San Bernardo de Claraval preguntaba: Ad quid venisti? —“¿a qué has venido?”. Y tú también puedes preguntarte: «¿a qué viniste a la vida religiosa? ¿a hacer un apostolado? … o tal vez, ¿a estar en la misión donde ahora estás? ¿a ser santo? ¿a cumplir la voluntad de Dios?»
Así es, a cumplir la voluntad de Dios. Pero en realidad la respuesta es incluso anterior. La encontramos en Marco 3,14. Es una luz que puede iluminar todo momento de tu vida. Siempre uno sale mejor después de leer que “instituyó a doce para que estuvieran con Él” (Mc 3,13-14).
Esa es la respuesta. ¿A qué viniste? A estar con Jesús.
En ese pasaje hay tres verdades que podemos enumerar, en orden, sobre nuestra vocación:
1) “Llamó a los que quiso” (Mc 3,13).
Es un eco de Jn 15,16 —citas que vale la pena memorizar, son como salvavidas—: “No me eligieron ustedes a mí; soy yo quien los elegí a ustedes”.
Nosotros no lo hemos elegido primero. Tú elegiste decir que sí, pero Él te eligió antes para que tuvieras la posibilidad de decir que sí.
2) “Para que estuvieran con Él” (Mc 3,14).
Aquí las traducciones castellanas a veces se quedan cortas. El griego es mucho más claro e intenso. Es un subjuntivo presente activo. Podríamos traducirlo tal vez como «para estar siendo con él». No es solo “estar con Él” una vez, en un momento, como algo que pasó; es un estar estable, un permanecer. Algo que empezaste y que no tienes que dejar de hacer.
3) Y como consecuencia: “enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar demonios” (Mc 3,14-15).
Primero elegidos por Él. Segundo, para estar con Él. Tercero, enviados.
Porque si no, vuelve la pregunta del inicio —Ad quid venisti?— y no encuentras respuesta. Y esa es la desesperación del religioso: no saber qué hace acá.
Pidámosle a la Virgen que seamos según su corazón; y pidámosle también aprender de David, que no resolvió “a manera humana” matando al enemigo, sino que eligió ser según el corazón de Dios y cumplir su voluntad.
Ad quid venisti? Pregúntate. Y deja que Jesús te responda: “a estar conmigo”.
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