre vamos a tener una lucecita en el alma que nos permite aspirar a Dios: un deseo de algo grande en serio, un deseo magnánimo.

“Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío” (Sal 41[42],2). Dios nos da miras altas para que despreciemos lo que antes estimábamos como grande, y para que volvamos a poner cada cosa en su lugar.

Ayer o hoy tal vez tienes en el corazón deseos, anhelos, que si Dios quiere —y seguro que sí— en unos días van a pasar a quinto o sexto puesto. La idea de los Ejercicios es cambiar nuestra forma de entender y de amar. Eso es lo que Dios quiere hacer contigo: que pongas por encima de todo a Él; que valores las cosas como valen, lo pequeño como pequeño y lo grande como grande.

4. Una disposición imprescindible: aspirar a lo grande

En estos días Jesús puede limpiarte y puede darte vista: para ver lo que vale la pena y lo que no. Y dentro de lo que vale la pena, para ver lo más importante, lo que vale más la pena.

Esa es la disposición imprescindible para estos Ejercicios: gran ánimo, aunque te veas sepultado por tus faltas, por la tibieza o por las actividades.

Podemos aspirar a algo grande y salir airosos con la ayuda de Dios. Eso es la magnanimidad. Y Dios te lo quiere despertar en estos Ejercicios, porque lo tienes, pero a veces está oculto.

La magnanimidad es aspirar a cosas grandes de verdad. Y a veces esas cosas grandes no son las que tú piensas: a veces no es hacer algo enorme, sino algo cotidiano. A veces es un profeta despreciado en su tierra. A veces es algo pequeño, pero verdadero.

Y aunque sientas que no perteneces al pueblo escogido, ahí está el Evangelio: Jesús que te agarra de la mano y te dice: “Recupera la vista” (cf. Lc 18,42).

Pidámosle a nuestro Señor esta gracia: volver a dirigir la mirada. Aunque ahora no podamos ver, levantar la cabeza y decirle: “Señor, que vea; que vea lo que tú me pides; lo magnánimo de tu amor. Yo quiero hacerte caso también”.

Ave María Purísima.


Descubre más desde Morder la realidad

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Morder la realidad

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Salir de la versión móvil