La línea recta hacia Dios

Decía el P. Vallés, jesuita, algo muy sencillo: la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Y esos dos puntos podemos ser nosotros y Dios: yo, con las cosas que hago, y Dios, con las cosas que me pide.

Puede suceder que tengamos buena intención, que sinceramente queramos cumplir la voluntad de Dios, pero que no vayamos hacia ella por el camino más recto. No necesariamente porque queramos hacer algo malo, sino porque no terminamos de vernos bien, porque nos engañamos, porque hay cosas dentro de nosotros que todavía no conocemos.

Por eso viene tan bien lo que hemos cantado en el salmo: «Guíame por la senda de tus mandatos» (Sal 118[119],35). Señor, llévame de este punto hasta Ti por el camino más recto posible.

1. El Señor pesa los corazones

Hay algo que nos ayuda muchísimo para esto: el examen de conciencia. Es la manera que tenemos de comprobar si realmente estamos caminando hacia Dios por el camino más directo, más recto y más efectivo.

La primera lectura de los Proverbios dice una frase muy hermosa: «Al hombre le parece recto su camino, pero el Señor pesa los corazones» (Prov 21,2).

Uno puede pensar que está haciendo las cosas bien y, sin embargo, puede haber algo metido por debajo que no ve. Quizá un pequeño egoísmo, una búsqueda de sí mismo, una necesidad de reconocimiento, algún afecto desordenado. La intención general puede ser buena, pero debajo hay algo que la está desviando.

Y muchas veces no vamos a descubrirlo si no aprendemos a detenernos y examinarnos de verdad.

Por eso es tan importante el examen particular ignaciano. San Ignacio propone tres tiempos: al levantarnos, pedir la gracia y proponernos trabajar concretamente en aquello que queremos corregir; hacia la mitad del día, detenernos para revisar cómo hemos vivido la mañana; y al terminar el día, volver a examinarnos sobre lo que ha sucedido después.

El P. Ignacio Casanovas explica que lo principal del examen particular no consiste simplemente en contar faltas, sino en mantener siempre vivo y activo el deseo de santidad. Esa es una imagen muy buena: como una plumita que tiende a caer, y a la que uno vuelve a darle aire desde abajo para que siga subiendo. El examen particular mantiene arriba ese deseo: yo quiero ser santo, quiero cambiar esto, quiero amar mejor, quiero acercarme más a Dios.

2. Entrar en la misericordia de Dios

Después está el examen general de la noche. Ahí miramos el día entero con más amplitud: nuestras palabras, nuestras obras, nuestras omisiones; podemos hacerlo también recorriendo los mandamientos o alguno de los vicios capitales. Incluso conviene variar alguna vez la manera de hacerlo, para que no termine siendo algo mecánico y monótono.

Pero ninguno de estos exámenes consiste en llevar una contabilidad espiritual: «hice tres cosas bien, cuatro mal, hoy estoy peor que ayer». El examen de conciencia es un ejercicio de misericordia.

Es entrar, por decirlo así, en una habitación donde está la misericordia de Dios y decirle: «Señor, ésta soy yo. Gracias porque me amas así. Ahora ayúdame a ver qué hay realmente en mi corazón».

El examen particular mantiene encendido el deseo de santidad; el examen general nos ayuda también a no desanimarnos ante nuestros pecados. Porque uno ve sus miserias, sí, pero las ve delante de Dios, no a solas. Y delante de Dios el pecado reconocido no termina en desesperación, sino en humildad, petición de perdón y propósito de volver a empezar.

3. «Dirige mi corazón hacia Ti»

Y vuelve entonces otra frase preciosa de los Proverbios: «El corazón del rey es como una acequia en manos del Señor: Él lo dirige adonde quiere» (Prov 21,1).

Eso podemos pedir cada noche: «Señor, canaliza mi corazón. Haz conmigo lo que quieras. Haz que yo quiera lo que Tú quieres. Lleva mis afectos hacia donde Tú me estás pidiendo, no simplemente hacia donde yo quiero ir».

Porque, al final, el examen no consiste solamente en descubrir pecados. Consiste en volver a orientar el corazón.

El cántico de Tobías dice: «Si vuelven a Él de todo corazón y con toda el alma, siendo sinceros con Él, Él volverá a ustedes y no les ocultará su rostro» (cf. Tob 13,6).

Eso es lo que buscamos: poder ver el rostro de Dios, reconocer su acción, adquirir esa visión providencial de la vida de la que hablábamos. Pero para eso hace falta sinceridad. Hace falta dejar que Dios nos muestre por dónde estamos caminando y, si nos hemos desviado un poco, volver a la senda.

Pidámosle entonces al Señor la gracia de hacer bien nuestro examen de conciencia y decirle cada día: «Dirige mi corazón hacia Ti. Quiero ir desde donde estoy hasta donde Tú me quieres llevar por el camino más recto posible».

Y pidámosle a María que nos alcance su corazón, para poder amar a Jesús como Ella lo amó.

Ave María Purísima.


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