A veces, ante un problema, no decidimos… o decidimos mal. ¿Qué te está gobernando a ti cuando tienes que actuar?
1. Tres bloqueos que paralizan
Primero, no miramos la realidad como es: hay ruido, autoengaño, mil opciones imaginarias, y el corazón no se planta en lo concreto. Segundo, queremos seguridad absoluta, y como no la tenemos, nos quedamos inmóviles; es perfeccionismo disfrazado de prudencia. Tercero, no queremos pagar el costo del bien: evitamos el cansancio, el conflicto, la fatiga, y lo llamamos “después”.
Pero la prudencia verdadera no es cobardía elegante: “la prudencia es la recta razón de lo que se debe hacer” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 47, a. 2).
2. Israel: cuando decide por respetos humanos
Israel pidió un rey “como los demás pueblos” (1 Sam 8,5). Y el Señor le dijo a Samuel: “no te rechazan a ti, sino a mí; no quieren que reine sobre ellos” (1 Sam 8,7). Cuando decido por el qué dirán, ya hay un rey sentado en mi corazón… y no es Dios.
3. Los amigos del paralítico: decidir por fe, aceptar el modo de Jesús
En cambio, aquellos amigos rompen el techo y bajan al paralítico: no negocian con respetos humanos (Mc 2,4). “Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’” (Mc 2,5).
Esos amigos decidieron y actuaron movido por la fe. Y Dios responde mejor de lo que uno había calculado. Le cura no solo el cuerpo sino también el alma.
Pídele a María una mirada limpia: ver lo real, juzgar con paz, y cargar el costo del bien. Que reine Cristo, no el respeto humano.
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