El mejor ayuno: cumplir la voluntad de Dios

1. La pregunta que todos nos hacemos

¿Cuál es el mejor ayuno que podemos hacer? Tal vez dejar de usar tanto el celular, hablar menos, o dejar esa comida que tanto nos gusta —un lomo saltado, una bandeja paisa, un encebollado, lo que sea—. Todo eso puede servir. Pero si vamos al corazón del asunto, el mejor ayuno es otro: cumplir la voluntad de Dios.

Porque para eso hemos sido creados: para darle gloria, y en esa gloria santificarnos. Y, si lo pensamos bien, el combate más fino no suele estar en la comida, sino en algo más profundo: incluso con buena intención, tendemos a querer que se haga mi voluntad. Ahí está el núcleo de la mortificación verdadera.

2. Saúl: cuando “lo bueno” se vuelve desobediencia

La primera lectura lo muestra con una crudeza que no deja escapatoria. Dios le pide algo concreto a Saúl. Y Saúl, con “buena intención”, hace otra cosa: se queda con el rey, y se guarda lo mejor del ganado “para sacrificárselo al Señor”. Suena religioso, suena generoso, suena hasta espiritual. Pero no era eso lo pedido.

Y entonces el profeta Samuel hace lo que hace un profeta: no negocia con los autoengaños, llama a las cosas por su nombre. El punto no es si Saúl tuvo o no tuvo “buenos sentimientos”. El punto es si obedeció. Y Samuel le deja una sentencia que atraviesa el corazón del ayuno: lo que Dios quiere no es que yo le ofrezca cosas para seguir haciendo lo mío, sino que yo le entregue el timón.

Ese es el ayuno que cuesta: renunciar a mi modo, a mis excusas, a mis vueltas, a mi “yo creo que esto sería mejor”. Porque ahí es donde uno descubre qué tan libre está. Y qué tan dócil es.

3. La mortificación que vuelve flexible el alma

Por eso me ayuda mucho esa idea que aparece en un librito pequeño, pero muy fuerte: Los principios de la vida espiritual, del P. José Schrijvers. Él explica que la mortificación tiene un efecto muy concreto: le devuelve flexibilidad a la voluntad. Y sin esa flexibilidad, lo nuevo de Dios se rompe en nosotros, como el paño nuevo en tela vieja (cf. Mt 9,16): no porque Dios falle, sino porque yo estoy rígido por dentro.

Esa rigidez no viene solo de la edad, viene de más atrás: del pecado original y de nuestros pecados personales acumulados, que van dejando la voluntad pesada, y las pasiones más violentas. Por eso a veces uno siente que quiere el bien, pero no tiene constancia; quiere arrancar, pero no persevera; quiere obedecer, pero se justifica.

Y aquí Schrijvers aterriza con mucha sabiduría: si la voluntad está débil por inacción o negligencia, hay que reeducarla. ¿Cómo? Con actos frecuentes, incluso pequeños, de mortificación. No para hacerse el fuerte, sino para hacerse dócil. Para que Dios pueda hacer lo que quiera con nosotros, y no lo que nosotros le dejamos.

4. El ayuno que más glorifica a Dios

Entonces, si hoy tengo que elegir un ayuno, elijo éste: ayunar de mi voluntad para que entre la de Dios. Ahí se juega la gloria de Dios en mí. Ahí se juega mi santificación. Ahí se juega, también, la imitación más profunda de Cristo, que vino a hacer no su voluntad humana aislada, sino la voluntad del Padre (cf. Jn 6,38).

Por eso el ayuno más alto no es el que me deja orgulloso, sino el que me deja obediente. Y la obediencia, cuando es por amor, termina siendo el sacrificio más agradable.


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